Sergio Hojman, arquitecto y escritor: “Buenos Aires ha sobrevivido a cosas peores que Milei”

Sergio Hojman en el Petit Colón, uno de los bares notables de Buenos Aires.

Alejandro Luque

Sevilla —
14 de febrero de 2026 20:53 h

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Pocas ciudades tan literarias como Buenos Aires: desde Borges a Roberto Arlt, pasando por Julio Cortázar, Ernesto Sabato, Mújica Láinez y tantos otros, la capital argentina ha sido retratada desde múltiples ángulos a lo largo de su historia. Ahora, Sergio Hojman, porteño de 1952, arquitecto de profesión, exiliado en España en los años 70 y afincado en Sevilla, ha querido aportar su propia visión en una Guía sentimental de Buenos Aires que acaba de ver la luz en la editorial Renacimiento, y en la que la subjetividad –asegura él mismo– es primordial.

“Llevo bastantes años escribiendo, tengo un par de novelas terminadas, un relato del periplo de mi familia desde Ucrania hasta su exilio argentino… Pero este libro lo escribí a instancias de mi mujer”, recuerda. “Ella siempre me oía contar historias de Buenos Aires, hasta que un día me dijo: ¿por qué no escribes todo eso? Así empezó, con un deseo de contar la ciudad que conocí, la de mi infancia y juventud. Todo lo que cuento está impregnado de mis experiencias”.

Hojman, que además es padre de la cineasta Laura Hojman, señala que no ha escrito una guía al uso, ni extensible a la totalidad de una ciudad “de por sí inabarcable”. Pero sí explora el autor un amplio territorio de su memoria que comienza, como la propia vida de Buenos Aires, en el Río de la Plata. “Me sirve para explicar que somos un país de inmigrantes, puesto que originariamente apenas tenía población: tenía solo siete millones de habitantes. Luego llega un aluvión inmigratorio y toda esa gente entra desde el Río de la Plata y pasa por nuestra particular isla de Ellis, que fue el Hotel de Inmigrantes”, evoca. “Allí se les daba alojamiento durante unos días, comida y un sitio donde dormir, y luego se le ofrecían posibilidades de trabajo y se los distribuía por todo el país. Todo inmigrante que llegó a la Argentina pasó por aquel hotel”.

El Palermo de Borges

Fue el caso de los abuelos maternos de Hojman, “que llegaron con mi tía y con mi madre, que tenía cinco años de edad. Cuento la historia a partir de su peripecia. De esa manera introduzco al lector, a partir de una historia personal, en algo que fue común a mucha gente. Es un ejemplo de cómo está armado el libro: llegar a lo general a partir de lo particular”.

También aparece, como no podía ser de otro modo, el barrio donde creció Palermo, “el mismo de Borges”, subraya. “No solamente lo menciono, sino que introduzco algún texto donde Borges lo describe con esa precisión tan suya. Uno entiende perfectamente cómo era el barrio antiguo leyendo a Borges, porque ese Palermo era realmente el límite norte de la ciudad. A partir de ahí se llegaba a una zona de casas, de almacenes, de chozas: un espacio de transición entre la ciudad y el campo. Hablo mucho de ese barrio, de sus transformaciones, de lo que es hoy, que no tiene nada que ver con el barrio que yo conocí en mi infancia. Se ha ido transformando en un barrio donde se alternan espacios residenciales y comerciales, de todo tipo, hasta convertirse en una especie de centro comercial abierto”.

En esta línea, Hojman se muestra muy crítico en algunos aspectos de la evolución de la ciudad, llegando incluso a hablar de “destrucción de Buenos Aires, algo que no es nuevo y que lleva muchísimos años ocurriendo. Es una ciudad que no cuida su patrimonio urbanístico ni arquitectónico, sino que lo destruye”, lamenta. “Eso continúa y se genera a partir de una relación perversa entre el poder político, el poder judicial y el poder económico. La ciudad va perdiendo patrimonio de manera constante. No tiene espacios libres para crecer y, por lo tanto, la única posibilidad es crecer hacia arriba. Así aparecen torres de veinticinco plantas en barrios tranquilos de casas bajas, alterando completamente el skyline, las relaciones vecinales y un modo de vida tradicional”.

