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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Siempre nos quedarán los símbolos

Maricarmen Abascal, en el piso en el que llevaba viviendo desde 1956

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En su novela 'Un puente sobre el Drina', Ivo Andric nos dice: “El pueblo sólo recuerda y cuenta aquello que puede comprender y transformar en leyenda”. “Lo demás —añade— discurre junto a él sin dejar huellas profundas, en la indiferencia muda de los fenómenos naturales y anónimos, sin tocar su imaginación y sin grabarse en la memoria”.

Lo que Andric escribía el pasado siglo en los años de la II Guerra Mundial no ha perdido su vigencia. El papel del símbolo en la conciencia de los pueblos aún tiene capacidad de resistir y plantar cara con eficacia a los sistemas de dominación absoluta del ser humano ideados por el capitalismo sin entrañas de nuestros días. Lo ocurrido con Maricarmen Abascal ha sido una buena prueba de todo ello.

Llevábamos tiempo hablando de la crisis de la vivienda; de sus precios estratosféricos y en continua expansión; de la imposibilidad de los jóvenes de acceder a una casa; de los desahucios rutinarios de inquilinos por la codicia de caseros que rescinden contratos de alquiler para embarcarse en negocios más lucrativos (preferentemente los turísticos); de la prepotencia escandalosa de esos fondos de inversión (“fondos buitre”), que compran bloques enteros de viviendas para especular con ellas de manera desvergonzada; de cómo, en consecuencia, se echa a la calle a personas muy vulnerables por razones de edad y, paralelamente, se cierra el paso a la emancipación de los jóvenes, que no pueden formar un hogar… Conocíamos los datos, las estadísticas, las informaciones cada vez más alarmantes, pero las oíamos como quien oye llover. Las habíamos asumido resignadamente, como esos “fenómenos naturales y anónimos” que, al decir de Andric, carecen de la capacidad de “grabarse en la memoria”.

Bastó que una sola persona se rebelase en público para que la apatía colectiva ante un problema que afecta a tanta gente se transformara en un grito permanente de indignación social y de movilización de masas; algo que desembocará en una huelga general convocada por UGT y CCOO, a instancias del Sindicato de Inquilinas. Recordemos la secuencia de imágenes: una mujer de 87 años, con una salud ya muy precaria, todavía en su domicilio, insiste: “Yo no pienso salir de mi casa”; tras un asalto brutal de la policía, esta mujer es desalojada y conducida en camilla al Hospital Gregorio Marañón y, con lo que aún le queda de voz, clama ante los jóvenes que la apoyan en la calle: “Defended vuestras casas”. Y, en los días que le quedan para su fallecimiento, volverá a insistir desde lo que será su lecho de muerte: “Seguid luchando”.

Resulta difícil no conmoverse ante el valor, la firmeza, e incluso la belleza, de quien se atreve a desafiar a los poderes dominantes, con su propia verdad y con su propio cuerpo; y, por eso mismo, se convierte en un símbolo de rebeldía que contagia al conjunto del país, poniendo patas arriba el discurrir cansino de la política española. Porque es evidente que cuando el símbolo entra en escena se hace muy difícil, por no decir imposible, combatirlo.

Resulta difícil no conmoverse ante el valor, la firmeza, e incluso la belleza, de quien se atreve a desafiar a los poderes dominantes, con su propia verdad y con su propio cuerpo

Por eso precisamente, Maricarmen resulta más molesta muerta que viva para las clases dominantes. Parece que el hecho mismo de morir, y el eco social de esta muerte, se han llegado considerar un desacato intolerable a los poderes económicos establecidos. Algo que ha incomodado especialmente a sus guardianes ideológicos, el complejo ultraderechista que conforman el PP y Vox; hasta el punto de negarle el minuto de silencio en instituciones que dominan y de echar las mayores porquerías posibles sobre su memoria.

La reacción española está especialmente empeñada en apartar la mirada pública de esta mujer y que pase al olvido, como si su rebeldía y su muerte no tuvieran relación alguno con los problemas del presente; que no son los de de las falsas prioridades nacionales que la ultraderecha mancomunada se inventa como guión para ganar las elecciones y acceder al poder político. Cuando Feijóo pide a la izquierda que no haga de Maricarmen un “icono electoral” está reconociendo implícitamente que ese guión ultraespañol tiene ya muy poca sustancia. Porque lo que va a estar en debate en el proceso electoral no es si peligra la unidad y seguridad de España, sino los problemas que afectan a la España real y a los españoles de a pie: los del futuro de la vivienda, los de la educación y sanidad públicas, los de las ayudas a las personas dependientes, los de unos servicios públicos deteriorados en las autonomías donde la derecha gobierna … 

En definitiva, se hablará sobre el futuro en este país del Estado de bienestar, que la ultraderecha se quiere cargar, en beneficio del mundo de los negocios. De hecho, se ha empezado a cuestionar, y mucho, el futuro de las Pensiones, puesto en duda por quienes (Figaredo, Ester Muñoz…) tratan de privatizarlas y recortarlas.

No hay que olvidar por último —y eso también está en el debate electoral— que hay algo que fundamenta nuestro bienestar: y es el mantenimiento de las libertades frente a quienes pretenden erosionarlas con lenguajes y prácticas neofascistas cada vez más evidentes. Éstas, pues, son las verdaderas prioridades de la sociedad española, que nada tienen que ver con himnos caducados y banderas que se esgrimen para agredir, yendo a la “caza del moro” o del “rojo”.

Y que se hable sin tapujos de lo que de verdad importa a la mayoría social -vivir mejor y con más libertad- ha sido el legado de un acto de rebeldía que ha conmovido a todo un país y, al transformarse en leyenda, ha trastocado por entero la vida política española. Cuando la poesía entra en escena, ocurren estas cosas. Siempre es saludable que, de vez en cuando, surjan voces que pongan en su sitio la racionalidad tecnológica, que se ha convertido ya en la teología del ultracapitalismo de nuestros días. Esa tecnología que nos avasalla a diario, obligándonos a aceptar en silencio que todo lo que nos ocurre es inevitable. Una mujer de 87 años nos ha dicho alto y claro que eso no es verdad.

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