Mario Cordero Maldonado, el director de Sanidad que sustituyó al fusilado Espinosa y fue luego agredido por colaborar con los nazis
Mario Cordero Maldonado (1891-1967) fue director general de Sanidad del Gobierno de Euzkadi. Nacido en la localidad pacense de Barcarrota, estudió el Bachillerato en Huesca y Medicina en la Universidad de Zaragoza, de la que se licenció en 1916. Hablante de francés y alemán, empezó a ejercer en Gipuzkoa, en una policlínica de Altza. Consta que costeó con su dinero la inauguración de un cuarto de socorro en el barrio donostiarra de Herrera. Se afilió a Unión Republicana, partido en el que ocupó diversos puestos, incluido el de diputado-gestor en la Diputación. Leal a la Segunda República tras el golpe de Estado de 1936, en octubre fue designado director general de Sanidad del Gobierno de Euzkadi. Sirvió de enlace con la Sanidad militar. A raíz del apresamiento del consejero Alfredo Espinosa, de su mismo partido, Cordero ocupó el cargo en funciones durante poco más de un mes.
Siguió trabajando para el departamento desde Santander. Propuso trasladarse a Francia, donde, según las palabras que recoge el libro, “podrían ser más útiles sus servicios”, aseverando que “el considerable aumento de refugiados [hacía] indispensable una ampliación de los servicios médicos”. Se mostró también preocupado de que la estructura del departamento estaba “en liquidación”, con muy pocos efectivos. Llegó a escribirle al lehendakari, José Antonio de Aguirre, para trasladarle sus preocupaciones sobre la situación de los refugiados vascos que iban llegando a Francia. El lehendakari le dio permiso para que se fuese. Herido en un bombardeo del bando sublevado, con el tímpano izquierdo destrozado, Cordero escapó a Francia a bordo de un barco.
Con Espinosa ya asesinado por los franquistas, el cargo de consejero de Sanidad pasó por varias manos, hasta recaer en las de Heliodoro de la Torre, también consejero de Hacienda. Cordero siguió trabajando desde Burdeos, al frente de un equipo cada vez más reducido. En septiembre de 1937, el consejero le pidió que fuera de la ciudad francesa a Barcelona, para organizar la atención a los refugiados vascos. Escudándose en su lesión en el oído, Cordero envió a otra persona, lo que le valió una reprimenda del consejero. No fue la última crítica que recibió. Se llegó a decir de él que siempre lograba “enredarlo todo”. Acabó “eliminado” del departamento, según las palabras del secretario general de Sanidad, Juan Calle.
Siguió viviendo en una Burdeos ahora ocupada por los nazis, que le encomendaron la realización de los exámenes de aptitud física de las personas que iban a ser deportadas a Alemania. Mientras tanto, la Justicia franquista lo condenó, según el libro, “a pagar al Estado una multa de 25.000 pesetas, destierro por 15 años y no poder residir dentro del radio de 150 kilómetros de la localidad de Alza”. A raíz de la liberación de Francia en 1944, tanto él como su mujer fueron asaltados por las Fuerzas Francesas del Interior, parte de la Resistencia. “El matrimonio fue agredido físicamente, tratado de forma humillante y se les robó el dinero que tenían encima”, apunta la obra, que recoge un testimonio de Cordero en el que señalaba que se le habían robado hasta 300.000 francos, además de otros enseres. Se le acusaba de haber colaborado con los nazis y fue encarcelado. Expulsado de Francia en 1945, unos meses después, y ya de vuelta a Donostia, fue detenido e ingresó nuevamente en prisión. Salió unos meses después. Indultado en 1952, siguió ejerciendo de médico. Falleció en Donostia en 1967, a los 75 años.