La nostalgia por los 90 y los primeros 2000 se ha convertido en uno de los grandes imaginarios culturales de nuestros días. Lo estamos observando en el regreso a las cámaras digitales y los iPods, a la moda Y2K —llena de colores vibrantes y tiros bajos— o en la proliferación de vídeos de TikTok que nos enseñan a vivir como si nos encontráramos en el cambio de siglo: hacer crucigramas viendo Las chicas Gilmore, escuchar CDs, decorar diarios en papel y, en definitiva, pasar tiempo lejos del teléfono.
El fenómeno también ha alcanzado el terreno musical. Uno de los ejemplos más claros es el grupo Katseye, cuya estética bebe directamente de los primeros 2000: brillos, referencias al internet primitivo, feminidad Y2K y canciones como Internet Girl, que evocan más la figura de la “chica de internet” de los dosmil que la influencer contemporánea. Paradójicamente, todas las integrantes del grupo nacieron entre 2002 y 2007, por lo que los años que recrean no forman parte de sus recuerdos, sino de un imaginario heredado.
Pero, ¿hasta qué punto este deseo de regresar al pasado es solo una moda estética? ¿Qué tienen de atractivo los 90 y los primeros 2000 para una generación que apenas los vivió? ¿Y qué dice esta nostalgia sobre la forma en que vivimos el presente e imaginamos —o hemos dejado de imaginar— el futuro?
La fantasía predigital
Este deseo por volver al cambio de siglo surge entre personas que, efectivamente, vivieron esa época, como Gemma, de 44 años, que rememora “cuánto molaba internet antes de las redes sociales. La gente parecía educada y amable. Era divertido”. Pero se ha extendido a otras personas que, generacionalmente, no vivieron esos años.
Hace unas semanas, NBC News publicaba una encuesta en la que un 47% de las personas entre 18 y 29 años —lo que, mayoritariamente, consideramos generación Z— preferiría vivir en el pasado, frente a un 38% que elegiría mantenerse en el presente, y un 15% al que le gustaría vivir en el futuro. Entre aquellos que elegían el pasado, un 33% se quedaba con el pasado más “inmediato”. En el artículo de NBC, el investigador de la nostalgia Clay Routledge apuntaba que esa preferencia por los años 90 y los primeros 2000 podría explicarse porque se perciben como “el momento anterior a las redes sociales y a la vida mediada permanentemente por pantallas”. Si uno desea irse mucho más atrás de los años 90, añadía, “pierde algunas de las ventajas del progreso social”.
En esto está de acuerdo Sofía Traba Mendez, ingeniera informática especializada en producto y transformación digital, quien es consciente de los efectos positivos de ciertos avances tecnológicos pero, al mismo tiempo, cuestiona otros. “Si entendemos la tecnología como avances médicos, matemáticos, físicos, etc., entonces no ha habido otro tiempo mejor. Aquí incluyo la IA porque las cosas que nos está permitiendo hacer son increíbles. Por ejemplo, la investigación en detección temprana de algunos tipos de cáncer”, explica.
Añoran la intensidad de las amistades y relaciones presenciales, así como la posibilidad de desconectarse cuando uno quisiera
Traba también pone en valor herramientas de conectividad como Skype o Zoom, que surgieron antes de las redes sociales, por su capacidad para mantener unidas a personas que están física y geográficamente separadas. Este ha sido su caso, ya que lleva 14 años viviendo fuera de España; o el de personas como Pablo (nombre ficticio), de 41 años, quien cuenta cómo estas herramientas le permitieron estar en contacto con su familia en un momento difícil en el que él se encontraba en otro país.
El atractivo de estas herramientas es que funcionan de una forma más similar a las de los primeros dos mil. Precisamente, Laura, de 35 años, echa en falta la forma de funcionar de herramientas que usaba en su adolescencia, como Messenger: “Te conectabas cuando querías y te desconectabas cuando querías. Podías elegir cuándo estar presente. Ahora parece que tienes que estar siempre al otro lado, disponible, respondiendo”.
