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Un whisky en memoria de Bobby

Rafael Reig

Bobby Fischer estaba como una cabra, pero era el mejor jugador de ajedrez vivo. Confirma la idea de Unamuno que, cuando le preguntaban si el ajedrez desarrollaba la inteligencia, decía que sí, sin duda: pero sólo desarrolla la inteligencia para jugar al ajedrez. En todo lo demás, Bobby era un mentecato colosal. Sus partidas, en cambio, son imperecederas.

Fue una víctima de la Guerra Fría, un poco como Marisol o Joselito fueron víctimas del franquismo: Estados Unidos le utilizó como ariete de propaganda contra la Unión Soviética y, cuando Bobby creció y empezó a decir y hacer impertinencias y extravagancias, no tuvo ninguna piedad y decidió aplastarle como a una cucaracha. Ahora le dedicarán páginas y páginas, pero la verdad es que le persiguieron sin compasión. Lo destrozaron.

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