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Censurada

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De pequeñas, aprendimos a callar por educación. No porque viniera un señor con gorra a requisarnos la lengua, sino porque la abuela nos enseñó que hay verdades que, dichas a la hora del postre, amargan hasta el flan. “No le digas a tu tío que canta mal”. Aquella autocensura era cariño: ponerle abrigo a la verdad para que no entrara en casa chorreando barro. Aunque lo cierto es que, al menos yo, no callaba ni debajo del agua. Y no es una broma, hacía eso de intentar sacar oes, porque tenía que decirles algo a los peces. 

Más tarde una crece y descubre que el silencio también tiene ministerio, ventanilla y sello. Ya no se calla para no herir, sino para no ser herida. En las dictaduras, la frase más peligrosa no era siempre la pronunciada, sino la que alguien podía jurar que habías insinuado. El miedo afinaba el oído del poder. Bastaba una ceja levantada, una risa mal colocada, una pausa con vocación subversiva. Había familias que no hablaban de política ni cuando subía el pan. La mesa era un parlamento clandestino: la sal pasaba, las ideas no.

Con el tiempo nos dijeron que aquello había terminado. Que ya podíamos hablar. Y era verdad, más o menos, como cuando una camarera dice “ahora mismo sale” y una envejece mirando la cocina. Hoy se puede opinar, por supuesto. Solo conviene revisar antes el Código Penal, tres tertulianos, la susceptibilidad de cinco despachos, la hemeroteca ajena y la cartera propia, porque una demanda, aunque no prospere, tiene la delicadeza de un piano cayendo por las escaleras.

Así nace la censura moderna: no siempre con tijeras, a veces con facturas. No te prohíben hablar; te preguntan si de verdad te compensa. Puedes decir lo que piensas, claro, pero pensar en voz alta puede obligarte a vender el coche. Y entonces una se corrige: “Hay una corriente ultraconservadora en ciertos poderes…” No, espera. “Quizá pueda apreciarse una sensibilidad institucional tradicional…” Mejor. “Algunas resoluciones podrían…” No, demasiado. “Bonito día hace”. Perfecto. Inapelable.

Tomemos la justicia, por elegir una institución al azar entre las que tienen toga, mármol y alergia a la crítica. Sería injusto —y además muy poco práctico— afirmar que la justicia es una sola cosa. Hay juezas valientes, fiscales rigurosas, funcionarias que sostienen el edificio con un clip y un café de máquina. Pero también debería poder sugerirse, sin que suene a sacrilegio, que los poderes del Estado arrastran ideologías, inercias, redes de afinidad y, sí, una cultura donde el machismo no siempre entra dando portazos: a veces firma nombramientos, asciende por pasillos o llama “exceso emocional” a lo que era cansancio de siglos. El propio CGPJ presentó en 2025 un estudio sobre los obstáculos de las mujeres en los cargos judiciales discrecionales, donde las juezas afirmaban no tener las mismas oportunidades de desarrollo profesional que sus compañeros varones. 

Perdón. Esto último igual habría que tacharlo. Póngase aquí una metáfora sobre geranios.

También habría que hablar de esos personajes que reaparecen en televisión como oráculos con chaqueta. Algunos explican la democracia con una solemnidad capaz de borrar los años en que el Estado confundió la razón de Estado con una licencia para ensuciarse las manos. Hubo grupos parapoliciales, secuestros, condenas, indultos y una letra, una simple letra, la 'X', que durante años funcionó como biombo: todas mirando la silueta y nadie pagando el alquiler de la habitación. El BOE recoge la condena por secuestro y malversación en el 'caso Marey'; el Tribunal Supremo condenó a José Barrionuevo y Rafael Vera a diez años de prisión pero…

Pero no digamos más. La historia es sensible y algunos expresidentes tienen epidermis de porcelana fina, aunque las víctimas hayan tenido piel bastante menos delicada.

Y luego está ese otro teatro, más internacional, donde aparecen los poderosos sorprendidos cerca del horror como quien se encuentra una serpiente en el salón y dice que pensaba que era una bufanda. De pronto salen documentos, recibos, nombres, paquetes. Un delincuente sexual condenado como Jeffrey Epstein figura enviando dos paquetes a un expresidente y consorte, uno en 2003 a La Moncloa y otro en 2004 a la sede de FAES, según los archivos desclasificados en Estados Unidos; no se conoce el contenido y eso, por sí solo, no prueba delito alguno. 

Y aquí llega lo fascinante: preguntas hay, claro, pero se formulan bajito, con zapatillas de estar por casa. Porque mientras rule aquello de “quien pueda hacer, que haga; quien pueda callar, que calle; y quien pueda mirar a otro lado, que vaya calentando el cuello”, nadie quiere parecer demasiado curioso. La curiosidad, en política, es una virtud admirable hasta que apunta al salón correcto. Entonces se convierte en persecución, bajeza, cortina de humo, o peor: falta de elegancia.

Más cotidiano todavía: una ve una manipulación evidente, una venganza política servida en bandeja, un relato fabricado con el pegamento de la conveniencia, y dice: “Oye, esto no es así. Lo estoy viendo”. Entonces alguien sonríe con superioridad de manual y responde: “Es que así es la política”. Como si la política fuera una alcantarilla inevitable y no una herramienta pública. Como si mentir fuera estrategia, embarrar fuera talento y destruir a la adversaria fuera una forma moderna de gestión emocional.

No es que falte libertad de expresión. Es que a veces viene con letra pequeña, como los seguros dentales. Puedes hablar, sí, pero no de tal juez, rey, empresario, guerra, pasado, presente ni estructura que quizá no sea estructura, sino decoración. Puedes decir “esto huele raro”, siempre que añadas que tal vez sea el ambientador.

La censura más eficaz ya no necesita quemar libros. Le basta con enseñarnos a quemarnos por dentro antes de escribir. Nos instala una censora diminuta en la garganta, una señora con gafas que carraspea ante palabras como “abuso”, “corrupción”, “machismo”, “impunidad” o “clase”. Esa señora no duerme. Cobra en ansiedad.

Por eso quizá convenga recuperar una vieja imprudencia: hablar con precisión, no con temeridad; con pruebas, no con barro; con ironía, no con odio. Decir lo que se piensa no debería ser delito. Mentir deliberadamente, acosar o calumniar ya tienen nombre. Lo demás —la sospecha razonada, la crítica al poder, la memoria incómoda— es oxígeno democrático.

Y si algún día nos quedamos sin palabras, siempre podremos decir: “Bonito día hace”. Pero que se entienda todo.