El bilingüismo que solo funciona en una dirección
La polémica por los recursos judiciales contra varias oposiciones vascas que exigían un nivel C1 de euskera ha abierto un debate que va mucho más allá de una cuestión sindical. Según reveló 'Argia', detrás de algunas de esas impugnaciones estarían personas vinculadas a CCOO y a la asociación Euskara Denontzat, dentro de una estrategia organizada para cuestionar la presencia del euskera en la función pública. Tras las reacciones, la dirección vasca del sindicato compareció en Bilbao y defendió incluso la posibilidad de buscar candidatos “sin interés real” en las plazas para poder presentar los recursos. El gesto, más que aclarar, confirmó una sospecha: que el conflicto no es administrativo, sino cultural y político.
El euskera es lengua cooficial en Euskadi, pero ejercer ese derecho sigue siendo, en la práctica, una carrera de obstáculos. Muchos ciudadanos pueden comprobarlo en su día a día: atención médica que se ofrece casi siempre en castellano, trámites sin opción en euskera, servicios públicos que cambian de idioma en cuanto aparece un poco de prisa. Las leyes reconocen su oficialidad, pero carecen de mecanismos que garanticen su uso real. El resultado es un bilingüismo desequilibrado: los euskaldunes entendemos el castellano, pero buena parte de la sociedad no está preparada para atendernos en euskera.
En ese contexto, cada intento de normalizar la lengua encuentra resistencias. Los críticos de la exigencia de C1 la presentan como una barrera que impide la igualdad de oportunidades. Sin embargo, el planteamiento parte de una premisa falsa. La verdadera desigualdad está en que una persona castellanohablante puede vivir, trabajar y moverse por todo el país sin haber tenido que aprender nunca otra lengua. En cambio, quien quiere vivir en euskera debe justificarlo constantemente. En realidad, no estamos ante un conflicto sobre méritos, sino ante una asimetría estructural que convierte el uso del euskera en una excepción.
Por otra parte, el C1 no favorece necesariamente a los hablantes nativos. Para obtenerlo, todo el mundo tiene que estudiar: dominar el euskera batua, la gramática normativa, la ortografía y los registros formales. Personas euskaldunes de toda la vida, acostumbradas a su variedad local, suspenden el examen, mientras otras con menos fluidez lo superan gracias a la preparación académica. Porque el C1 no mide identidad ni naturalidad, sino capacidad de estudio y disciplina. El estándar es exigente: no premia el origen, sino la formación.
Lo paradójico es que la única lengua que nadie necesita acreditar —la que no se examina jamás— es la que ya ocupa todos los espacios de poder. Esa asimetría se presenta como normalidad. Se asume que el castellano es “neutral” y que cualquier otra lengua tiene que justificarse. Así, bajo el discurso de la igualdad formal, se consolida una jerarquía histórica: el castellano como lengua de autoridad, el euskera como un añadido bonito, siempre pendiente de demostrar su utilidad.
Esa relación desigual no solo afecta a quienes usan el euskera. También empobrece al conjunto de la sociedad. En una comunidad donde una parte de la población vive encerrada en un solo idioma, se pierden referentes culturales, formas de mirar el mundo, matices que enriquecen la vida cotidiana. El monolingüismo resta mundo, no lo amplía. Defender el euskera no es un gesto identitario, sino una forma de ampliar derechos y de asegurar que la diversidad cultural tenga espacio real. Quien vive solo en castellano también pierde: pierde acceso a otra manera de entender la realidad y de reconocerse como parte de un país plural.
Vemos que la legislación actual proclama la igualdad lingüística; sin embargo, su arquitectura sigue asignando el poder al Estado central y a la lengua mayoritaria. Los derechos lingüísticos se reconocen sobre el papel, pero no cuentan con garantías colectivas que permitan a las lenguas minorizadas sostenerse por sí mismas. Por eso, aunque la Constitución y los estatutos autonómicos hablen de “cooficialidad”, la realidad es mucho menos simétrica: el euskera depende de voluntades políticas coyunturales, no de una estructura de derechos efectiva.
Bajo el discurso de la igualdad formal, se consolida una jerarquía histórica: el castellano como lengua de autoridad, el euskera como un añadido bonito, siempre pendiente de demostrar su utilidad
El resultado es un espacio público donde el bilingüismo solo funciona en una dirección. El castellanohablante vive sin obstáculos; el euskaldun se adapta. Los defensores del monolingüismo consideran que el sistema actual ya es justo. Pero un modelo que obliga siempre a una de las partes a cambiar de lengua no es equilibrio: es subordinación.
En un país que aspira a ser democrático y plural, la lengua no puede seguir siendo un factor de exclusión velada. Garantizar los derechos lingüísticos no es privilegiar, sino hacer justicia. Y exigir competencia en euskera para trabajar en la administración pública no es una barrera: es un paso lógico para que toda la ciudadanía pueda utilizar la lengua que elija.
Si algo demuestra la controversia del C1 es precisamente eso: que el requisito no favorece a nadie por nacimiento, sino a quienes más estudian, más se esfuerzan y más apuestan por un bilingüismo real. La igualdad empieza ahí, cuando comprenderse mutuamente deja de ser un mérito y se convierte, por fin, en un derecho compartido.