“Basta de hablar de ti”: cómo sobrevivir a una conversación con gente que interrumpe constantemente
Cuando era pequeña, solía ir a cenar a casa de una amiga del colegio. Su familia me parecía modernísima: eran daneses y se entregaban a todo tipo de actividades “extravagantes”: fondues, fabricación de velas y, lo más aterrador de todo, el “bastón de la palabra”.
Antes de que se sirviera la comida, alguien sacaba el sagrado mango de escoba y lo iban pasando por la mesa. Solo podías hablar si tenías el palo en tus manos. A pesar de que era lo más estresante del mundo (significaba ser el centro de atención y luego acordarte de callarte el resto del tiempo), ahora echo de menos con frecuencia una versión más práctica de ese palo.
Por ejemplo, hace poco quedé con un amigo al que veo de vez en cuando, pero con el que mantengo el contacto a través de notas de voz. Nada más sentarnos, se lanzó a un largo discurso sobre su nueva dieta para entrenar para la maratón. Solo interrumpió el hilo para pedir una tortilla: “Cuatro claras, dos yemas, ¿es posible?” (Estábamos en mi bar cutre de confianza, así que la petición fue recibida con risas).
Cuando nos fuimos, 90 minutos después, por fin tuvo la delicadeza de volverse hacia mí y preguntarme: “¿Y cómo te va a ti?”.
De camino a casa, sentí una mezcla de decepción e irritación. ¿Siempre había sido tan egocéntrico? ¿Tan poco interesado en los demás? No pude evitar preguntarme si nuestras actualizaciones virtuales unilaterales habían influido en el problema.
Hay un nombre para este tipo de comportamiento egocéntrico: “narcisismo conversacional”. Aunque fue acuñado por el sociólogo Charles Derber en su libro de 1979 The Pursuit of Attention (La búsqueda de atención), el término parece más relevante que nunca. “La comunicación por WhatsApp y las notas de voz son, en realidad, una serie de monólogos”, afirma Charlotte Fox Weber, psicoterapeuta. “En las situaciones cara a cara, la gente está olvidando cómo hacer una pausa de forma natural, cómo dejar espacio para escuchar y prestar atención. Y la gente habla por teléfono —una actividad que, al menos, requiere turnarse de una forma definida— con mucha menos frecuencia”.
Gran parte de nuestra comunicación en línea puede parecer extrañamente transaccional, centrada en la logística o en grupos de WhatsApp muy específicos. Según Tamu Thomas, coach personal y autora, esto ha dañado el arte de la conversación improvisada. “La gente tiene menos capacidad para mantener conversaciones sin rumbo fijo que no tengan un propósito”, afirma. “Un buen diálogo es un intercambio entre dos personas que descubren cosas nuevas la una de la otra, incluso si se conocen desde hace años. Como ahora hay tantos canales diferentes disponibles para mantenerse en contacto, algunas personas confunden la comunicación con la conexión”.
Sin embargo, el conocimiento es poder. Si sabes reconocer los cinco tipos más comunes de acaparadores de conversación, te resultará mucho más fácil lidiar con ellos.
El monologuista en serie
Todos nos hemos topado con este tipo de persona: aquella que, como la lavadora Ariston del anuncio de los años 90, no para de hablar y hablar y hablar.
“No es solo que estas personas sientan la necesidad de dominar la conversación; a menudo eligen temas que no son necesariamente significativos para nadie más. Por ejemplo, puede que para alguien resulte catártico compartir hasta el más mínimo detalle de su equipaje perdido o de la fuga de su lavavajillas, pero eso no tiene ningún valor para nadie más”, afirma Fox Weber.
Para Jane y su pareja, Ian, las cenas en casa de su mejor amigo se han convertido en un calvario. “Es su mujer”, se queja Jane. “Nosotros no tenemos hijos; ellos tienen tres. Tenemos que prepararnos para sus monólogos que abarcan de todo, desde excursiones escolares hasta trofeos de fútbol y, lo peor de todo, sus diversas dolencias. Me quedo allí sentada con una sonrisa forzada, preguntándome cuánto tiempo puedo fingir razonablemente estar fascinada por el tratamiento de ortodoncia del hijo de otra persona. Es aún peor cuando invitan a otras parejas, normalmente otros padres. Entonces se convierte en un juego de ping-pong de monólogos. No es fácil encontrar un hueco en la conversación para mencionar que últimamente he pasado momentos muy interesantes: yendo al cine o al teatro y leyendo libros estupendos”.
