Trabajadores hacinados en sótanos y jornadas sin descanso: la historia silenciada del 'boom' turístico en Balears
Balears, años sesenta. Mientras el archipiélago se vende al mundo como paraíso vacacional, cientos de trabajadores sostienen el milagro turístico desde sótanos sin luz, camas compartidas y jornadas interminables. La llegada masiva de mano de obra desde la península y la ausencia de políticas públicas que amortigüen el impacto humano del turismo de masas convierten en norma la precarización laboral, un modelo que, además, dificulta la respuesta colectiva: la temporalidad, los bajos salarios, la falta de contratos estables y la movilidad constante de los trabajadores según la temporada impiden la creación de lazos sólidos y sostenidos en el tiempo. Muchos empleados permanecen en las islas tan solo unos meses al año para regresar al cabo de un tiempo a sus lugares de origen.
“Las condiciones humanas en que se encuentra el empleado de la hostelería son desastrosas. Yo he trabajado en dos famosos hoteles y tanto en uno como en otro las habitaciones del personal eran dos salas grandes ocupadas por 50 personas. Y cuando una ducha funcionaba era una auténtica fiesta”. Es el testimonio de José Humerto, uno de aquellos trabajadores que sufrieron de primera mano la cara oculta del boom turístico en Balears. Su relato, recogido por el escritor Llorenç Capellà, pone voz a una realidad sistemáticamente invisibilizada que no suena tan lejana: la de una plantilla precarizada, sometida a condiciones de vida y trabajo extremas, normalizadas durante décadas como precio inevitable del crecimiento turístico.
Mientras los hoteles promocionaban lujo y modernidad de cara al exterior, en muchos de ellos los trabajadores afrontaban una absoluta falta de intimidad y pésimas condiciones higiénicas. “El alojamiento casi siempre es inhumano, las habitaciones no son adecuadas para alojar a personas, sino para alojar a cerdos. Casi siempre suelen estar instaladas en subterráneos y esto supone que la humedad chorree de las paredes y que las habitaciones incluso se inunden cuando llueve”, relataba Juan López, otro extrabajador de la hostelería, en conversación con Capellà.
El alojamiento casi siempre es inhumano, las habitaciones no son adecuadas para alojar a personas, sino para alojar a cerdos
Los trabajadores que sostuvieron el milagro turístico
La experiencia de estos trabajadores, recordada por el historiador Pere J. Garcia Munar en su libro Obrers i sindicats. De la dictadura a la democràcia. Mallorca, 1968-1981, no fue una excepción, sino parte de un modelo laboral que convirtió el alojamiento y el descanso en un privilegio y que sostuvo durante años el crecimiento acelerado de la industria turística en Mallorca. En su obra, recientemente publicada por Documenta Balear, el investigador explica que la configuración del movimiento obrero en la Mallorca del tardofranquismo estuvo profundamente condicionada por las particularidades del mercado laboral turístico y cómo, a diferencia de otras zonas del Estado, el sindicalismo mallorquín se desarrolló en un contexto de escasa conflictividad inicial, marcado por una fuerte inmigración laboral, una elevada rotación de empleo y la ausencia de grandes concentraciones industriales que facilitaran la organización colectiva.
El historiador, especializado con el movimiento obrero y la transición democrática en Balears, subraya que la nueva clase obrera turística tenía un doble origen: por un lado, mallorquines que abandonaban las tareas tradicionales del campo o de pequeñas industrias para incorporarse a los hoteles; por otro, un contingente creciente de trabajadores procedentes de la península, quienes recalaban en el archipiélago con escasa formación profesional y quienes aceptaban condiciones de trabajo muy duras con la expectativa de mejorar su situación económica, lo que reforzaba la precarización estructural del sector.
La expansión del turismo en Balears no solo transformó la economía insular, sino que alteró de forma profunda la estructura social y laboral de las islas. Desde mediados de los sesenta, la hostelería absorbió a una población trabajadora llegada mayoritariamente de la península, primero de forma estacional y de forma cada vez más permanente después. Sin embargo, las condiciones de vida eran extremadamente duras: precarización, desarraigo, bajos salarios y temporalidad marcaron los inicios de este nuevo proletariado turístico. La enorme demanda de trabajadores que generó el boom turístico se encontró, además, con la ausencia de políticas de vivienda, así como de estructuras sociales y habitacionales preparadas para acogerlos. “Desde Andalucía, Murcia, Castilla-La Mancha, entre otras, llegaban a Mallorca con la esperanza de mejorar su situación, pero las condiciones en el sector turístico no eran nada buenas: horarios muy largos, falta de contratos, salarios bajos, vivienda en el mismo hotel, muchas veces en almacenes o conviviendo en espacios reducidos con un gran número de personas. En muchas ocasiones la comida eran las sobras de los comedores de los hoteles y la higiene tanto de los alojamientos como de los vestuarios era pésima”, subraya Garcia Munar.
