Martín Senande, 'carpinteiro de ribeira' que lucha por la conservación de un oficio amenazado: “Un barco es como un pez”
“Yo aprendí aquí. Me salieron los dientes en el astillero, molestando a los carpinteros”. Con Martín Senande Vázquez se cierra una dinastía. Él, nacido en 1960, fue la tercera generación de carpinteiros de ribeira del astillero O Baladiño, fundado tres décadas antes por su abuelo Benito en la parroquia de Canduas, en Cabana de Bergantiños. Ahora, recién jubilado, y dos décadas después de fletar su último barco, quiere convertir ese espacio privilegiado sobre el estuario del río Anllóns en un lugar vivo, “un aula didáctica, un museo”, que al mismo tiempo que homenajea a sus predecesores ayude a mantener viva la profesión que ama.
“Estoy muy orgulloso de ser carpintero, porque amo la madera”. Martín insiste en que “dentro de unas medidas”, es decir, “hasta los 20 metros de eslora”, el material que ha trabajado durante décadas es superior “a la fibra o el hierro”. Aunque admite en que eso queda “para gustos”.
“Quiero creer que se van a volver a hacer barcos de madera. Y aprovecho para para lanzar un grito y decir que, por favor, no se pierdan los carpinteiros de ribeira, porque si se pierden luego va a ser muy difícil recuperarlos”. Considera su profesión “preciosa” y, al tiempo, “muy complicada”, y teme la llegada del momento en que se pierda la técnica para construir embarcaciones a la manera tradicional.
Homenaje a los carpinteros
Martín se sintió atraído muy pronto por la carpintería. “Con siete u ocho años venía a traerle el desayuno a mi padre y, mientras no tenía que ir a la escuela, me quedaba por aquí, estorbando”. Cuando terminó los estudios, decidió seguir la tradición familiar. “A los 22 años, cuando mi padre se jubiló, ya era jefe de taller y fue cuando empecé a trabajar de verdad”. Hoy, recuerda con una sonrisa aquella época en que los armadores dudaban al verlo tan joven. “Decían: 'este pipiolo no me va a hacer el barco'”.
Hoy, el astillero está parado, aunque conserva todo lo necesario para su actividad: el banco de carpintero, las herramientas, las maquetas... un viaje en el tiempo que impresiona, sobre todo, a los pequeños de los colegios que lo visitan. Pero también a los mayores que escuchan las apasionadas explicaciones de Martín. “Se quedan abertos de peito, anonadados cuando vienen aquí y oyen las historias de la carpintería. Quedan realmente encantados”.
Y ése es el futuro que el último de sus dueños sueña para O Baladiño. “Quiero hacer aquí un homenaje a los carpinteiros de ribeira que pasaron por este astillero. Quiero que venga gente, que tenga vida. Que no muera ni caiga en el olvido”. Y quiere hacerlo como un homenaje “a mi abuelo, a mi padre y a todos los carpinteros que pasaron por aquí –con mi padre trabajaban 22 hombres alrededor de un barco pesquero–, pero también al propio municipio de Cabana porque fue un gran foco de carpinteiros de ribeira en su día”.
Un pez de madera en tierra firme
Uno de los últimos trabajos de Martín luce sobre tierra firme. En la entrada de Laxe, el municipio vecino, el ayuntamiento colocó un barco “con carácter ornamental”. Los años pasaron y aquella embarcación “ni se pintó más, ni se limpió ni se hizo absolutamente nada”. La nave se deterioró, “sobre todo las maderas de pino, los forros exteriores, las cubiertas, las obras muertas...”. Ante esa imagen, Martín presentó un “pequeño” proyecto para restaurarlo, que consiguió la financiación de la Deputación de A Coruña.
La idea era eliminar todas las partes dañadas y quedarse sólo con la estructura, “el esqueleto”, construido en madera de roble, “muy dura” y que, bien tratada, podría durar muchos años más.
“Si os fijáis, un barco es un pez”, explica el carpintero. “Imaginaos que coméis un xurelo, que le sacáis las escamas, la carne y todo eso... y sólo dejáis la espina dorsal y las otras espinas. Esa fue la intervención que hice”. Y, no sin cierta satisfacción, concluye: “Para mí, quedó muy bonito”.