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Grazalema reabre sus balcones y ventila tras 11 días de silencio, humedad y miedo: “Creíamos que el pueblo se hundía”

Vecinos de Grazalema regresan a sus casas cargando en bolsas de plásticos sus enseres.

Francisco J. Jiménez

Grazalema (Cádiz) —
16 de febrero de 2026 21:02 h

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Catalina apenas puede contener las lágrimas al entrar en su casa. “Yo no me lo termino de creer”, dice. La calle Laguneta del municipio gaditano de Grazalema está como la dejaron hace 11 días, pero el pueblo todavía no ha recobrado la vida. Junto a su marido, Luis, ha estado todo ese tiempo desalojada en Ronda (Málaga), y no se queja de cómo los han tratado, todo lo contrario.

Pero volver a casa era algo muy deseado para ellos y para el resto de los vecinos, que ya este lunes recibieron la luz verde por parte de los técnicos que el pasado 5 de febrero, tras comprobar que la cantidad de agua que dejó la borrasca había penetrado por todos los orificios de la roca kárstica sobre la que se erige Grazalema, ordenaron el desalojo completo del pueblo por riesgo de hidrosismos y corrimientos de tierra.

Los 1.600 vecinos abandonaron, apresurados, sus casas, pensando que el municipio entero podía sucumbir al peso del agua. Que podía desaparecer por completo.

La de este lunes, bajo el sol, ha sido una jornada en la que los grazalemeños han ido volviendo a cuentagotas: unos en coches particulares, otros en taxi y unos cuantos en autobuses. La mayoría ha retornado por la carretera de Gaidovar, ya que el acceso por la A-372 sigue cerrado. A las cuatro de la tarde todavía era una ciudad fantasma. Solo había guardias civiles, policías locales y periodistas. El realojo, tutelado por los agentes, ha empezado poco después de las cuatro de la tarde y ha concluido a las seis.

No se ha producido la marabunta que se podría pensar, a pesar de que más de 1.300 viviendas ya contaban con el visto bueno para ser de nuevo habitadas. “El pueblo huele raro, como a humedad”, decía una vecina que no paraba de saludar caras conocidas en la plaza del Ayuntamiento.

“Por la cabeza nos ha pasado de todo, incluso el apocalipsis. Algunos creían que el pueblo se había hundido y por eso da tanta alegría ver que todo está bien”, comenta Margarita mientras abraza a un familiar al salir del coche.

El regreso ha sido lento. Muchos vecinos no entraban directamente en sus casas, primero se detenían en la puerta, observaban fachadas y ventanas y respiraban antes de girar la llave. Después llegaba el gesto repetido en todo el pueblo: abrir balcones y ventilar once días de silencio, de humedad acumulada y de incertidumbre.

Juan ha pasado este tiempo fuera, en un pequeño piso familiar. “Hemos estado bien dentro de lo que cabe, pero echábamos de menos esto, porque esto es nuestro pueblo”, explica mientras mira su calle como si comprobara que sigue siendo la misma. Durante los días de desalojo la preocupación fue creciendo. “Cuando te dicen que te vayas y pasan once días sin volver, piensas que ha pasado algo raro. Mucha gente imaginó lo peor. Pero ahora lo que ves es alegría. Sonrisas, abrazos… volver a la rutina era lo que queríamos todos”.

La escena se repite en cada esquina. Saludos largos, conversaciones interrumpidas por otro vecino que también quiere preguntar cómo está todo. Nadie habla primero de daños, sino de personas. El alivio precede a cualquier balance.

También regresan los negocios. Francisco sube la persiana del bar El Copeo y la luz entra sobre la barra todavía vacía. “Vuelve el negocio y a ver qué nos encontramos. No sé cuánto hemos perdido en estos días fuera, pero una cantidad alta. Espero que pronto se le quite el miedo a la gente y vuelvan a visitarnos como antes”. Pero incluso este día ya se veían turistas sin el menor atisbo de algo parecido a miedo. Durante los primeros días de la borrasca, con Andalucía en alerta roja, prácticamente todos los accesos por carretera a Grazalema estuvieron cortados.

La memoria del lugar relativiza la sorpresa. Un vecino veterano recuerda historias heredadas: “Ya pasó en el año 63, mi padre lo contaba. Cuando dicen que hay que irse, hay que hacerlo. Vivimos encima de una piedra”. La frase se repite entre los mayores como explicación sencilla de la convivencia con la sierra: el terreno sostiene, pero también obliga a marcharse cuando se satura.

No todos han podido volver. En la calle Corrales Terceros permanecen viviendas precintadas y algunos vecinos solo han regresado para recoger objetos personales. La normalidad, para ellos, tardará más en llegar. En otras casas falta la electricidad durante las primeras horas y técnicos municipales revisan contadores para restablecer el suministro antes de la noche.

Antes del desalojo completo de los vecinos, el agua brotaba masivamente de la tierra -incapaz de absorber tal cantidad- salía de los azulejos del suelo de las casas, manaba de los agujeros de los enchufes, se filtraba por las paredes, y los dueños tenían que agujerear los muros a martillazos para que no se desplomaran del peso...

Vecinos de Grazalema regresan a sus casas tras once días desalojados por el temporal.

El propio Ayuntamiento también sufrió daños en su planta baja por las inundaciones y habilitará dependencias alternativas mientras se reparan los espacios afectados. En la fachada cuelgan dos pancartas: “bienvenidos a casa” y “gracias por vuestra ayuda”, un mensaje sencillo que resume once días de acogida fuera del municipio.

Al caer la tarde vuelven los sonidos cotidianos: escobas arrastrando barro seco, puertas que se abren y se cierran, televisores encendiéndose al mismo tiempo. No hay celebración ni euforia, sino algo más contenido. La tranquilidad de comprobar que la vida sigue donde se dejó.

Catalina termina de ordenar el salón y vuelve a mirar su casa. “Está igual”, dice, todavía sorprendida. En Grazalema el acontecimiento extraordinario del día no es la catástrofe ni el regreso, sino recuperar la rutina. Después de once días desalojados, quedarse vuelve a ser lo importante.

La Guardia Civil mantiene un refuerzo de vigilancia en Grazalema tras el regreso de la práctica totalidad de los vecinos a sus domicilios, con un dispositivo especial para la zona en la que no se ha podido realizar la vuelta de los residentes. Este lunes, los agentes acompañaron y atendieron a los vecinos de la localidad. Solo han quedado fuera de Grazalema una docena de familias que por sus circunstancias particulares han decidido permanecer fuera hasta que puedan organizar su traslado.

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