El caballo de Atila

Tampoco se muestra condescendiente con Puerto Madero y con su génesis. “El lector no va a encontrar una visión amable en muchos aspectos, sino una mirada crítica que yo entiendo como real: una ciudad llena de contradicciones, con cosas magníficas y con otras que no lo son”. Pero también habla de una ciudad resiliente a todo tipo de abusos y saqueos. “Buenos Aires es un poco como sus habitantes, una ciudad de supervivientes. Ha sobrevivido a dictaduras, a genocidios, a crisis económicas brutales. El modo de ser de los porteños influye y, a la vez, ha sido influido por todo eso. Yo creo que también va a sobrevivir a Milei. El problema es el daño que se produce antes de pasar al basurero de la historia. Dejan una impronta muy negativa, como el caballo de Atila”.

Abundando en este aspecto, Hojman asegura que “todo deja cicatrices. La dictadura dejó las suyas y están ahí. Como en las personas, las ciudades no pasan impunemente por la historia. San Telmo, por ejemplo, fue literalmente perforado por autopistas construidas por la dictadura para control militar. Esas son marcas que no desaparecen. Buenos Aires carece de la armonía urbanística de ciudades como París o Londres. Aquí conviven torres altísimas con casas bajas, zonas destruidas, asimetrías. Todo eso se puede leer en la ciudad. Un ejemplo es la Reserva Ecológica. Es un espacio de paseo que surgió a partir de los escombros de casas demolidas por la dictadura, arrojados al Río de la Plata. Con el tiempo crecieron árboles, llegaron pájaros y se transformó en un espacio maravilloso. De algo nefasto surgió algo mágico. Esa es Buenos Aires”.

A propósito de la mención a París, cabe preguntarle al autor si alguna vez la ciudad mereció el apodo de la París de América. “Soñó con serlo a principios del siglo XX, cuando tuvo una renta per cápita muy alta”, dice. “De esa época queda una arquitectura fantástica. Es un museo de arquitectura al aire libre. Pero fue un sueño basado en una economía agroexportadora sin una política industrial sólida. Hubo un intento de industria nacional en los años de Perón, que se destruyó con la dictadura del 76 al abrir las importaciones. Fue el canto del cisne de una industria que podría haberse consolidado”.

Tangos de ayer y hoy

“A pesar de todo”, agrega Hojman, “Buenos Aires sigue siendo una ciudad entusiasmante. Atrapa por su teatro —probablemente el mejor en lengua castellana—, por sus librerías, por su público culto, por sus cafés. Los cafés de Buenos Aires son una experiencia en sí mismos. El porteño se sienta, lee, escribe, mira pasar el mundo. El camarero no molesta. Y cuando pides un café, te traen agua, una galleta, chocolate, distintos tipos de azúcar”.

El arquitecto y escritor sonríe al comentar otros aspectos de la ciudad, como “esa agresividad al conducir, por ejemplo, forma parte de un modo de ser. Tal vez una herencia italiana, porque en Roma se conduce igual. Somos un país con mucha influencia italiana, para lo bueno y para lo malo. Se nota en el aire, en el tango, cuyos grandes apellidos son italianos”.

La mención al tango, que también tiene su protagonismo en el libro, le ilumina el rostro. “Cuando yo era una adolescente, en mi casa se escuchaba mucho tango, mis padres lo bailaban… Pero era la música de mis padres, me sonaba antigua, de otra generación. De repente, apareció una cantante, Susana Rinaldi, que para mí fue una revelación. Ella empezó a decir el tango de una manera absolutamente diferente. Le quitó solemnidad, impostación, lo transformó en poesía. Me enamoré de ella y me enamoré del tango, me ha acompañado toda mi vida. Yo voy por la calle, en Buenos Aires o en Sevilla, y voy silbando tangos”.

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