La historia olvidada de los trabajadores que levantaron Ibiza: “Los hijos de los inmigrantes no existimos culturalmente”
Algunas reflexiones salen de las entrañas: “Los hijos de los inmigrantes andaluces en Ibiza no existimos culturalmente”. José Morella Miranda pronuncia la frase desde la terraza del Támesis. Este pub es uno de los seis que se concentran en las cuatro calles que fueron el casco histórico de Sant Antoni de Portmany, la bahía donde desembarcó el turismo en la isla más turística del Mediterráneo. Un tsunami que lo cambió todo en apenas dos décadas. Hasta el nombre de aquel barrio. Los vecinos dejaban su sitio a los veraneantes británicos; sa Raval se convertía en el West End. El mismo título que Morella eligió para el libro que lo convirtió en un “conocido escritor desconocido”.
El mensaje de West End sigue siendo pionero seis años después de su publicación. Cuando Morella se sentó a escribir, se sorprendió de la poca literatura que existía sobre el boom turístico en las Illes Balears. Contada, claro, desde los ojos de quienes dejaron la azada para coger la bandeja: los trabajadores que llegaron desde el tercio sur de la Península Ibérica. Peninsulars para los menorquines, forasters para los mallorquines, murcianos para los ibicencos. Extraños en un paraíso que se acababa de poner de moda. Como su familia materna.
“Si para algo sirve una novela es para dar existencia a las cosas que nombra. Catalunya, por ejemplo, es una sociedad mucho más porosa que cualquier sociedad insular y, allí, los charnegos llevan mucho tiempo narrándose. Además de estrellas de la música, hay novelistas, directores y guionistas de cine, fotógrafos que han utilizado sus obras para explicarse a sí mismos. Aquí, por varias circunstancias, eso no ha empezado a ocurrir hasta hace muy poco. Todavía nos queda mucho para poder escribir algo tan potente como la obra de Brigitte Vasallo. Pero algo que tengo claro es que, si no nos historiamos nosotros mismos, no vendrá alguien de fuera a contar nuestra historia”, dice Morella.
Catalunya es una sociedad mucho más porosa que cualquier sociedad insular y, allí, los charnegos llevan mucho tiempo narrándose. Aquí, por varias circunstancias, eso no ha empezado a ocurrir hasta hace muy poco
El recorrido de West End es rocambolesco y –todavía– no ha terminado. En 2019, ganó el Café Gijón, uno de los premios más prestigiosos y mejor dotados de la literatura española (descontando los que convoca Planeta o Aena); se publicó en una editorial tan interesante como Siruela (El infinito en un junco, La península de las casas vacías...); toda una premio Cervantes como Elena Poniatowska le dedicó un piropo para enmarcar: “Está escrita con sencillez poética, su antisolemnidad es una lección a seguir”; quizás se haya leído más en Francia que en la isla que retrata; acaba de pasar a la final del David Bellos, un premio de traducción al inglés que, en caso de ganarlo, podría abrirle las puertas de los mercados literarios del Reino Unido o Estados Unidos. Pero llegó a las librerías en febrero de 2020. Un desastre a nivel promocional.
–¿Si no la hubiera atropellado el confinamiento, sería un long seller, uno de esos libros que venden de forma constante durante mucho tiempo?
–¡Primero tendría que llegar a ser un seller! [ríe] Pero el frenazo de la pandemia fue difícil de llevar –contesta el escritor– porque una novela es un viajazo. Yo tardo mucho en terminarlas: tengo que estar muy seguro de lo que escribo, soy muy perfeccionista. No sé cuánto habrá vendido, pero me ha dado muchas alegrías y me ha llevado a sitios donde no creía que llegara nunca. Entrar en una librería independiente de un pueblecito de Normandía y ver que ahí hay personas que han leído tu novela y tienen ganas de comentarte qué les ha parecido es algo difícil de explicar.
West End no se pudo presentar en el West End hasta septiembre de 2024. Como ya no quedan librerías en Sant Antoni, la charla se celebró en Los Gatos, una antigua bodega que entonces era la sede de la asociación cultural que organizó el acto. Un político nacional –Juanjo Ferrer, senador pitiuso por una candidatura unitaria de izquierdas– lo moderó, pero ningún político local –en el ayuntamiento y en el Consell Insular gobierna con mayoría absoluta el PP– acudió.