Desde Andalucía, Murcia, Castilla-La Mancha, entre otras, llegaban a Mallorca con la esperanza de mejorar su situación, pero las condiciones en el sector turístico no eran nada buenas: horarios muy largos, falta de contratos, salarios bajos, vivienda en el mismo hotel, muchas veces en almacenes o conviviendo en espacios reducidos con un gran número de personas
En declaraciones a elDiario.es, una de aquellas familias, en su caso procedentes del pueblo albaceteño de Villarrobledo, relata su experiencia en un hotel de Ses Figueretes (Eivissa) en el que fue contratada, principalmente en el servicio de camareros de comedor, bar y habitaciones. Uno de sus miembros tenía 12 años cuando comenzó a trabajar como botones. “Los hermanos dormíamos en un cuarto con literas, las hermanas en otra”, recuerdan dos de ellos, quienes señalan que los recepcionistas “tenían más privilegios”. Con todo, aseguran que en ese momento no tenían la sensación de “estar mal”: “Habíamos pasado mucha hambre y en el hotel por los menos nos daban comida y habitación”.
La misma familia recuerda que, precisamente de la misma localidad, cuatro integrantes de otra familia y seis trabajadores viajaban a bordo del Caravelle que, el 7 de enero de 1972, se estrelló en la Serra d'Atalayassa, en Eivissa, mientras iniciaba la maniobra de aterrizaje. En el avión viajaban trabajadores que se desplazaban hacia la mayor de las Pitiüses en busca de trabajo en la hostelería y la construcción, otro de los sectores que se encontraba en plena expansión al calor del boom turístico, necesitado de mano de obra barata y disponible de inmediato.
Debido a las adversas condiciones meteorológicas, la aeronave, que realizaba el vuelo regular 602 entre València y Eivissa, colisionó en Ses Roques Altes, donde, en la actualidad, un altar recuerda a las 104 personas fallecidas en el siniestro, la totalidad de sus ocupantes, muchos de ellos jóvenes que viajaban con contratos verbales, promesas de empleo o expectativas inciertas de labrarse su futuro laboral en la isla. La tragedia dejó al descubierto una realidad poco visible del milagro turístico: la existencia de una migración laboral precarizada, organizada a menudo a través de redes personales y sin apenas garantías, que alimentó durante años el crecimiento acelerado del sector. Su pérdida se convirtió en uno de los episodios más duros del coste humano del modelo turístico.
Ausencia de políticas de vivienda
Los trabajadores que se incorporaron a trabajar en la hostelería balear, primero en Mallorca y progresivamente en el resto de las islas, tenían como marco regulador la Reglamentación de Trabajo de 1944, que obligaba a los hoteles a proporcionar habitación y comida. No obstante, lo que se ofrecía a muchos de ellos eran habitaciones colectivas en sótanos, sin luz natural, junto a maquinarias ruidosas y en condiciones de salubridad deficientes. La manutención, también obligatoria, se organizaba de forma jerárquica. Los hoteles solían disponer de distintos comedores: uno para las categorías superiores, con comida de calidad, y otro -conocido como comedor de la familia- para el resto, donde se servían sobras y alimentos de baja calidad, en ocasiones en condiciones sanitarias dudosas.
En Balears, además, el Plan de Estabilización de 1959 -elaborado por figuras del Opus Dei como Laureano López Rodó- marcó un punto de inflexión decisivo en la historia social y laboral de Mallorca, pero no en un sentido neutral ni beneficioso para la clase trabajadora. Se trata de un instrumento con el que el régimen franquista abandonó definitivamente la autarquía y apostó por una modernización económica subordinada al capital exterior, basada en la liberalización, la apertura al turismo internacional y la atracción de divisas. En el caso de la isla, esta estrategia tuvo un impacto inmediato: aceleró la terciarización de la economía y convirtió el turismo en el eje central del crecimiento, desplazando a gran velocidad la agricultura y las pequeñas industrias tradicionales.
Sin embargo, esta transformación se produjo sin un proyecto social paralelo. Según el historiador David Ginard, la modernización económica iniciada tras el Plan generó empleo, pero también fragmentó a la clase trabajadora y dificultó durante años la articulación de una respuesta sindical sólida en sectores como la hostelería, ignorando las consecuencias laborales y habitacionales de ese modelo. La llegada masiva de mano de obra no fue acompañada de políticas de vivienda, servicios públicos ni regulación efectiva del empleo. El resultado fue una clase trabajadora joven, inmigrante y extremadamente vulnerable, atrapada en empleos temporales y mal remunerados.
Según el historiador David Ginard, la modernización económica iniciada tras el Plan de Estabilización de 1959 generó empleo, pero también fragmentó a la clase trabajadora y dificultó durante años la articulación de una respuesta sindical sólida en sectores como la hostelería, ignorando las consecuencias laborales y habitacionales de ese modelo
“Chabolismo vertical”
Manuela Aroca Mohedano, doctora en Historia Contemporánea, responsable de los proyectos históricos de la Fundación Francisco Largo Caballero y profesora asociada de la Universidad Carlos III de Madrid, lanza otra reflexión: no había chabolismo visible en las calles, pero sí lo que ha definido como “chabolismo vertical”, oculto dentro de los propios hoteles. Además, con un entramado casi inabarcable de categorías profesionales -hasta 192 y más de mil salarios teóricos distintos-, la ley, lejos de proteger a la plantilla, facilitaba el abuso empresarial y hacía imposible el control efectivo de derechos básicos como los descansos o las retribuciones reales. Como explica en su investigación El sindicalismo en la hostelería de Baleares: del franquismo a la democracia, la regulación laboral impulsada en los primeros años de la dictadura franquista creó una estructura profundamente jerarquizada y opaca que, en la práctica, dejaba a miles de trabajadores del turismo sin mecanismos de defensa precisamente en el momento en que el sector se convertía en el motor económico de las islas.