Sarah Rozenthuler es psicóloga y coach de comunicación, además de autora de Now We’re Talking (Ahora sí que estamos hablando) y de varios otros libros centrados en cómo mantener conversaciones significativas. Ella sugiere adoptar un enfoque contraintuitivo. “Intenta establecer un límite de tiempo. Dite a ti mismo que vas a prestarle toda tu atención a la otra persona durante un tiempo determinado, digamos cinco minutos, o diez si puedes aguantarlo. Abandona todas las expectativas de poder decir lo que tú piensas. Permitir que la otra persona se sienta plenamente escuchada suele ayudarla a calmarse un poco”.
Cuando se acabe el tiempo, sugiere redirigir deliberadamente la conversación, sin cortar la palabra a la otra persona. “Así que podrías decir algo como: 'Bueno, eso es muy interesante, y me recuerda a…' y luego compartir algo de tu propia experiencia, o cambiar de tema por completo”. Ella cree que esta estrategia funciona a dos niveles. Te permite hablar y te recuerda que cada uno de nosotros debe asumir la responsabilidad de mantener una conversación bidireccional, en lugar de quedarte ahí sentado echando humo como un espectador impotente.
El que descarga sus traumas
Al que descarga sus traumas nada le gusta más que una sesión de revelaciones excesivas sin límites y sin pensar en cómo pueden sentar a los demás.
Andrew, el amigo de Phoebe, entra en esta categoría. “He visto a otras personas florecer y crecer gracias a la terapia, pero a Andrew le ha dado carta blanca para compartir demasiado y no escuchar a los demás. Su voz atronadora es siempre la más alta de la sala. No hay ningún tema tabú, desde los detalles morbosos de sus rollos de una noche hasta la larga disputa que mantiene con su madre desde que tenía cuatro años”.
“Para mí, el momento más bajo fue en un restaurante, cuando contó los detalles íntimos de su vasectomía. Por si eso no fuera suficiente, repitió la historia en una cena a la que asistí con varios de nuestros amigos, incluida su ex. Yo no sabía dónde mirar. No tengo ni idea de cómo frenarlo, porque creo que si le hablo directamente sobre lo de compartir demasiado, podría convertirlo en un drama traumático que compartir también con los demás”.
Thomas sugiere analizar qué es lo que realmente te molesta de esa dinámica. ¿Te sientes utilizada? ¿Qué esperas de la relación, si es que esperas algo? Ella dice: “Tenía una amiga así y me di cuenta de que lo que quería era que se pusiera en contacto conmigo en los buenos momentos, no solo en las crisis. Le pedí que me llamara cuando las cosas fueran realmente bien, por ejemplo, para contarme algo divertido que le hubiera pasado ese día en el trabajo. Daba miedo, pero decirle: 'De verdad quiero formar parte tanto de tu alegría como de tus dificultades', resultó mucho más productivo que acusarla enfadada de descargar todos sus problemas sobre mí. Al final, conseguimos tener una relación más constructiva”.
El de las preguntas búmeran
Para quienes no estén familiarizados con el término, el “boomerasking” consiste en plantear una pregunta para poder tomar la palabra a continuación [siguiendo el efecto búmeran]. Mi amiga Emma se queja a menudo de un compañero de trabajo que entra en esta categoría: “Todos los lunes por la mañana, sin falta, me pregunta: '¿Qué tal el fin de semana? ¿Qué has hecho?', pero su pregunta fingida es una artimaña para poder presumir de todas las cosas increíbles que ha hecho él. Me hace sentir aburrida y, al mismo tiempo, manipulada; no es una combinación muy agradable”.
El “boomerasking” se identificó por primera vez en un estudio del que fue coautor Michael Yeomans, profesor asociado de ciencias del comportamiento en el Imperial College. “Es una pregunta que te vuelve como un búmeran”, explica. “Hay tres tipos: el primero es el 'preguntar para presumir', en el que tengo algo emocionante que quiero contarte, como: 'He estado en Francia el fin de semana'. Luego está el 'preguntar para quejarse'. Es cuando podría preguntarte: '¿Qué tal te ha ido el trayecto al trabajo?'. Puede que me respondas, pero solo para que yo entre en todo detalle sobre lo abarrotado que iba el metro, que hubo un accidente o que alguien me derramó café en el zapato. Y luego está la 'pregunta para compartir', en la que te pido tu opinión sobre algo, pero no te estoy escuchando: estoy esperando un momento de pausa para poder intervenir y dar mi opinión. En los tres casos, la sinceridad aparente de la pregunta atrapa a la gente”.
¿Cómo podemos recuperar el control? “Nuestra investigación muestra que los 'preguntadores búmeran' creen que están siendo serviciales e inclusivos. Así que, si la otra persona es importante para ti, ten en cuenta que habrá tiempo de sobra para dar tu opinión más tarde. Puede que sientas que su interés por ti es solo superficial, pero su interés por comunicarse contigo es sin duda genuino. Eso merece la pena celebrarlo.
