Vítor Belho, de la productora Nordesía: “Las grandes cifras económicas ocultan la realidad diversa de la música popular”

Daniel Salgado

Santiago de Compostela —
24 de abril de 2026 17:34 h

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Vítor Belho no se lleva a engaño. “Queremos vivir de nuestro trabajo, y vivir lo mejor posible, pero Nordesía no nació para ganar mucha pasta. Pretendíamos ser un activo para la mejora de la comunidad musical, desde la convergencia entre tradición y modernidad”, asegura. Una empresa cultural, fundada hace ahora 30 años por Paco de Pin y el mismo Belho, que entiende que su función va más allá de lo mercantil, añade. “Las grandes cifras económicas ocultan la realidad diversa de la música popular, que a veces tiene dificultades para emerger”, sostiene, “nosotros seguimos creyendo en los artistas que se expresan desde la propia creatividad”. Nordesía, compañía clave en el despegar del folk gallego en los 90 y en la apertura a las músicas globales de raíz, celebra este sábado su cumpleaños con un concierto en la Sala Capitol de Santiago de Compostela.

El discurso de Belho sobre el estado de la cuestión musical en Galicia (y en el Estado) es crítico. Pese a ser uno de los empresarios culturales gallegos de mayor impacto, desconfía de lugares comunes. “Soy una persona observadora y reflexiono. Ahora mismo estoy más en el paradigma de los derechos culturales que en el de la industria cultural”, afirma. Es su respuesta a la pregunta por las decepciones que, al frente de Nordesía, vivió en estos 30 años. “Quizás la mayor frustración es ver que el dilema entre la dimensión económica y la dimensión social de la música, de la cultura, se inclina hacia lo económico como indicador principal”, dice. Los grandes números -cachés, públicos, conciertos- imponen una lógica perversa, uniformizadora. “Y acaban por arrastrarnos a todos, porque también se imponen en la contratación pública. Si no eres relevante en esos términos, no tienes espacio”, aduce.

Belho cita las investigaciones del periodista catalán Nando Cruz, colaborador de elDiario.es, como reveladoras. Sintetizadas en dos libros, Macrofestivales. El agujero negro de la música (Península, 2023) y Microfestivales y otros festivales posibles (Sílex, 2025), abogan por una reformulación del mapa de la música en directo y una valorización de experiencias al margen o más allá de las citas mastodónticas, insostenibles, con carteles intercambiables y sin ninguna coherencia. “El macrofestival es una tiranía, la explotación del usuario”, considera Belho, “determinado por el efecto FOMO [miedo a perderse algo]”. Contrapone los modelos que Nordesía ha promovido -ImaxinaSons, Sons da Diversidade, Festival dos Abrazos, Cantos na Maré- o promueve, como el Maré. “Buscamos insertarlo en el marco de una ciudad [Santiago de Compostela], que haya una programación diversa, implicada con otros agentes sociales”, defiende. Por los escenarios de su última edición pasaron músicos palestinos o brasileños, mexicanos o andaluces, gallegos o suizos.

“Hay una carrera por el crecimiento constante, una apuesta por la cantidad, que no compartimos. Hay que poner perspectiva, porque sino”, se extiende, “acabaremos con los lugares donde nace la música. Que son los templos de la cultura, alimentados por el poder en sentido amplio, sino los barrios, los pueblos. La música es más que un negocio”.

Talento potencial, déficit de contexto

Y en absoluto estas tres décadas de historia se reducen a una mirada pesimista. Nordesía tiene sus orígenes remotos en el Festival Folk Cidade Vella de Santiago de Compostela, que Belho dirigió entre 1987 y 1995. Fue cuando conoció a Paco de Pin, experto en las áreas técnicas del espectáculo. El último año actuaron Salif Keita, La Vieja Trova Santiaguera, Berrogüetto o Sharon Shannon. “Ya tenía cierta envergadura pero acabó abruptamente”, dice sin ahondar en los motivos. “Pero Paco y yo detectábamos un potencial de talento brutal en la música gallega y un déficit de contexto y capacitación”, señala, “queríamos abrir las músicas de raíz y explorar, desde ellas, una mirada al mundo”. Constituyeron Nordesía.

Los objetivos iniciales no estaban claros. Su “manifiesto poético ideológico” citaba la vanguardia histórica del poeta Manuel Antonio y el Laboratorio de Formas, núcleo teórico del Sargadelos de Díaz Pardo y Luís Seoane. Las intersecciones entre industria, cultura y política. El nombre lo recogieron de una exposición de Antón Reixa, otro poeta y, al frente de Os Resentidos, pionero del rock avanzado en gallego. El proyecto fue adquiriendo forma sobre la marcha. Además de “la proyección al mundo del talento gallego”, la profesionalización del sector fue otra de sus batallas.

“Cuando empezamos, se pagaba en sobres, no había altas y bajas en la Seguridad Social, ni seguros de ningún tipo”, recuerda, “nosotros impulsamos el convenio autonómico de servicios y productoras culturales, creamos la Asociación Galega de Empresas Culturales, fuimos consejeros en la creación de la Axencia Galega das Industrias Culturais (Agadic) durante el gobierno bipartito”. La participación en foros, ferias y encuentros “en los cinco continentes” o la organización de tres ediciones del Womex -uno de los principales mercados de las llamadas músicas del mundo- en Galicia son algunos de los hitos que destaca el propio Belho.

Proliferación espontánea de foliadas

El mundo ha cambiado. Y el mundo de la música, de manera singular en estos 30 años. Belho cita la metamorfosis de los soportes musicales -casetes, vinilos, cedés, Internet- y lo que describe como crecimiento exponencial del tejido creativo y empresarial. “Soy reticente a hablar de industria cultural para el caso gallego, prefiero hablar de tejido cultural”, puntúa, “pero hoy en día hay aspectos de la música popular que están normalizados y creo que es un triunfo”. Se refiere, por ejemplo, a la proliferación espontánea de foliadas y seráns, “algo que sucede de forma natural y orgánica, no siempre sobre un escenario”. La música gallega actual en la que más se fijan en Nordesía bebe, precisamente, de esas fuentes.

Belho no es, sin embargo, adanista. Le entusiasma el éxito de audiencia de propuestas como Tanxugueiras -cantareiras seducidas por los llamados ritmos urbanos- o The Rapants -indie dance cantado en gallego- pero recuerda que ya a finales de los 90, artistas como Carlos Núñez, Berroguetto o Luar Na Lubre -estos aún activos- “llenaban A Quintana [emblemática plaza de la zona vieja de Santiago de Compostela] con entrada de pago”. “Aquellos artistas constituían un verdadero movimiento que trabajaba la riqueza musical, tímbrica y sonora del país”, considera. ¿La diferencia? La mayor visibilidad mediática, el fenómeno de las redes sociales y una comunidad que actúa, contesta. Y aunque alerta de las alarmantes estadísticas que indican cierto retroceso de la lengua gallega, concluye: “Hoy en día la sociedad es más permeable a estímulos culturales propios”.

Por el palco de la Sala Capitol de este sábado, 24 de abril, donde Nordesía celebrará sus 30 años, desfilarán raperos -Lumedoloop-, jazzeros y renovadoras de la canción de raíz popular -A Pedreira & Alejandro Vargas, una de las responsables de la redignificación de la pandereta -Felisa Segade, de Leilía-, gaiteiros escorados al pop -Budiño-, una cantante referente de la recuperación del folclore gallego -Uxía- e incluso habrá presencia africana, mozambiqueña más concretamente -Cheny Wa Gune.