Por lo tanto, lo que nos resulta atractivo de mirar al pasado no es tanto imaginar una sociedad sin desarrollos tecnológicos —de forma general—, sino una en la que la tecnología todavía parecía menos invasiva. En la que no se nos exigía una conexión permanente, disponibilidad constante y la sensación de que toda experiencia debía pasar por una pantalla. “Creo que lo que echamos de menos no es la época en sí, sino una forma de relacionarnos con el mundo que era más lenta, más presente, más... humana”, resume Traba.
En esto está de acuerdo Kate Eichhorn, investigadora y profesora de Estudios Culturales y Comunicación en The New School de Nueva York: “No creo que la mayoría de la generación Z quiera realmente volver a los años 90. No quieren regresar al punto álgido de la crisis del sida ni a una época anterior a muchos de los derechos básicos que hoy tienen las personas LGTBIQ. Pero sí añoran algunos aspectos de ese periodo. Sobre todo, añoran la intensidad de las amistades y relaciones presenciales, así como la posibilidad de desconectarse cuando uno quisiera”, asegura.
Es el hecho de no tener la necesidad —o el FOMO— de estar permanentemente conectados donde realmente radica la nostalgia: “Me gustaría que tuviéramos la tecnología que tenemos ahora, con todas sus posibilidades, pero que fueran ‘lugares’ a los que acudir en vez de algo que puedes llevar en el bolsillo todo el rato. Ojalá lograr algo híbrido entre lo que tenemos ahora y lo que la tecnología era hace unas décadas”, explica Clara, de 29 años.
La nostalgia de un pasado no vivido
Este cansancio por la hiperconexión puede entenderse dentro de un proceso de “plataformización” de la vida, como explica la investigadora Anne Helmond. Las plataformas digitales actuales —Tinder, Instagram, Amazon, YouTube, entre otras— ya no son simples sitios web o aplicaciones, sino que actúan como la infraestructura dominante de internet. Es decir, ya no solo las “utilizamos”, sino que “vivimos” dentro de ellas. Es por eso que cada vez más personas están buscando actividades y formas de habitar el mundo al margen de la esfera digital.
Este es el caso de Miriam, de 34 años, que está pensando en recuperar —en algunos casos ya lo ha hecho— objetos en sus versiones analógicas: “Un móvil sólo para llamadas, para dejar de estar enganchada a las notificaciones, las redes sociales y la eterna ventana abierta a la red; cámara de carrete para revelar y tener recuerdos físicos que guardar; reloj de pulsera para dejar de consultar la hora en el móvil, e incluso he pensado en una máquina de escribir”. Ella reconoce sentirse afortunada al ser de “las últimas generaciones que crearon vínculos y relaciones sin que mediaran las redes sociales”, y ahora está intentando adoptar un estilo de vida que le recuerda más a esos años. Dice encontrar un gran confort en series como Las chicas Gilmore, “con su vida sencilla y pequeña, comunitaria y analógica”. Eso sí, “sin dejarse arrastrar al cien por cien por la nostalgia y ser consciente de todos los avances que han experimentado el feminismo, el movimiento LGTBI, antirracista, anticapitalista, ecologista, entre otros”, asegura.
Este traspaso a lo analógico también lo ha llevado a cabo Natàlia, de 24 años. A pesar de ser una década más joven, también sintió la necesidad de “volver” a un tiempo anterior que ni siquiera llegó a vivir en primera persona. Cuando le comentó a su jefa que le habían regalado una cámara analógica y que estaba “volviendo a ser analógica”, esta le preguntó: “¿Vuelves?”. “Me pareció curioso, porque es verdad que por generación no me corresponde”. Hacer crucigramas, usar bloc de notas, leer libros en físico o guardar tarjetas de restaurantes que le gustan es para ella “intentar hacer un poco de resistencia o militancia a las dinámicas que se están creando”, explica.