“Otra cosa que ha demostrado nuestra investigación es que las 'preguntas espejo' suavizan el intercambio. La próxima vez que un 'preguntador búmeran' se interese por tu trayecto al trabajo, murmura algo vago y luego pregúntale con gran entusiasmo por su viaje”.
Esto suaviza la situación porque, si no les das una respuesta real, no habrás malgastado tu energía en alguien que no está interesado, ¿no? “Sí, y además, lo más importante: así no pueden interrumpirte”. No hará que se calle necesariamente, pero si te sientes más en control, te resultará menos molesto.
¿Y si nada de esto ayuda? “Si quieres divertirte un poco, devuélvele la pregunta y observa cómo reacciona”, sugiere Yeomans.
El que interrumpe
Los que interrumpen son fáciles de identificar, pero difíciles de afrontar. Cuando despidieron a Jo, empezó a quedar para tomar un café con una antigua compañera de trabajo. “Pensé que podría darme un poco de apoyo moral y, lo más importante, una razón para salir de casa”. Sin embargo, estas quedadas pronto resultaron insatisfactorias.
“Lo que realmente quería era alguien en quien confiar para hablar de la injusticia de haber perdido mi trabajo y de mis miedos por tener 55 años y estar en paro”. Pero la amiga resultó ser una oyente inesperadamente agresiva, que interrumpía a Jo a cada momento con: “¿Has pensado en reciclarte profesionalmente? Mi amiga está ganando una fortuna ahora”. O bien: “Lo que tienes que hacer es averiguar cómo burlar los sistemas de selección de candidatos. Si yo perdiera mi trabajo, lo que haría sería bla, bla, bla”. Pero Jo no quería consejos, y las constantes interrupciones la hacían sentir menospreciada. Solo quería que alguien la escuchara.
¿Cómo podemos conseguir que alguien que interrumpe cambie su forma de actuar? “Depende de cuánto te guste esa persona”, dice Fox Weber. “No siempre es un rasgo negativo: puede deberse a una especie de nerviosismo, al deseo de que la conversación no se desvíe del tema. Pero puede generar caos, porque quien interrumpe está imponiendo su voluntad en lo que debería ser un diálogo colaborativo y rompiendo el hilo de la conversación”.
Fox Weber afirma que es mucho más fácil lidiar con quien interrumpe en un entorno grupal. “Eso te permite defender a otras personas. Si ves que ocurre, no dejes que sea la persona interrumpida quien defienda su espacio. Si otra persona se cuela en la historia de la persona A y desvía la conversación hacia otro tema, puedes ser tú quien lo detenga. Podrías decir: ”Espera, está contando una historia. Deja que la termine“. Puedes decirlo con amabilidad”.
¿Y si se trata de una situación cara a cara? “Es más difícil, pero aun así puedes insistir en que la otra persona se aparte, diciendo: 'Oye, todavía estoy contando mi historia'. Luego vuelve a lo que estabas diciendo, aunque hayas perdido el hilo”.
El “oso cuidadoso”
La idea que tiene el “oso cuidadoso” de la charla trivial es lanzarse a una miniconferencia al estilo TED sobre cómo está luchando contra los centros de datos de IA, la contaminación por aguas residuales o el hambre en el mundo. Para lo que definitivamente no está aquí es para una charla distendida.
“Tengo una vecina así, y no me enorgullece decirlo, pero se sabe que a veces me meto en la tienda de la esquina para evitarla si la veo venir”, dice Lauren. “Se me acerca inclinando la cabeza, me mira fijamente a los ojos y me pregunta: '¿Cómo estás, realmente?'. Si no tengo nada profundo y significativo que compartir —lo cual nunca ocurre—, esa será su señal para empezar a hablar de una de sus causas importantes: la situación de la asistencia social en el municipio, los bancos de alimentos, las personas sin hogar. Esto va a hacer que parezca una mala persona, pero… es tan aburrida. Por no hablar de lo difícil que es escapar una vez que se pone en marcha”.
Este tipo de persona resulta especialmente exasperante porque se erige en defensor de la moral. ¿Cuál es la mejor manera de lidiar con ellas? “Intenta decir, de la forma más genuina y sincera posible, algo como: 'Entiendo tu preocupación por equis, y yo también espero de verdad que haya algún cambio o mejora'”, dice Rozenthuler. “Después, cambia de tema. No se trata de ser brusco ni descortés. Se trata de ser amable, reconocer a la persona, pero luego seguir adelante. Este tipo de persona suele estar atrapada en una rutina y va a hacer falta mucho más de lo que tú o yo somos capaces de aportar para ayudarla a salir de ahí”. De hecho, creo que puedo tener una solución. ¿Dónde dejé ese palo de escoba?
Se han cambiado los nombres y los detalles identificativos de los participantes.