Ópera Joven abre una nueva etapa tras transformar el panorama lírico extremeño
Cuando las luces se apagan en el Teatro López de Ayala y la orquesta interpreta los primeros compases, el público asiste al desenlace de una historia que comenzó muchos meses antes. Detrás de cada función hay ensayos, talleres, viajes, escenografías que se levantan pieza a pieza y decenas de profesionales trabajando lejos de los focos. También hay escolares que han conocido la ópera en sus aulas antes de escucharla sobre un escenario, estudiantes que descubren oficios vinculados a las artes escénicas y autobuses que parten desde pequeñas localidades extremeñas rumbo al Teatro Real de Madrid. Porque lo que sucede cuando se abre el telón no es únicamente una representación lírica: es el resultado visible de un proyecto que acaba de cerrar una etapa decisiva y se prepara para comenzar otra.
Detrás de cada función de Ópera Joven hay mucho más que un espectáculo. Hay una iniciativa cultural que ha demostrado que la ópera no pertenece a las grandes ciudades ni a las élites culturales, sino que puede formar parte de la vida cotidiana de cualquier territorio. Ahora, tras consolidar una estructura propia de producción, formación y mediación cultural, el programa encara una nueva fase marcada por la continuidad de un modelo que ha logrado acercar la lírica a miles de extremeños.
Se quería demostrar que la ópera no está reservada a las clases eruditas, ni porque sea difícil ni porque quienes viven en el entorno rural tengan menos capacidad para producirla o comprenderla. Esa convicción, que acompañó el nacimiento del programa, resume mejor que ninguna otra el sentido de una iniciativa que acabaría transformando el panorama lírico extremeño. Y en pocos lugares esa idea parecía tan improbable como en Extremadura.
Durante décadas, la ópera fue percibida como una manifestación artística distante. Asociada a grandes capitales, a teatros históricos y a públicos especializados, parecía vivir en un universo paralelo al de las pequeñas ciudades y los pueblos. Cuando nació Ópera Joven, Extremadura carecía de una programación operística estable, de una estructura de producción propia y de una tradición continuada de formación de públicos. La iniciativa llegó para crear un ecosistema que nunca existió.
Precisamente contra esa convicción nació en 2019 Ópera Joven, impulsado por el Área de Cultura de la Diputación de Badajoz. No para importar espectáculos de manera puntual ni para programar una sucesión de funciones aisladas, sino para construir desde cero una red de producción artística, formación y participación cultural. Una red que hoy afronta una nueva etapa tras haber demostrado que era posible producir ópera desde Extremadura.
La ópera como derecho cultural
La historia de Ópera Joven es también la historia de una pregunta incómoda: ¿por qué determinadas expresiones artísticas siguen considerándose patrimonio de unos pocos?
La iniciativa nació precisamente para combatir esa frontera invisible. Quería demostrar que la dificultad atribuida a la ópera tiene más que ver con la falta de oportunidades para conocerla que con una supuesta incapacidad de los públicos para comprenderla. Que el entorno rural no posee menos sensibilidad ni menos capacidad de creación que los grandes centros urbanos. Y que un vecino de cualquier localidad pacense puede emocionarse ante una aria de Donizetti o una partitura de Bizet exactamente igual que un espectador de Milán, Madrid o Viena.
Ese planteamiento ha atravesado todas las ediciones del programa. Porque Ópera Joven nunca se limitó a representar títulos. Su objetivo fue construir una relación duradera entre la ciudadanía y la cultura. De ahí que sus funciones formen parte de una estrategia más amplia donde conviven la creación artística, la mediación educativa y la cohesión territorial.
Cuando la lírica echó raíces
La primera piedra de esa aventura se colocó en 2019 con L'elisir d'amore, la célebre comedia romántica de Gaetano Donizetti. Aquella producción inaugural era toda una declaración de principios. No se trataba de contratar un montaje ya terminado, sino de levantar una producción propia desde Extremadura. La obra reunió a intérpretes de prestigio como Berna Perles, Guillén Munguía, Alberto Martínez, Ricardo Llamas y Nuria García, acompañados por la Orquesta Sem Fronteiras, el Coro de Cámara de Extremadura y la Banda de Música de Montijo.
