Entrevista
Enrique Rey, periodista: “Instagram nos ha convertido en propagandistas de la industria del turismo”
Pocos podrán discutir que el verano es mucho más que una estación. Es una promesa, una industria, un recuerdo de infancia y una construcción cultural. Para muchos, un paraíso, para otros, una tortura. Para todos, una de las pocas épocas del año en las que todavía parece posible imaginar otra vida. Porque en verano todos tenemos la sensación de que algo importante está a punto de suceder, aunque sea en septiembre.
En Melón con jamón (Temas de hoy, 2026), Enrique Rey, que comparte su profesión de periodista con la de instructor de vela en Murcia, convierte esta estación aparentemente ligera en objeto de estudio.
Un volumen a medio camino entre el ensayo cultural, la memoria personal y la crónica social, en el que el autor analiza cómo España ha hecho del verano una especie de religión civil y cómo el turismo, la publicidad, las redes sociales o la arquitectura han moldeado nuestra forma de vivirlo, amarlo y odiarlo.
¿Por qué ha escrito Melón con jamón? ¿En qué momento se dio cuenta de que el verano daba para un ensayo?
El verano siempre ha sido un fenómeno inabarcable, pero es que ahora también resulta interminable. Empecé pensando en el verano como en una locomotora que empuja nuestro país hacia no se sabe qué precipicio, pero esa misma fuerza también tira de nosotros y nos conduce a lugares inesperados.
Me acordé del libro Mitologías de Roland Barthes, donde el filósofo francés analiza y “da espesor” a algunos objetos y costumbres de su tiempo (del automóvil al deporte) y me propuse (salvando las enormes distancias) hacer algo parecido, pero centrado en el verano como mito contemporáneo.
Para eso, había que entenderlo de una manera muy amplia y sin perder de vista su dimensión doble: el verano público, hecho de chiringuitos y rascacielos, muchas veces ideado en una oficina; y los veranos íntimos, que tanto tienen que ver con la memoria, la melancolía y la ilusión.
Después de escribirlo, ¿se considera más un enamorado del verano o un crítico de todo lo que representa?
Vivo sumergido en el verano, de manera que, si solo considerase sus efectos negativos, perdería la cabeza. Creo que sigo siendo un enamorado del verano porque todo lo malo que trae consigo (depredación de recursos, precariedad, excesos…) es, en realidad, una versión amplificada de todos los males de nuestro tiempo, es decir, del capitalismo.
Prefiero quedarme con sus cosas buenas: el verano es uno de los pocos fenómenos que siguen presentándose tal y como lo disfrutan las clases populares (el verano aspiracional avanza, pero no vence) y todavía existen conexiones entre lo que cualquiera puede sentir una tarde de junio y ese hechizo que ha afectado a todas las culturas y civilizaciones de todas las épocas.
En el libro plantea que España ha convertido el verano casi en una religión. ¿Por qué esta estación tiene un peso tan grande en nuestro imaginario colectivo?
El verano español tiene algo de experimento exitoso. Buena parte de nuestro imaginario veraniego fue diseñado en los despachos del franquismo por hombres grises e impuesto mediante la represión.
Eso sí, todo aquello terminó conectando con pulsiones muy profundas y es que el verano, tan relacionado con Adonis (las adonías precedieron a las actuales procesiones), es la época del despilfarro y el hedonismo. Además, vivimos a orillas del Mediterráneo, entre las ruinas de civilizaciones talasocráticas: casi todo lo que hacemos tiene que ver con el sol y con el mar.
¿El verano ideal es realmente un patrimonio de la infancia o, en el fondo, de quien puede permitirse el tiempo libre y las vacaciones?
Aftersun es una película tan potente porque su protagonista está triste antes de tiempo: incluso durante las vacaciones. Cada vez más, vivimos atrapados, como Paul Mescal, por cosas que nos impiden disfrutar del verano (y eso si llegamos a experimentarlo).
Aunque los veranos amplios de la infancia nunca han podido reproducirse (salvo para los aristócratas, los millonarios y otros casos excepcionales) llegada la adultez, sí que era posible experimentar algo parecido, aunque más breve. Ahora, el verano se está fragmentando y, curiosamente, desaparece para aquellos que hacen posibles los veranos ajenos. Nadie tiene menos vacaciones que una kelly.
¿Hasta qué punto la publicidad ha construido esa idea del verano perfecto que todos perseguimos?
Hasta no hace tanto, los anuncios de verano solo tenían que ser frescos y descarados. Pero, actualmente, los hay que también incluyen la melancolía.