–Claro que me hubiera gustado que alguna de las personas que dirigen o representan la cultura ibicenca se hubiera acercado o me hubiera llamado por teléfono, no te lo voy a negar –dice Morella.
–¿Ignoraron la novela porque no santifica el turismo? El relato oficial describe los años del boom como un período en el que los ibicencos mostraron su lado más hospitalario. Muy rara vez, sin embargo, nombra a los miles de migrantes que llegaron a la isla para levantar la industria turística.
–Veo mucha queja respecto al turismo y mi visión es muy ambivalente. [Hace una pausa] Es muy humana la contradicción de que nos irrite lo que nos da de comer, quejarse del tipo de turismo que tenemos en San Antonio mientras vivimos, indirectamente, de las borracheras y las drogas. La izquierda, cuando es muy de salón, puede sostener posiciones más arriesgadas porque no se juega tanto. Obvio que me asusta el capitalismo voraz. Fui el primer universitario de la familia, al ser el primo mayor, pero luego otros miembros de mi familia han podido estudiar y no viven mejor que sus padres. Desde Barcelona veo cómo para la generación de mis sobrinos, o de mi hermano pequeño, que tiene treinta y tres, la tensión inmobiliaria es brutal. La boca del embudo se hace cada día más estrecha: quien no sea hijo o nieto de personas que hayan podido reunir una cierta cantidad de propiedades tiene que largarse de la isla. Eso es terrible porque no era así. Los nuestros vinieron aquí para sobrevivir, para trabajar, y lo consiguieron. Por eso, West End, aunque cuente cosas muy duras y no edulcore realidades, está escrita desde el cariño, no desde la rabia.
Veo mucha queja respecto al turismo y mi visión es muy ambivalente. [Hace una pausa] Es muy humana la contradicción de que nos irrite lo que nos da de comer, quejarse del tipo de turismo que tenemos en San Antonio mientras vivimos, indirectamente, de las borracheras y las drogas
Una historia de migrantes
Rute, sur de Córdoba. Un otoño de mediados de los sesenta. Una mujer adulta, una chica y un chico alrededor de un hombre maduro. El patriarca tiene cincuenta y largos, pero las faenas del campo lo han envejecido prematuramente. Como a tantos otros jornaleros de aquel pueblo de casas blancas que se recuestan en la serranía Subbética. La esposa y los hijos sueltan encima de la mesa un fajo de billetes. El padre nunca ha visto tantas pesetas juntas. Colapsa. En sólo unos meses currando de sol a sol –hacer camas, servir comidas– en un hotel de la Costa Brava, sus familiares han reunido mucho más dinero de lo que ganaría él deslomándose –varear olivos, recoger aceitunas– durante años. Mientras él se quedaba guardando a la hija y al hijo pequeños, los mayores y su mujer le han adelantado por la izquierda. La suerte está echado. La primavera siguiente, todos se marcharán a Eivissa.
“Esa es una de las historias que, como si fuera una radio que tienes de fondo, le escuché contar a mi madre durante años”, explica Morella. “Para mí, es una escena fundacional, el salto para escapar de la precariedad. Cambia para siempre el destino de mi familia y de cientos de miles de familias en toda España. El San Antonio que conocemos hoy lo construyeron esos hombres y mujeres que llegaron para trabajar en los hoteles, en los bares y restaurantes, en la obra... Un mundo tan diferente que mi abuelo nunca llegó a entenderlo”.
La incomprensión de Nicomedes Miranda hacia el destino al que le habían llevado a la fuerza le dio a su nieto un hilo. Su abuelo era bipolar. La familia de aquel inmigrante cargaba, por tanto, con un tabú, entonces, todavía más silenciado que en la actualidad. Los locos causaban vergüenza. Morella no se conformó con escribir una historia de los suyos. Como ya había hecho en sus novelas anteriores, mezcló lo particular con lo general, la crónica con el ensayo. Al leer West End, digresiones sobre el psicoanálisis de Freud o los inhumanos tratamientos de Vallejo-Nágera permiten al lector entender qué le pasaba a su abuelo y cómo le habían hecho sufrir en los manicomios donde lo internaron cuando en la mili tuvo sus primeros brotes esquizofrénicos. El único tratamiento era la reclusión en el domicilio. Si no se ve, el problema no existe.