La respuesta del público confirmó que existía un espacio para la lírica que llevaba demasiado tiempo esperando ser ocupado. Los estrenos en Badajoz registraron una acogida extraordinaria y dejaron una sensación que se repetiría en los años siguientes: la ópera no era un cuerpo extraño en Extremadura. Simplemente, había estado ausente hasta ese momento.
Aquella primera producción sembró una semilla cuyo crecimiento nadie podía prever entonces.
Crear espectadores antes que consumidores
Uno de los mayores aciertos de Ópera Joven ha sido comprender que un proyecto cultural de largo recorrido no puede depender únicamente de la programación artística. Necesita formar públicos. Por eso, desde sus inicios, la vertiente pedagógica ha ocupado un lugar central. Talleres, encuentros, actividades divulgativas, conferencias-concierto y acciones de mediación han acercado la lírica a miles de estudiantes extremeños. La ópera entró así en las aulas mucho antes de llegar a los escenarios.
El alumnado pudo conocer cómo funciona una producción, acercarse a los intérpretes, descubrir el lenguaje de la escena y comprender una disciplina que durante mucho tiempo había permanecido fuera de los circuitos educativos habituales.
Algunos de esos jóvenes asistieron después a representaciones en directo. Otros viajaron al Teatro Real de Madrid en actividades organizadas por el proyecto, una experiencia que para muchos supuso no solo el descubrimiento de la ópera, sino también el acceso por primera vez a uno de los grandes templos culturales europeos. La formación de espectadores dejó de ser un objetivo secundario para convertirse en una auténtica política cultural.
Un gato para abrir las puertas
Tras la pandemia, el programa regresó en 2021 con una decisión inteligente y profundamente coherente con su filosofía: El gato con botas, de Xavier Montsalvatge.
La elección hablaba por sí sola. Frente a la imagen solemne y distante que suele acompañar a la ópera, la propuesta apostaba por la fantasía, el humor y la accesibilidad. Dirigida musicalmente por Enrico Pagano y escénicamente por Cristina Silveira, la producción reunió a Yeraldín León, Gabriel Alonso, Tiago Matos, Mar Morán y Manuel Torrado en una propuesta especialmente pensada para conectar con familias y públicos jóvenes. Aquella apuesta confirmó que la renovación generacional era posible. No había que rebajar la exigencia artística para atraer nuevos espectadores. Bastaba con ofrecerles una puerta de entrada.
Una provincia como escenario
Sin embargo, la auténtica singularidad de Ópera Joven no reside únicamente en los espectáculos producidos, sino en su vocación itinerante. Mientras gran parte de la actividad cultural continúa concentrándose en las capitales, el programa asumió la provincia como espacio natural de exhibición y llevó la lírica a municipios donde jamás había existido una programación operística estable. Así, la ópera abandonó los circuitos tradicionales para instalarse en teatros municipales, auditorios y espacios culturales repartidos por toda la geografía pacense. En cierto modo, la provincia entera se convirtió en escenario. Era la cultura la que viajaba hasta los espectadores, guiada por una convicción sencilla, la de que el acceso a la excelencia artística no debe depender del código postal.
Cruzar la Raya
Ese compromiso territorial encontró una expresión especialmente significativa con Gianni Schicchi, la brillante comedia de Puccini inspirada en la Divina Comedia. La producción recorrió diversas localidades extremeñas antes de cruzar la frontera y llegar a Portalegre, fortaleciendo los vínculos culturales de la Raya. La imagen resumía perfectamente el espíritu del proyecto: una ópera creada en Extremadura viajando hasta Portugal para encontrarse con nuevos públicos.
Más allá del valor artístico del espectáculo, había un mensaje implícito. La cultura podía actuar como un espacio compartido entre territorios históricamente unidos por una geografía común.
El valor de arriesgar
Quizá la prueba más evidente de la madurez alcanzada por Ópera Joven llegó cuando decidió mirar no hacia el repertorio heredado, sino hacia la creación viva. En 2023 produjo el estreno absoluto de La Paz Perpetua, una ópera de cámara con música de José Río-Pareja y libreto de Juan Mayorga, una de las voces más relevantes de la dramaturgia contemporánea española. La elección no era menor. Encargar y estrenar una nueva obra con la firma de Mayorga significaba situar a Extremadura en un espacio poco frecuentado por los circuitos de producción lírica periféricos: el de los territorios que no solo programan ópera, sino que contribuyen a crearla. Esta vez no se trataba de acercar al público una gran obra del pasado, sino de participar en el nacimiento de una nueva obra destinada a formar parte del presente de la lírica.