Pocas veces un producto ha encajado tan bien con los deseos de los consumidores como el verano
Pocas veces un producto ha encajado tan bien con los deseos de los consumidores como el verano. Y pocas veces una construcción publicitaria ha funcionado tan bien, hasta convertirse en espejismo compartido. Porque son los anuncios, pero también las canciones, las películas y las novelas, logrando a veces que le supliquemos a la realidad que, por favor, por una vez, imite a la ficción.
Parece que hoy el verano está inseparablemente ligado a la imagen. ¿Qué efecto tiene vivir unas vacaciones pensando constantemente en cómo serán recordadas o compartidas en redes?
Instagram nos ha convertido en propagandistas de la industria del turismo. Cada vez que colgamos una foto y la geolocalizamos o cuando mostramos el plato que estamos a punto de comer en nuestras stories, en realidad, estamos haciendo el trabajo de un fotógrafo de viajes, de un reportero o, mejor todavía, de un publicitario contratado por la asociación de comerciantes o por el ayuntamiento del destino en el que estamos.
Además, no es algo nuevo, pero vivimos encuadrándonos a nosotros mismos, con ese main character syndrome [síndrome del personaje protagonista] que durante el viaje se acentúa, porque todo parece el decorado para una aventura que será mucho menos propia o particular de lo que nos pensamos.
Durante décadas, aburrirse también formaba parte del verano. ¿Hemos perdido ya definitivamente esa experiencia?
Hay un tiempo viscoso y lento que está desapareciendo. Lo experimentan las niñas de Panza de Burro, la novela de Andrea Abreu, y lo hemos sentido todos durante las largas tardes de sol cruel, siesta y chicharras.
Dentro del verano fragmentado y acumulativo ya no cabe aquel tiempo lento y eso es casi como decir que ya apenas queda libertad
Lo que esconde ese aburrimiento es una libertad enorme. Todavía algunos estudiantes disponen de largos veranos de tres meses durante los que no pasa nada. Por supuesto, es durante toda esa nada durante la que viven las experiencias más significativas de sus vidas, como les sucede a los personajes de Pavese, que deambulan sin encontrar nunca lo que estaban buscando (pero hallando muchas otras cosas).
Dentro del verano fragmentado y acumulativo ya no cabe aquel tiempo lento y eso es casi como decir que ya apenas queda libertad (para leer novelas larguísimas, descansar realmente o establecer una relación que no va a ninguna parte).
¿Cree que la comparación constante con los veranos de los demás nos impide disfrutar plenamente del nuestro?
Cuenta Inés Cueli en su tesis sobre la vida en los PAUs madrileños (esas urbanizaciones cerradas de reciente construcción) que, junto a la piscina, las familias suelen comparar sus viajes de vacaciones. Eso sí: dentro de dichos PAUs ya existe cierta homogeneidad de clase, así que esas vacaciones solo varían en sus detalles.
Sin embargo, en redes estamos expuestos continuamente a los veraneos de los más ricos y, curiosamente, eso no genera tanta rabia como deseo (pasa lo mismo con la exhibición de Lamborghinis).
En un pasaje de En busca del tiempo perdido, Proust comenta que los ricos como él, en Cabourg, la zona de balnearios donde veraneaba, cenaban en grandes hoteles con cristaleras, como peces dentro de una pecera, y se pregunta por qué los pobres (mucho más numerosos) miraban desde fuera con fascinación en lugar de romper el cristal y comerse esos pescados tan gordos. Ahí seguimos.
Habla mucho del turismo como una de las grandes fuerzas que han modelado la España contemporánea. ¿Se puede entender el país actual sin el turismo?
Casi todo lo que ocurre en España tiene que ver con el turismo. Y no se trata solo de lo más visible: edificios, hoteles, restaurantes… Parece que todo el sistema económico está enfocado hacia esta industria y que eso también impone unas estructuras territoriales, laborales, de clase…
Se puede entender España como un territorio meridional respecto al resto de Europa, pero también se pueden entender las zonas más turísticas del país como Sur respecto al centro del país. Y hay toda una serie de desigualdades, porque cuando se usa la etiqueta “meridional”, no se trata de un concepto geográfico, sino que se señala la subordinación respecto a una capital que concentra el poder y recibe los recursos y que siempre está al Norte.
También analiza la arquitectura que ha generado el verano: urbanizaciones, paseos marítimos, apartamentos, chiringuitos... ¿Hay algo específicamente español en ese paisaje?