Y, luego, están los secundarios con los que el escritor acabó de pintar el paisaje “de un territorio virgen donde todo parecía posible porque, en cierta forma, lo era; luego llegó el capitalismo y lo ordenó. En orden de beneficios, claro”. West End va más allá de las paellas y los bikinis, de las pintas de cerveza y las excursiones en barca, de los taxis que se amontonan a la puerta de garitos transformados en discotecas. Del Mediterráneo feliz cuando calienta el sol. El mito del hedonismo ibicenco aparece sin perfumes ni maquillajes en la novela.
Alcaldes poseídos por la fiebre del oro y entregados al tejemaneje de la especulación. Funcionarios judiciales condenados a no administrar justicia. Cónsules británicos que huyen de una isla que se ha reencarnado en Gomorra. Un buen médico que, aburrido de lucrarse con los partes de lesiones que causan las noches de borrachera, se deja seducir por las pseudociencias. Un gurú holandés que está a punto de convencerlo para que se deje taladrar el cráneo con la promesa de hacerle ver la luz. Los personajes de este fresco tardofranquista estaban basados en hechos reales. Muchos nacían del anecdotario que el padre del novelista traía a casa después de pasar la noche en el retén de la policía local: “Él fue el primer municipal que hubo en el pueblo; hasta esa profesión se la tuvieron que inventar porque, antes del turismo, no hacía falta”.
Un hogar bilingüe
Los Morella no eran del sur español, sino de Tàrrega, Lleida. Otro pueblo de agricultores y ganaderos. De allí se marchó una mujer a principios de los cincuenta para servir en una casa burguesa de Barcelona. A sus dos hijos gemelos los internó en la Llars Mundet. Un hospicio gigantesco en el que se perpetraron abusos de todo tipo, hecho que marcaría de por vida el carácter de Morella padre, que creció y, muy joven, saltó a Eivissa. No le costó adaptarse a la isla. Podía entenderse con los nativos. Utilizaban la misma lengua con acentos diferentes. Toda una ventaja en un microcosmos que se abría al mundo después de siglos de autarquía y autoabastecimiento. El mismo catalán que hablaba aquel policía municipal es el mismo que sigue hablando su hijo mayor, nacido en 1972, fruto de su matrimonio con Carmen, la hija de Nicomedes Miranda. Aquella familia de peninsulares en la que se mezclaban dos lenguas era una anomalía en un pueblo que no dejaba de crecer al calor del turismo.
–Hay un momento en West End en el que acompañas a tu madre a comprar a un comercio y una comadre le reprocha: “Hija, qué poco andaluz es tu hijo”.
–Es que yo fui un niño muy introvertido, todo para adentro. Eso me hacía raro en la cultura que representaba mi madre; donde todo es extroversión, lo raro es querer estar solo para concentrarte en el libro que estás leyendo. Los inmigrantes peninsulares, sobre todo los andaluces, tenían hiper potenciado el recuerdo y las costumbres de su pueblo. Yo he traído de visita a parejas que han flipado. Asociaban Ibiza a todos los tópicos de la fiesta y las discotecas, y al entrar en mi casa se encontraban...
–... un plató de Canal Sur.
–[ríe] Algo así. Tengo una relación ambivalente con los míos porque, como buen clan, abrazan pero ahogan. Respetaron que hiciera preguntas para escribir aquella novela, pero creo que les da cierto pudor aparecer en ella.
Una sociedad segregada
Sant Antoni triplica su población entre 1960 y 1980, de 5.000 a 15.000 habitantes. Los nuevos ibicencos son, en su mayoría, temporeros que echan el paro cuando cierra el hotel, que votan a Felipe o Anguita en las generales, pero no se inmiscuyen demasiado en los asuntos de la política municipal, que sufren con el Betis y el Sevilla, que le rezan a la Virgen del Rocío y no pierden el deje porque nadie les exige que aprendan la lengua de la isla donde ya están echando raíces, abriendo negocios propios, viendo crecer a sus hijos. El empresariado local es quien reclama aquel terremoto demográfico. Hay que cubrir plantillas, dar servicio a los turistas, ir cada verano a más.