La obra, dirigida musicalmente por Jordi Francés y escénicamente por Susana Gómez, reunió al Ensemble Sonido Extremo y a solistas como Isabella Gaudí, Christian Gil-Borrelli, Juan Noval-Moro, Toni Marsol y Cristian Díaz. No era una apuesta sencilla. Programar una obra contemporánea implica asumir incertidumbres artísticas, económicas y de recepción. Precisamente por eso resultó tan importante. Porque demostraba que el proyecto ya no aspiraba únicamente a divulgar el repertorio histórico, sino también a formar parte activa del presente de la creación operística.
Una escuela detrás del telón
Toda trayectoria tiene un momento simbólico que permite medir el camino recorrido. Para Ópera Joven ese momento llegó con Carmen. La obra de Bizet supone uno de los mayores desafíos para cualquier compañía. Afrontarla exige recursos humanos, capacidad organizativa y una madurez artística considerable.
La producción dirigida por Pedro Luis López Bellot y Mauricio Sotelo-Romero asumió ese reto desde una estética contemporánea que reflexionaba sobre la libertad, el poder y la posición de la mujer en la sociedad. Al frente del reparto brilló la mezzosoprano ucraniana Olga Syniakova junto a Eduardo Pomares, Alejandro Von Büren, Irene González, Mar Morán, Laura Orueta y Luis Renas Pereira.
Pero, una vez más, lo más revelador sucedía también fuera del escenario.
Alumnos de sastrería, peluquería y caracterización participaron en la producción, incorporándose a un proceso profesional que convirtió la ópera en un espacio de formación y aprendizaje.
La función se transformaba así en algo más que una representación. Era también una escuela.
El efecto multiplicador
Hay otro legado menos visible que las críticas o los aplausos, pero quizás más importante: cuando Ópera Joven comenzó su andadura, la actividad lírica en Extremadura era escasa y dispersa. Cinco años después, la presencia de iniciativas relacionadas con la ópera, la mediación cultural y la formación de nuevos públicos resulta mucho más habitual.
La iniciativa ha actuado como catalizador. Ha generado interés, ha abierto caminos y ha contribuido a que la lírica forme parte de la conversación cultural de la región. Su influencia ya no se mide únicamente en las producciones estrenadas, sino en todo aquello que ha ayudado a poner en movimiento.
Una revolución cultural en voz baja
Durante décadas, la pregunta parecía ser si la ópera tenía cabida en Extremadura. Cinco años después, la cuestión ha cambiado por completo. Las producciones han recorrido la provincia, los teatros se han llenado, miles de estudiantes han descubierto el género a través de las aulas y centenares de jóvenes han conocido desde dentro los oficios que hacen posible un espectáculo lírico. Lo que comenzó como una apuesta cultural se ha convertido en algo más amplio: una demostración de que la excelencia artística no depende de la proximidad a una gran capital, sino de la voluntad de construir proyectos sólidos y sostenidos en el tiempo.
El verdadero legado de Ópera Joven no se mide únicamente en producciones, representaciones o escenarios conquistados. Está también en los públicos que ha contribuido a formar, en los jóvenes que han descubierto nuevas vocaciones y en los municipios que han encontrado en la lírica una forma más de participar en la vida cultural. En ese recorrido, Extremadura ha dejado de ser solo un lugar al que llegan espectáculos para convertirse en un territorio capaz de crearlos, producirlos y proyectarlos.
La próxima producción, La verbena de la Paloma, abre un nuevo capítulo en esa historia. No se trata solo de dar continuidad a un proyecto, sino de seguir ampliando las posibilidades de la ópera desde el territorio, con la ambición artística y la vocación pública que han marcado su trayectoria. Porque el mayor logro de Ópera Joven quizá sea haber demostrado que la distancia respecto a los grandes centros culturales no tiene por qué convertirse en una barrera. Y que, cuando existen voluntad, recursos y continuidad, la cultura no solo llega a los territorios: también puede nacer en ellos.
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