'Espontaneadas': declarar ante notario un embarazo de soltera para evitar insultos en la Galicia de hace tres siglos

Imagen de mujeres del siglo XIX conservada en la Universidad de Valladolid y uno de los registros de 'espontaneadas'

Beatriz Muñoz


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En el siglo XVIII los hijos nacidos fuera del matrimonio en Galicia no eran ninguna rareza. El territorio tenía “la mayor tasa de ilegitimidad de España con diferencia”, asegura la catedrática de Historia Moderna Ofelia Rey Castelao. Y en ese contexto aparecieron, en algunas zonas, unos procesos para que mujeres -sobre todo- solteras y viudas hiciesen público y declarasen ante notario su embarazo fuera del matrimonio. Se las denominaba espontáneas o 'espontaneadas'. Las autoridades podían controlar de este modo que no abortaban ni abandonaban al bebé y ellas recibían a cambio un salvoconducto que les evitaba insultos, burlas o ataques de sus vecinos y situaciones como la de perder un trabajo o tener que abandonar el lugar en el que estaban instaladas.

Aunque al procedimiento se le llamaba 'espontanearse', no está claro cuánto de espontáneo tenía que se presentasen ante una autoridad local a admitir que se habían quedado embarazadas y contar de quién y cómo había ocurrido. No era obligatorio y en la mayoría de los casos las mujeres iban de forma voluntaria, pero hay un grupo a las que llamaban a comparecer ante las autoridades cuando estas se enteraban que de que esperaban un bebé y no estaban casadas. La frecuencia con la que ocurría llamó la atención de un fiscal de la Real Audiencia de Galicia, Vicente Vizcaíno Pérez, que escribió en 1787 que “son demasiado frecuentes en este Reyno de Galicia las causas que en él llaman de espontáneas, desconocidas en otras provincias, pero no en nuestro Derecho”.

Un embarazo fuera del matrimonio no era un delito y la explicación dada por muchas de estas mujeres de que habían tenido relaciones sexuales porque les habían prometido matrimonio les permitía salvar el honor, según el historiador y archivero Ángel Arcay, que estudió 555 registros de 'espontaneadas' de las comarcas de Ferrol y Pontedeume entre mediados del siglo XVIII y mediados del XIX. Su trabajo, pendiente de ser publicado, ha vuelto a llamar la atención sobre esta práctica que, aunque no se daba en otras zonas de España, sí se conoce en otros lugares, también con normas derivadas del derecho romano, como Francia.

No es la primera vez que quienes trabajan con documentos de la época se encuentran con expedientes de 'espontaneadas'. Ofelia Rey recuerda que ya a finales de los 70 ella trabajó con algunos y eran conocidos. Posteriormente, la investigadora Serrana Rial localizó centenares de procedimientos y planteó que 'espontanearse' no era necesariamente negativo para las mujeres. “Automáticamente eso las protegía. A partir de ese momento nadie se podía burlar de ellas, meterse con ellas, agredirlas; quedaban protegidas por la justicia. Si alguien las insultaba por la calle ellas podían denunciar. Y lo hacían. No hay una balanza para decir si esto era bueno o malo”, expone Rey.

Arcay cita que, antes de encontrarse “por casualidad, buscando otra cosa” con los documentos que estudió en el Archivo Notarial de A Coruña, conocía los casos de una treintena de espontáneas del pequeño municipio rural de San Xoán de Río, en Ourense. De estos expedientes habla en un trabajo otro investigador, Miguel García-Fernández, que transcribe algunos de los relatos. En esta ocasión el 'espontaneo' se hace ante el alcalde y responsables locales. Aunque muchas de ellas hablan de una “seducción con palabras de casamiento”, algunas plantean su deseo sexual: Antonia González manifiesta que está embarazada de unos siete meses, que su “dañante” se llama Santos y que a él “se sujetó por un deleite carnal”; Cecilia Diéguez lo explica con “un apetito carnal”. En otro caso, el de Francisca Vázquez, de As Guístolas, el expediente hace constar que las autoridades sospechan que está embarazada por su “vientre tan crecido”, pero ella lo niega y ofrece otra explicación: comió pulpo mientras tenía la regla y “se le detuvo y aún no le volvió hasta hoy día” y por ello tiene una barriga abultada.

Las promesas de casamiento y las menciones a la “fragilidad humana” se repiten en los expedientes de las comarcas de Ferrol y Pontedeume analizados por Ángel Arcay. El investigador se ha encontrado también con otros casos, algunos de ellos violaciones, en los que las mujeres dicen que fueron intimidadas con armas -en el caso de un hombre vestido de soldado- o que se encontraban solas con el agresor en una zona apartada. Pero también cita el testimonio de una vecina de San Andrés de Teixido, María Lorena de Villadóniga, que dio posada en su casa a un hombre que iba peregrinando. “En aquella misma noche me solicitó a actos torpes en que movida de la fragilidad humana condescendí sin preguntarle por su vecindad, estado y palabra de casamiento”, declara la mujer.

