Igualdad sin trincheras
Cada 8 de marzo no solo conmemoramos a todas las mujeres que dedicaron su vida a la conquista de la igualdad real y efectiva, sino que reafirmamos nuestro compromiso con ese legado. Un compromiso que España quiso recoger en la Constitución de 1978. Nuestra Carta Magna –que es ya la más longeva de nuestra historia reciente– nos ha brindado la mayor etapa de prosperidad política, social y económica que hemos conocido. Y en ese proceso, las mujeres hemos ganado un espacio que durante siglos nos fue negado.
La Constitución consagró la igualdad ante la ley, prohibiendo expresamente cualquier discriminación por razón de sexo. Este principio supuso el punto de partida de una transformación de gran calado: la plena incorporación de la mujer a la vida política, económica, social y cultural. Desde entonces, hemos impulsado y consolidado un cambio histórico que nos ha permitido a todas las mujeres acceder libremente, entre otros ámbitos, a la educación superior, al mercado laboral y a los puestos de responsabilidad pública. Nada de esto ha sido fruto del azar, sino de un marco constitucional sólido que permitió que la igualdad dejara de ser una aspiración para convertirse en una realidad jurídica.
Sin embargo, no podemos caer en la autocomplacencia. La igualdad legal no ha eliminado todas las desigualdades que aún persisten en nuestro país, muchas de ellas relacionadas con la conciliación de la vida familiar y los cuidados. Pero si hay un ámbito en el que la brecha se convierte en una herida abierta es el de la violencia machista, que sigue afectando de manera directa y devastadora a miles de mujeres.
Según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer de 2024 elaborada por el Ministerio de Igualdad, el 57,3% de las mujeres que residen en España de 16 o más años han sufrido algún tipo de violencia machista a lo largo de su vida. Una cifra preocupante que se ve agravada en territorios como Euskadi, en el que, según Emakunde –Instituto Vasco de la Mujer– y el Gobierno Vasco, 8 de cada 10 mujeres sufren o han sufrido violencia física o sexual alguna vez en su vida.
Por otra parte, nuestra juventud, nuestro futuro, se identifica cada vez menos con los valores e ideas feministas. Esto lleva, por ejemplo, a un preocupante retroceso en las percepciones de los más jóvenes, con una normalización de conductas de control, acoso y humillación a través de redes sociales, tal y como alerta el Barómetro Juventud y Género 2025 de Fad Juventud. El control del móvil, la difusión no consentida de imágenes o la presión psicológica a través de redes sociales o mensajes no son “conflictos de pareja”, sino formas de violencia que debemos abordar con determinación.
Si queremos avanzar en igualdad real y efectiva, el feminismo debe ser un movimiento transversal en nuestra sociedad. No puede convertirse en patrimonio exclusivo de una sigla ni en un instrumento de confrontación política. Necesitamos un feminismo sin trincheras, que convoque a mujeres y hombres, capaz de forjar alianzas sociales amplias y que sume a las nuevas generaciones en favor de la igualdad.
Defender un feminismo transversal no diluye el problema, sino que fortalece la respuesta. Supone asumir que la violencia ejercida contra las mujeres es una cuestión de Estado. Es educar en igualdad desde la infancia, reforzar la coordinación entre las distintas administraciones, mejorar la protección de las víctimas y trabajar especialmente con los jóvenes para que comprendan la importancia de no banalizar conductas o actitudes machistas.
La Constitución nos dio el marco y la democracia la estabilidad necesaria. Las generaciones anteriores nos legaron avances incuestionables, pero ahora nos corresponde a nosotros consolidarlos y ampliarlos. El 8 de marzo debe ser, ante todo, una jornada de unidad en torno a lo esencial: que cesen los asesinatos machistas, que ninguna víctima se sienta sola frente a su agresor, que ninguna mujer vea limitada su libertad por roles de género o por miedo y que ninguna joven normalice el control o la violencia de cualquier tipo como una prueba de amor.