Como el retén de policía, los servicios públicos se improvisaron para acoger a los recién llegados. El currículo académico del propio Morella da fe de ello: empezó la Primaria en un colegio y la terminó en otro que se acababa de construir, empezó la Secundaria en un instituto y la acabó en otro que se acababa de construir. Allí coincidirá con profesores y profesoras –de Filosofía, de Historia…– que le hablarán de libros que avivarán el deseo de huir de una tierra donde, aunque la mezcla fuera inevitable, el mestizaje era mínimo. “Cuando, con quince o dieciséis años, sales de casa con 200 pesetas en el bolsillo y tus amigos, que ya viven en una casa con piscina, salen con 2.000, es difícil mantener esas relaciones. A mí me pasó y, de forma inconsciente, dejé de juntarme con algunas personas”, confiesa Morella. Hoy, la renta per cápita es un abismo aún más grande en Sant Antoni, un pedazo fundamental para entender una isla en la que la quinta parte de la población es pobre. Las segundas y terceras generaciones de latinoamericanos y magrebíes ejemplifican una división entre comunidades tan evidente como profunda en un municipio que no ha dejado de expandirse: 28.000 habitantes, 19.000 plazas turísticas legales.
Cuando, con quince o dieciséis años, sales de casa con 200 pesetas en el bolsillo y tus amigos, que ya viven en una casa con piscina, salen con 2.000, es difícil mantener esas relaciones. A mí me pasó y, de forma inconsciente, dejé de juntarme con algunas personas
Dice el escritor:
–Yo vengo de una clase social humilde; una clase en la que todos los pasos ya están trazados previamente; voten a izquierda o derecha, las personas trabajadoras de esa generación son conservadoras: lo poco que tienen hay que conservarlo. Quizás en las otras clases también sea así, pero uno conoce el camino que su entorno le pide explícitamente que recorra. Cuando tenía diecisiete años, mi padre llegó con los papeles para que me fuera a Ávila a la academia de Policía Nacional. El disgusto cuando le dije que no… fue grande. Pero más grande fue cuando, a los diecinueve, comuniqué que me iba a la universidad. “Pues no te doy un duro”. Pude estudiar gracias a las becas de los gobiernos socialistas de entonces y a que echaba el verano currando en un chiringuito de playa. Que estudiara una carrera de letras, que me dedicara a escribir… para mis padres era un riesgo. El riesgo de la pobreza de la que ellos habían huido. Si vienes de una familia de abogados y les dices que quieres dedicarte a escribir, quizás no les haga gracia porque pensarán que vas a ganar mucho menos dinero, pero creo que, al menos, no les sonará a chino. Filósofos como Pierre Bourdieu o Chantal Jaquet explican muy bien cómo, en todas las familias, tiene que haber un tránsfuga de clase. Yo lo he sido en mi familia. Para mí es un triunfo publicar libros y dar clases de escritura, que es de lo que vivo. Quizás, por ello, cuando vengo de visita a San Antonio no puedo escribir una línea. Sólo escucho.
Que estudiara una carrera de letras, que me dedicara a escribir… para mis padres era un riesgo. El riesgo de la pobreza de la que ellos habían huido. Filósofos como Pierre Bourdieu o Chantal Jaquet explican muy bien cómo, en todas las familias, tiene que haber un tránsfuga de clase. Yo lo he sido en mi familia.
–¿Tu padre llegó a leer West End?
–No, murió en 2018, dos años antes de que se publicara. Asuntos propios, mi primera novela [semifinalista del Premio Herralde y publicada por Anagrama], sé que se la leyó y que le gustó, aunque, por supuesto, nunca me dijera nada.
Antes de levantarse y perderse por las calles por las que salía de fiesta con sus amigos en la adolescencia, Morella evocará como uno de los momentos más felices de su infancia las noches de verano en las que su madre, su hermana y él bajaban al paseo de Sant Antoni a comer un cono de patatas fritas esperando que se les uniera su padre si, con suerte, había poco jaleo en el retén. En la fachada del pub están estampados los sellos conmemorativos del Mundial de España. En los altavoces se escuchan los giros de Yes, Sir, I Can Boogie. Vuelve a ser 1982. Por un instante.