La charlatana de feria
Hay una figura que cualquiera hemos visto alguna vez, en la infancia o ya de mayores, en una plaza de pueblo o en la tele de madrugada: el charlatán de feria. Sube a un cajón, despliega su verborrea, promete el remedio para todo, insulta con gracia al que le lleva la contraria y, cuando el fuego de verdad, el literal, el que quema, se acerca al tenderete, sigue hablando. Habla más alto, incluso. Habla para tapar el ruido de las llamas.
Estos días, mientras el suroeste de la Comunidad de Madrid y buena parte de Ávila ardían en lo que las propias autoridades autonómicas han descrito como el peor incendio de la historia de la región, con decenas de miles de personas desalojadas y carreteras cortadas, Isabel Díaz Ayuso ha vuelto a hacer lo que mejor sabe hacer: hablar. No gestionar en silencio, no coordinar en silencio, no asumir en silencio. Hablar. Calificar la catástrofe, buscar el titular, lanzar el exabrupto contra el ministro de turno y devolver el insulto. Un cruce de motes entre la Comunidad de Madrid y el Gobierno central mientras miles de familias no sabían si sus casas seguían en pie.
No es un juicio sobre si hizo bien o mal en activar recursos, eso lo dirán los hechos, los datos, las hectáreas quemadas y las vidas perdidas o salvadas. Es un juicio sobre el estilo, sobre el reflejo: ante la crisis, el primer instinto no es el silencio operativo de quien coordina y gestiona, sino el ruido de quien necesita ganar el minuto de televisión. Eso es lo que separa a un gestor de un charlatán de feria: el charlatán necesita que le estés mirando a él, no al problema.
Y el problema, en este caso, tiene nombre y lleva años anunciándose. En noviembre de 2022, en la Asamblea de Madrid, Ayuso resumió su visión del cambio climático con una frase que ya es antología del negacionismo institucional español: que el planeta siempre ha tenido ciclos, que la Comunidad de Madrid no puede hacer nada respecto a las olas de calor, y que quien insiste en la emergencia climática lo hace porque, en el fondo, tiene “detrás en la cabeza” el comunismo. No una crítica a una política concreta, no un matiz sobre cómo repartir los costes de la transición energética entre países ricos y pobres, eso sí sería un debate legítimo, sino la reducción de toda la ciencia del clima a una etiqueta ideológica.
Ese gesto es exactamente el truco del charlatán: convertir un problema técnico y compartido en una cuestión de bandos, para no tener que dar una solución. Porque si el cambio climático es “comunismo”, entonces no hace falta invertir en prevención de incendios, ni en gestión forestal, ni en los servicios de extinción, ni en ordenación del territorio. Basta con señalar al enemigo ideológico. El problema es que los incendios no leen boletines del partido: arden igual en comunidades gobernadas por la izquierda que por la derecha, y las olas de calor no distinguen entre votantes.
El cambio climático no es un invento de nadie ni una consigna de nadie. Es lo que dice el consenso científico internacional, el mismo que advierte desde hace décadas de que los veranos serán más largos, más secos y más propensos a incendios como los que este julio han obligado a decretar la emergencia de interés nacional en España. Tratarlo como un problema común, algo que afecta a toda la ciudadanía independientemente del color de la papeleta, no es ceder terreno ideológico a nadie. Es, sencillamente, empezar a resolverlo.
Se puede discutir con dureza sobre presupuestos, sobre competencias, sobre quién debió pedir antes el auxilio del Estado. Lo que ya no se sostiene, con el monte todavía humeante, es la vieja pose de charlatán: subirse al cajón, hablar más fuerte que el fuego, y esperar que el aplauso tape las cenizas.