Estoy repitiendo bastante que el verano se ha construido con la misma despreocupación con la que un adolescente vive sus vacaciones más alocadas. Con la misma ligereza que ese estudiante que acaba de terminar la Selectividad se pide otra copa, el concejal, el constructor, el arquitecto, han plantado una torre más.
Con la misma ligereza que ese estudiante que acaba de terminar la Selectividad se pide otra copa, el concejal, el constructor, el arquitecto, han plantado una torre más
Y he hablado con personas dentro de esta industria y me han confirmado que lo que ha sucedido y continúa sucediendo en España (este nivel de urbanización de la costa, tanto por cantidad como, por el lado bueno, por calidad) no ocurre en ningún otro lugar del mundo. Aunque, por supuesto, hay nodos veraniegos por todas partes. Por ejemplo, en Playa placer, una novela estupenda editada hace poco por Cielo Santo se desarrolla en Blackpool, una ciudad inglesa donde el verano también tiene una intensidad casi insoportable.
No sé si ha visto la serie Widow's Bay, en la que el alcalde de una pequeña isla estadounidense se empeña en promocionar el turismo a pesar de que sobre ella pesa una maldición terrible. Me parece una buena y extrema metáfora de la lucha de lo tradicional frente al turismo masivo. ¿Por qué el turismo se ha convertido en una especie de obsesión institucional?
Investigando sobre estas cuestiones me di cuenta de lo alucinantes que son los números del turismo en España. Están a otra escala respecto al resto del mundo. Mallorca, por ejemplo, recibe cada año a más turistas que todo Brasil, que es un país enorme.
Mallorca, por ejemplo, recibe cada año a más turistas que todo Brasil, que es un país enorme
Parece que las instituciones solo valoran esos números, que además se pueden comparar muy fácilmente. Tienen una obsesión con los números que quizá sea correlativa a la obsesión con las tasas de crecimiento económico.
Pero claro: si en algo tienen razón los cripto bros es en la magia del interés compuesto: un incremento del 7% en el número de turistas sostenido durante diez años hace que, tras esos diez años, haya el doble de visitantes.
Me interesa mucho la idea de la comida “de verano”. Hoy asociamos ciertas recetas al turismo y las vacaciones, pero ¿cómo era la relación entre gastronomía y veraneo cuando empezó el turismo de masas en España?
Cuentan las crónicas de viajeros decimonónicos que antes en las posadas de España solo se servía olla podrida: básicamente algo de verdura cocida junto al embutido que hubiera a mano. Aunque a muchos les gustaba, echaban de menos más variedad.
Durante el XIX, entonces, unos cuantos gastrónomos sentaron las bases de lo que hoy consideramos “platos nacionales”, como el gazpacho y la paella, mezclando algo de tradición y alguna influencia francesa con un poco de imaginación (como sucede con tantas tradiciones “inventadas” durante el romanticismo).
Después, cuando la dictadura franquista quiso atraer turistas porque necesitaba sus divisas, recurrieron a ese recetario y lo promovieron en los establecimientos turísticos. Lo mismo pasó con el concepto “menú del día”.
Casi todos recordamos algún final de verano especialmente melancólico. ¿Es el regreso de las vacaciones uno de los momentos más tristes del año?
El final del verano es uno de los pocos momentos del año en el que todo el mundo se permite estar triste. Ni siquiera es necesario que sea porque debes volver a un trabajo que odias (es lo más habitual) o al cole. El final del verano afecta incluso a los más privilegiados y nos coloca frente al paso del tiempo.
El final del verano es uno de los pocos momentos del año en el que todo el mundo se permite estar triste
Y todos nos estremecemos cuando, aunque sea por un momento, intuimos lo que el tiempo significa. Me lo contó Marina, de Klaus & Kinski, charlando sobre su canción Mamá, no quiero ir al colegio: ese tema no va de un niño que no quiere estudiar o que no desea hacerse adulto, va de un niño que teme a la muerte.
Después de investigar y escribir sobre él durante tanto tiempo, ¿qué cree que perseguimos realmente cada verano?
En verano perseguimos un imposible: detener el tiempo justo en el momento en que los días son más largos. Pero, incluso sabiendo que el mejor verano siempre fue uno anterior o está por llegar, a este verano, al que estamos viviendo justo ahora, le pedimos que nos dé fuerzas para aguantar un año más. Y casi siempre es posible guardar dentro de uno “la fuerza de un verano invencible”, como decía Camus.