Cuestionada la idea de la “mujer sumisa”

Arcay destaca que estos son de los pocos documentos de la época que conoce en los que las mujeres hablan en primera persona. Ellas se presentan ante el notario y le dan datos sobre su sexualidad, que son contenidos que se salen de lo habitual en los registros notariales. Cree que estos documentos permiten vislumbrar algo de la sexualidad femenina de la época que cuestiona la imagen de “la mujer sumisa”.

Ofelia Rey alude a ideas preconcebidas sobre la época: “La tasa de ilegitimidad era muy alta y, precisamente por eso, estaba bastante consentida. No era un problema especial -que una mujer se quedase embarazada fuera del matrimonio-”. Agrega que la sociedad “no tenía tanto prejuicio como hubo después” y que había incluso una “mentalidad” de que, si una mujer superaba la treintena y estaba soltera, “lo mejor” era que tuviese un hijo para que la cuidase al hacerse mayor. La censura social creció posteriormente, con la sociedad pequeñoburguesa de la segunda mitad del siglo XIX, según la experta, que añade que la condena social era “algo muy urbano”.

En el caso de las 'espontaneadas' recalca que ni siquiera aparecen en todos los territorios gallegos. Tampoco, dice, hay una ley que las mencione, aunque un jurista de la época, Bernardo Herbella de Puga, “habla del derecho de la espontánea, no del deber”. “En muchas cosas no hay normativa, sino pura costumbre, que a veces tiene casi rango de ley”, expone. Rey indica que Santiago, por ejemplo, no se hacía. Y a partir del 1800 los casos fueron desapareciendo en áreas como la de Ferrol porque “había tantas que no era posible controlarlo”.

La catedrática, profesora en la Universidade de Santiago de Compostela, añade otros apuntes para desmontar prejuicios sobre la época. Había 'espontaneadas' reincidentes, que volvían a declarar un embarazo o más en los años siguientes, pese a que el proceso suponía que se comprometían a comportarse de forma “casta”. También había casos de “parejas de hecho”, que convivían sin casarse, como se puede deducir de los registros parroquiales en los que aparecen como padres de varios niños a lo largo del tiempo. En la zona de Ferrol influía la presencia de militares: el permiso para casarse tenía una tramitación larga y muchos no formalizaban su relación con una mujer ante la Iglesia.

La vigilancia

Al 'espontanearse' las mujeres quedaban sometidas a control: las autoridades sabían que debía nacer un bebé y aproximadamente cuándo y vigilaban para evitar abortos, infanticidios -algo que en Galicia apenas se daba, según Ofelia Rey- o abandonos en la inclusa. En la de Santiago, a finales del siglo XVIII entraban unos 1.000 niños al año. Y dentro, la mortalidad era elevada, más que fuera, en una época en la que en torno a la mitad de los bebés no llegaban a la edad adulta.

Además, en el proceso la autoridad nombraba a una persona que debía vigilar a la mujer y requería un fiador, que podía ser un allegado u otra persona y que respondía con sus bienes y patrimonio de la crianza del bebé. A las mujeres embarazadas se les imponían algunas condiciones, en general llevar una vida recatada en adelante y no volver a cometer faltas similares, aunque los casos de 'espontaneadas' reincidentes hacen ver que el mensaje no siempre se asumía.

El estudio de Ángel Arcay concluye que la mayor parte de las espontáneas eran jóvenes sin formación -solo ocho de las 555 saben firmar, de lo que se deduce que el resto eran analfabetas-. La edad media en estos expedientes es de 25 años y hacen público el embarazo, en promedio, en el cuarto mes, cuando la barriga empieza a ser evidente. La mayoría son solteras, pero también aparecen viudas y mujeres célibes, que se habían dedicado a la religión pero se quedan encintas y tienen que salir de ese ámbito. Algunas de ellas aparecen casadas posteriormente en otros registros, pero en general terminaban formando familias monoparentales.

En cuanto a los hombres a los que identificaban, la mayoría eran también solteros. Hay casos en los que no se revela el nombre, posiblemente por tratarse de casados. Algunas de las mujeres se escudan en que el hombre con el que tuvieron relaciones sexuales ocupa una posición “de privilegio” para no decir quién es. También había, recuerda Arcay, muchos hijos de curas. Aunque no siempre figura la ocupación de la mujer, entre las que sí la hacen constar abundan criadas, costureras y mujeres que iban trabajando por las casas. Aparecen, dice el investigador, episodios “esperables” como los de las que se quedan embarazadas del “amo o del hijo del amo”.

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