Miriam, de 34 años, está pensando en usar 'un móvil sólo para llamadas, para dejar de estar enganchada a las notificaciones, las redes sociales y la eterna ventana abierta a la red
El caso de Natàlia no es el único. La profesora en cultura digital explica que, en una asignatura que imparte sobre medios y memoria, sus estudiantes disfrutan mucho creando proyectos recurriendo a formatos analógicos tardíos o a formatos digitales de transición. “Sobre todo hablan de la temporalidad de esos formatos y de lo intencional que había que ser al utilizarlos”, asegura. Además, en relación a la generación Z afirma que, “aunque la mayoría no está preparada para desconectarse completamente —porque saben que es prácticamente imposible escapar de la tecnología—, sí parecen muy conscientes de que, más allá de haber consumido enormes cantidades de contenido que les resultó bastante dañino para su desarrollo social y su salud mental durante la preadolescencia y la adolescencia, también fueron explotados por la industria tecnológica como productores de contenido”. Es por ello que “muchos han llegado a la conclusión de que la vida probablemente era mejor antes de la era digital”.
La crisis del futuro
La nostalgia por el pasado parece crecer al mismo ritmo que el escepticismo hacia el futuro, especialmente debido a cómo determinadas tecnologías —en especial la inteligencia artificial— están empezando a colonizar los imaginarios del presente. En la encuesta publicada por NBC News, casi la mitad de los jóvenes afirmaba sentirse preocupado o ansioso por el impacto que la IA podría tener sobre su trabajo en los próximos años. Este retorno a los 90 y los primeros 2000 aparece como resultado a un presente hiperconectado y un futuro asociado a automatización, vigilancia y aceleración constante.
Para Eudald Espluga, autor de Imaginar el fin. Pensamiento apocalíptico para un futuro poscapitalista (Paidós, 2026), esta dificultad para proyectarse hacia adelante tiene que ver con una crisis más amplia de imaginación política y cultural. “Con la llegada de la IA y la consolidación del capitalismo de plataformas en una estructura de concentración de poder rentista que algunos llaman tecnofeudalismo, la tecnología se ha vuelto sinónimo de un proceso de deshumanización, cuando no de exterminio colonial. Por ejemplo, cuando escuchamos plataformas como Spotify sabemos que estamos financiando el genocidio en Gaza [por las inversiones de su CEO en una empresa que genera inteligencia artificial militar]. El rechazo al uso de determinados dispositivos tecnológicos es quizá un intento desesperado por escapar del tecnoautoritarismo actual”, explica.
El rechazo al uso de determinados dispositivos tecnológicos es quizá un intento desesperado por escapar del tecnoautoritarismo actual
En relación a este revival de los 90-2000, Espluga también hace referencia al concepto de “porsiemprismo” del investigador sobre nostalgia Grafton Tanner. “Este intento de vivir en una época donde las cosas no terminan nunca (otra precuela de Una rubia muy legal, otra de El Señor de los Anillos) creo que es una respuesta a los miedos en torno al fin del mundo o la cancelación efectiva y virtual del futuro: es el intento de seguir viviendo en un presente siempre revivido, siempre rebooteado”. Sin embargo, también considera que puede tener un elemento subversivo: “Es la negativa a compartir los sueños tecnoacelerados de quienes creen que la salvación de la humanidad, y la conquista de un futuro, pasan por la colonización de Marte, por el transhumanismo cyborg o por vivir en ciudades muro en medio del desierto”.
Esta idea de subversión también la comparte Eichhorn. “Lo que podría parecer una fascinación extraña o incluso una fetichización de los formatos mediáticos antiguos no es una nostalgia ingenua por el pasado. En realidad, forma parte de una crítica más sofisticada de la cultura digital contemporánea”, explica la investigadora cultural. Frente a la paradoja de que haya jóvenes abogando por una vida sin pantallas a través de una pantalla, Eichhorn asegura que, “más que ninguna otra generación, saben que si quieres que algo se vuelva viral —incluso una crítica de la cultura digital— tienes que utilizar precisamente las plataformas que estás criticando inadvertidamente”.
En ese sentido, quizá este revival de los 90 y los primeros 2000 no actúa tanto como una fantasía escapista ni como un deseo por volver realmente al pasado, sino como un intento por imaginar un presente y un futuro en el que la tecnología vuelva a tener límites.