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Whitechapel

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Una amiga dice que tengo una especie de TOC para viajar. Yo pienso que seguro para más cosas. Lo llamo con esa ligereza y frivolidad con la que hemos terminado llamando TOC a comprobar dos veces si cerramos la puerta, manía a una costumbre y trauma a un mal martes. Mal llamado o bien llamado, quién sabe. Yo ya no sé muy bien en qué clasificación ando. Casi seguro que alguna me corresponde y de las irreversibles.

El caso es que cuando regreso a una ciudad no busco un lugar nuevo. Vuelvo. A la misma zona. A las mismas calles. Si puedo, casi a la misma esquina.

Me ocurre en muchos lugares, pero Londres fue quien me descubrió la manía. La primera vez que fui me hospedé en Whitechapel y desde entonces, cuando regreso, vuelvo allí a pasar las noches.

Ya sé que Londres es inmensa. Que tiene barrios de postal, hoteles desde cuyas ventanas parece que el Támesis ha sido colocado expresamente para el huésped, calles elegantes, jardines perfectos y lugares mucho más céntricos donde una podría desayunar sintiéndose protagonista de una película inglesa.

Pero yo vuelvo a Whitechapel. Por romanticismo. Por costumbre. Por fijación. O quizá porque algunas ciudades son demasiado grandes para quererlas enteras y necesitamos empezar queriendo una esquina.

Whitechapel tiene además la mala suerte de ser conocida por un hombre que asesinaba mujeres. Jack el Destripador consiguió que más de un siglo después muchos recorran estas calles buscando fantasmas. A mí siempre me ha parecido una injusticia que cinco mujeres asesinadas acabaran convertidas en decorado turístico y que el asesino, cuyo nombre ni siquiera conocemos, consiguiera quedarse con la leyenda.

Pero Whitechapel estaba aquí antes que él. Y continuó después. Llegaron durante generaciones quienes aterrizaban en Londres con más necesidad que equipaje. Judíos que huían de la persecución nazi, irlandeses, bengalíes, afganas, palestinos, indios y tantos otros fueron dejando idiomas, comercios, cocinas, templos y nostalgias en este pedazo del East End.

La geopolítica es una palabra elegante para algunas cosas terribles. Cerca de ahí se fundían campanas; de la histórica Whitechapel Bell Foundry salieron algunas que acabarían sonando muy lejos de estas calles. El barrio siempre tuvo algo de eso: fabricar cosas capaces de viajar más lejos que quienes las hicieron.

Basta caminar por allí para entender que las fronteras son una invención bastante más ordenada que la humanidad. Whitechapel huele. Y eso es un elogio.

Huele a especias, a fruta, a aceite, a comida que una no sabe nombrar. Los puestos se desparraman por la calle con vestidos indios, telas, teléfonos, cachivaches, verduras, maletas y objetos cuya utilidad desconoces hasta que alguien consigue convencerte de que llevabas toda la vida necesitándolos.

Hay hiyabs.

Hay abayas.

Hay hombres saliendo de la mezquita.

Hay trabajadoras que hablan un inglés que Londres ha aprendido a pronunciar con cien acentos.

Hay muchachas nacidas allí cuyos padres nacieron allá y que probablemente estén cansados de que alguien les pregunte de dónde son realmente.

Y hay regateo.

Ahí entro yo.

Me encanta.

Pregunto cuánto cuesta algo que seguramente no necesito. Me dicen una cantidad. Pongo cara de haber sido personalmente traicionada. Ofrezco otra que considero una obra maestra de la negociación internacional. El vendedor se lleva la mano al pecho como si mi propuesta fuera a arruinar a tres generaciones de su familia.

Nos miramos.

Sonreímos.

Seguimos.

Finalmente salgo triunfante con mi cachivache.

Durante cinco minutos camino convencida de haber derrotado al capitalismo mundial. Él probablemente se queda pensando que acaba de vender por quince libras algo que valía siete. Los dos felices. Eso también es convivencia.

No la que aparece en los discursos, sino la pequeña: negociar, rozarse, molestarse, aprender dónde comprar el pan, reconocer a la mujer del puesto, saber qué calle tomar cuando llueve, descubrir qué esquina evitar de madrugada.

Camino desde Whitechapel hacia la Torre de Londres con esa absurda seguridad con la que una atraviesa el barrio donde nació. Doblo una calle antes de pensarla. Reconozco fachadas. Sé hacia dónde queda el río.

No soy de allí. Y, sin embargo, durante unas horas mi cuerpo cree que sí. Me gusta esa sensación. Hacer mío un lugar sin poseerlo. Quizá pertenecer sea precisamente eso. No tener escrituras. Tener memoria. Saber dónde doblar. Reconocer un olor. Echar de menos una calle. Unas miradas, una amabilidad autóctona, sonrisas, también titubeos. Allí Londres es profundamente londinense precisamente porque parece venir de todas partes.

Tiene algo de zoco de Tánger, algo de mercado de Delhi, algo del olor de El Cairo y algo irrepetiblemente británico: ese autobús rojo que atraviesa tranquilamente la mezcla como si llevara siglos sabiendo que una ciudad consiste precisamente en esto.

Pero no debemos idealizarlo. La diversidad queda preciosa escrita en una taza. Vivirla es bastante más difícil. No todo lo diferente es bueno por el hecho de ser diferente. No toda tradición merece respeto sólo porque sea antigua.

Hay costumbres que enriquecen y costumbres que someten. Hay creencias que consuelan y creencias utilizadas para vigilar el cuerpo, la sexualidad o la libertad de otras personas.

Puedo fascinarme ante una tela, una comida, una lengua o una ceremonia y rechazar al mismo tiempo cualquier norma religiosa o moral —se llame sharía, dogma cristiano o de cualquier otra manera— que pretenda decidir cómo debe vivir una mujer o qué libertad merece una persona.

Convivir no significa aplaudirlo todo. Eso no sería tolerancia. Sería indiferencia. Hay seres humanos vagando durante años porque nacieron en el lado equivocado de una frontera. Niños que aprenden antes el nombre de un misil que el de un árbol. Familias enteras convertidas en cifras porque dos pueblos, dos gobiernos, dos religiones o dos potencias decidieron que un pedazo de tierra vale más que quienes caminan sobre ella.

Tal vez lo mío no sea una manía, quizá sea una manera de domesticar la inmensidad. El mundo es demasiado grande. Por eso hacemos nuestros algunos lugares. Convivir no significa pensar igual. Significa algo mucho más difícil: reconocer la misma dignidad en quien piensa distinto.

Defender su derecho a ser diferente y nuestro derecho a discutir esa diferencia. Tal vez por eso sigo volviendo a Whitechapel. Porque en unas pocas calles encuentro una versión imperfecta del mundo. No una postal multicultural. El mundo tal como es. Ruidoso. Contradictorio. Hermoso algunas veces. Incómodo otras. Con prejuicios, desigualdades y heridas. Quizá el mundo, si algún día aprende a salvarse de nosotros mismos, tendrá que empezar exactamente ahí.