“El régimen franquista estaba muy interesado en el sector turístico -siguiendo otros modelos insulares- y permitía cierta libertad en aras de potenciar el turismo. Para ello se centraba en la regulación de la oferta turística, con el abandono de la aplicación de las normas laborales, lo que propició situaciones límite a finales de los sesenta y primeros de los setenta de sus empleados, especialmente los originarios de la península”, subraya la investigadora.
El régimen franquista estaba muy interesado en el sector turístico -siguiendo otros modelos insulares- y permitía cierta libertad en aras de potenciar el turismo. Para ello se centraba en la regulación de la oferta turística, con el abandono de la aplicación de las normas laborales, lo que propició situaciones límite a finales de los sesenta y primeros de los setenta de sus empleados, especialmente los originarios de la península
La normativa establecía, además, que un mismo trabajador no debía cubrir los tres turnos diarios -desayuno, comida y cena-. Sin embargo, lo habitual era justo lo contrario. La presión del turismo internacional, los vuelos nocturnos y las excursiones obligaban a realizar horarios intempestivos y solapamientos continuos. Como señala Aroca, los días libres y las vacaciones eran también un derecho que se aplicaba de forma discrecional. En muchos casos, el descanso era un privilegio y no un derecho, mientras la temporalidad del empleo impedía, además, cualquier tipo de estabilidad: durante años, muchos trabajadores solo residieron en las islas durante la temporada alta, regresando a sus lugares de origen en invierno.
La respuesta sindical
No fue hasta finales de los sesenta y, sobre todo, durante los primeros setenta cuando comenzaron a aparecer conflictos laborales más visibles, impulsados por pequeños grupos de trabajadores politizados y por la acumulación de agravios en el sector: la combinación de precarización laboral, hacinamiento y ausencia de canales de representación llevó a la industria a una situación límite, lo que motivó la respuesta sindical, aunque de forma tardía y desigual. Durante buena parte de los sesenta, la organización más visible fue la Unión Sindical Obrera (USO), mientras que las CCOO tardaron en arraigar y lo hicieron de manera muy distinta a la del resto del Estado.
En Mallorca, el sindicato no nació como una organización sindical propiamente dicha, sino como una estructura de concienciación político-sindical impulsada por militantes procedentes de distintos ámbitos ideológicos. En palabras de Garcia Munar, CCOO “nació desde arriba”, fruto de una conciencia política previa más que de conflictos laborales de base. La primera comisión se constituyó el 22 de abril de 1968, coincidiendo simbólicamente con el quinto aniversario de la ejecución del comunista Julián Grimau, en un momento en que la movilización obrera en la isla era todavía muy limitada.
El investigador destaca que la terciarización acelerada de la economía mallorquina generó una clase trabajadora muy fragmentada, sin grandes fábricas ni espacios de socialización obrera. A diferencia de otros territorios industriales, en Mallorca no se produjeron grandes aglomeraciones de trabajadores ni barrios obreros consolidados. La socialización se daba de forma dispersa, a menudo dentro de los propios hoteles, donde convivían trabajadores de distintas categorías, pero separados por una rígida jerarquía laboral y salarial.
Garcia Munar destaca que la terciarización acelerada de la economía mallorquina generó una clase trabajadora muy fragmentada, sin grandes fábricas ni espacios de socialización obrera. A diferencia de otros territorios industriales, en Mallorca no se produjeron grandes aglomeraciones de trabajadores ni barrios obreros consolidados
En este contexto, la división extrema en categorías profesionales -más de un centenar en algunos establecimientos- y la convivencia en espacios reducidos dentro de los hoteles reforzaban un clasismo interno que dificultaba la acción colectiva. Como recoge Garcia Munar, no era lo mismo ser recepcionista que camarero o personal de limpieza, ni en salario ni en trato ni en condiciones de alojamiento. Esta fragmentación actuó durante años como un freno a la organización sindical y a la protesta.
El turismo impulsó la prosperidad de la isla, pero a costa de quienes lo sostenían. Tras la imagen de modernidad y bienestar, los historiadores que se han sumergido en la realidad que se escondía tras el boom de los años sesenta y setenta coinciden en señalar que el modelo fue construido sobre el hacinamiento, las jornadas sin fin y la suspensión de los derechos básicos de los trabajadores. Aquella precarización no fue una anomalía, sino una consecuencia estructural del crecimiento, avalada por la legalidad vigente, asumida socialmente y silenciada por el discurso político. Durante décadas, la vida cotidiana de aquellos trabajadores quedó fuera del relato oficial -y triunfal- del desarrollo económico.
1