¿Y por qué van a pagar los ricos?
Juan Francisco Martín Seco
Allá por los años sesenta, en cualquier manual de Hacienda Pública se distinguía entre rentas fundadas y rentas no fundadas, las que provenían del trabajo y las del capital. Era doctrina pacíficamente aceptada por izquierdas y derechas que las primeras deberían tributar menos que las segundas. Razones: las de trabajo se obtienen con más esfuerzo y, a igualdad de ingresos, las de capital son signo de una mayor capacidad económica, al contar con el respaldo del patrimonio que las genera.
Bajo la égida del neoliberalismo económico las cosas son totalmente distintas. Desde hace ya muchos años se pretende lo contrario. Las rentas de capital gozan de un claro privilegio sobre las de trabajo. No sólo porque las leyes fiscales las han ido favoreciendo con tipos más bajos o con mecanismos reductores —véase el trato fiscal concedido a las plusvalías o a los dividendos—, sino porque los grandes patrimonios, con la complicidad de las entidades financieras, han buscado siempre instrumentos con los que cometer fraude de ley burlando los gravámenes y consiguiendo la pasividad cuando no la complicidad del poder político. Todo ello, por supuesto, con la excusa de que el capital puede emigrar a otras latitudes. ¿Nos puede extrañar entonces que los trabajadores vayan reaccionando en contra de eso que llaman globalización o de proyectos como la Unión Europea, coartadas para conseguir que su parte de tarta disminuya poco a poco en beneficio del capital y de los empresarios?