Mavis Suárez, psicóloga, sobre cómo abordar bien una discusión: “Es un error tener el objetivo de convencer al otro”
Discrepamos, no compartimos puntos de vista, vemos una misma cosa de manera distinta… Todo esto es una parte inevitable de la condición humana porque no todos somos iguales. Desde pequeños desacuerdos que aún nos permiten mostrarnos cordiales, hasta discusiones más exaltadas sobre un tema delicado que pueden derivar en una forma de argumentación más antagónica. Todas forman parte de la vida.
Una discusión puede surgir por muchas razones. Discutimos en el trabajo, en casa, en el supermercado, con amigos, con desconocidos... En ocasiones, discutimos incluso cuando no recordamos el origen de la discusión, y a pesar de que vemos que debilita nuestras relaciones.
¿Qué hacemos mal para que un simple desacuerdo se convierta en una discusión absurda? ¿Y qué podemos hacer para evitarlo? Si bien es imposible evitar por completo los desacuerdos, sí es posible manejarlos de manera que la relación no sufra.
La ofensa detrás de la discusión
“Podemos sentir que no nos escuchan, que no nos entienden o que no tienen en cuenta nuestras necesidades. Cuando nos sentimos atacados o cuestionados, tendemos a ponernos a la defensiva y es mucho más difícil escuchar y comunicarnos con calma”, afirma la psicóloga Mavis Suárez. Para la experta, uno de los principales errores que cometemos cuando discutimos es “entrar en la conversación con el objetivo de tener razón o de intentar convencer al otro”.
“En este momento dejamos de escuchar para comprender y empezamos a escuchar para responder”, explica Suárez. Una persona a la defensiva no reconoce el problema, por lo que el proceso de un diálogo constructivo ni siquiera puede empezar. Esto provoca que quien inicia la conversación se sienta frustrado por no ser escuchado y que la persona a la defensiva se niegue a asumir la responsabilidad de sus actos de forma continua.
Cuanto más firme es la opinión, más intensa y compleja puede volverse la discusión. Cuando discutimos, la razón desaparece y la emoción se impone. Lo correcto y lo incorrecto pierden relevancia y uno solo escucha para encontrar una oportunidad de atacar. A menudo, el objetivo no es la verdad ni el consenso, sino la victoria, a veces a cualquier precio. Un comentario aparentemente inofensivo, una crítica apenas expresada, y el tono se caldea. Nos interrumpimos, contraatacamos y explicamos por qué tenemos razón. Unos minutos después, la conversación se ha convertido en una lucha de poder.
El peligro de recurrir al ‘siempre’ o al ‘nunca’
Además, en medio de una discusión, es tentador recurrir a argumentos contundentes. “Suelen aparecer los ’siempre’ y los ‘nunca’”, explica Suárez. Basarse en frases como ‘siempre haces esto’ o ‘nunca escuchas’ es una de las formas más seguras de descarrilar las conversaciones y lo que más suele contribuir a que surjan problemas. Lo único que se consigue usando estos extremos es añadir otro argumento más sobre si siempre, o nunca, lo hacemos.
Y es que, muchas veces, en lugar de escuchar con atención y hablar con claridad y amabilidad, nos sentimos ofendidos, molestos por algo insignificante; no podemos dejarlo pasar, a pesar de que, en retrospectiva, vemos que nuestra reacción es totalmente desproporcionada con respecto a la situación. Reaccionamos con agresividad y buscamos la victoria. Es lo que muchas veces nos pasa cuando discutimos. Es fácil que nos sintamos mal tras tener una discusión porque no sabemos cómo hacerlo de forma constructiva y sin tomarnos los argumentos como algo personal.
También suele estropearlo todo “las interrupciones o los reproches del pasado. Una conversación difícilmente puede ser constructiva si sentimos que para que uno gane, el otro tiene que perder”, afirma Suárez. Porque el objetivo de una discusión es encontrar una solución, no determinar quién gana y quién pierde. Por tanto, abordar una discusión con esta mentalidad genera actitudes defensivas y dificulta la capacidad de autorreflexión y la resolución de problemas.
Estos hábitos y formas de reaccionar lo que hacen es avivar el fuego en lugar de apagarlo. Pero hay maneras más constructivas de combatirlo.
Cómo mostrar nuestra opinión sin tiranía y sin caer en el insulto
Las discusiones en las relaciones suelen verse de forma negativa, pero si se abordan correctamente, pueden fortalecer los vínculos en lugar de debilitarlos. Discutir bien es una especie de arte que implica expresarse con eficacia, escuchar de forma activa y encontrar puntos en común. Como admite Suárez, “podemos defender con firmeza lo que pensamos sin necesidad de invalidar al otro”.
Para ello, es clave “escuchar, respetar los turnos y aceptar que no siempre vamos a llegar a un acuerdo. Y si notamos que estamos demasiado enfadados, hacer una pausa es una buena herramienta: parar una conversación para retomarla con más calma no es evitar el problema, sino intentar abordarlo mejor”, explica Suárez. En las discusiones constructivas no se trata de ganar o perder, sino de comprender y resolver las diferencias; implica hablar de los problemas abiertamente y con respeto, sin causar daño ni resentimiento. El objetivo es lograr una mejor comprensión mutua y encontrar soluciones que beneficien a ambas partes.
“Ayuda mucho hablar desde lo que uno siente o necesita en lugar de definir o acusar al otro”, afirma Suárez, y añade que “no es lo mismo decir ‘me he sentido poco escuchado’ que ‘nunca me escuchas’: podemos ser claros y expresar nuestro desacuerdo sin atacar”, matiza Suárez. Para la experta es importante la asertividad, es decir, “cuidar lo que necesitamos decir, pero también la manera en que se lo decimos a la otra persona”.