Habermas o el límite del consenso

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Frente al cinismo, frente al dogmatismo y frente a la pura imposición del poder, Habermas sigue recordándonos algo esencial: que las normas no deberían imponerse sin justificación y que toda sociedad decente necesita espacios de deliberación.

Pero el reconocimiento no obliga a la adhesión completa. Y quizá uno de los problemas de cierta recepción contemporánea de Jürgen Habermas es precisamente ese: haber convertido una aportación importante en una especie de horizonte último de la crítica. Como si la legitimidad procedimental agotara la cuestión de la verdad. Como si la validez pública equivaliera, sin resto, a la justicia. Como si la persona pudiera comprenderse suficientemente desde su capacidad de participar en procesos de argumentación racional.

Habermas quiso corregir la deriva sombría de la primera Escuela de Frankfurt. Tras Adorno y Horkheimer, cuya crítica de la razón moderna acabó bordeando a veces el callejón sin salida de una negatividad sin reconciliación, Habermas trató de reconstruir un fundamento normativo para la vida común. Su proyecto aspiraba a salvar la Ilustración de sus propias ruinas: no abandonar la razón, sino purificarla; no renunciar a la modernidad, sino dotarla de una base comunicativa y no instrumental.

Pero el procedimiento no basta. El diálogo no lo funda todo. El consenso racional es deseable, incluso necesario, pero no crea por sí mismo la verdad moral. Tampoco funda la dignidad de la persona. Como mucho, puede ayudar a reconocerlas, protegerlas o articularlas jurídicamente. Pero la persona vale antes de que una comunidad la valide discursivamente. Vale antes del acuerdo, antes de la deliberación, antes incluso del reconocimiento social.

Esa es, para mí, la insuficiencia de fondo del planteamiento habermasiano: su tendencia a situar el núcleo de la legitimidad en condiciones ideales de discurso, como si lo humano pudiera comparecer íntegramente ante el tribunal de la argumentación. Pero la vida moral real está hecha también de fragilidad, de conciencia, de responsabilidad silenciosa, de afectos, de historia, de lealtades, de heridas y de deberes que no nacen del consenso, aunque puedan ser después razonados y compartidos. Dicho de otra manera: no todo lo verdadero depende de poder ser formalizado en un procedimiento de justificación intersubjetiva.

Este no es un reproche irracionalista. Al contrario. Es una advertencia contra la reducción de la razón a su dimensión discursiva. La razón humana no sólo argumenta: también contempla, intuye, reconoce, se conmueve, se obliga y responde. Cuando estas dimensiones desaparecen del centro de la filosofía moral, la persona corre el riesgo de quedar adelgazada. Sigue siendo sujeto de derechos, sí, pero cada vez menos, alguien irreductible y cada vez más un participante abstracto en un intercambio de razones.

Tal vez por eso nunca me ha convencido del todo la evolución que, en este punto, tomó la herencia frankfurtiana. Habermas quiso rescatarla del pesimismo, pero en esa operación la crítica perdió parte de su espesor antropológico. La vida humana no se deja encerrar del todo ni en la técnica, ni en el sistema, ni tampoco en el procedimiento. No se trata de desechar a Habermas. Sería injusto e intelectualmente pobre. Se trata de situarlo. De agradecer lo que aporta sin olvidar lo que deja fuera. De admitir que su filosofía resulta imprescindible para pensar la esfera pública, pero insuficiente para fundar una antropología moral completa. Nos ayuda a entender cómo debemos discutir; no termina de decirnos quién es, en toda su profundidad, ese alguien que discute.

Importa porque una democracia no vive sólo de reglas, sino también de convicciones acerca del ser humano. Importa porque no toda exclusión empieza con la violencia: algunas comienzan con una definición demasiado estrecha de la persona. E importa porque, en una época fascinada por los procedimientos, conviene recordar que la justicia no consiste únicamente en hablar bien, deliberar bien o consensuar bien, sino también en reconocer lo que merece respeto antes de cualquier votación, antes de cualquier mayoría y antes de cualquier consenso.

Habermas nos enseñó a desconfiar de la imposición sin razones. Bien está. Pero quizá hoy convenga añadir algo más: también hay que desconfiar de una razón que acaba creyendo que sólo existe aquello que puede justificarse en su propio lenguaje.