Un eclipse sin promoción turística en las islas que duplican su población en verano

Un hombre –canoso– y un niño –rubio– elevan la mirada al cielo. Unas gafas –cuadradas, plateadas, futuristas– les protegen los ojos. Es fácil tropezar con esta simulación de padre e hijo paseando por las calles de Palma. La pareja está enmarcada en un mupi, esos rectángulos que brotan en el centro de las ciudades para colocar publicidad. En el cartel se lee: Eclipsi segur. Evita els riscos greus d’observar l’eclipsi solar, eclipse seguro, evita los riesgos graves de observar el eclipse solar. Debajo, una lista de recordatorios; entre los que figura el si bebes no conduzcas –ni pilotes un barco– o la prohibición de encender hogueras en verano. Abajo del todo, dos escudos: el del Govern y el del Ajuntament de Palma.

Es un llamamiento a la responsabilidad colectiva de cara al –insólito– acontecimiento que también podrá contemplarse desde Menorca, Mallorca, Eivissa y Formentera. Las cuatro islas se sitúan justo en el límite de la franja de observación de un eclipse total que cae en la semana más caliente del verano. El 12 de agosto ejemplifica el síncope demográfico de uno de los archipiélagos más turistificados del planeta. La causa es la población flotante. Según los datos publicados en el índice de presión humana del Institut Balear d’Estadística (Ibestat), más de dos millones de personas coincidieron desde el 18 de julio hasta el 23 de agosto de 2025 en unos territorios que rozan los 5.000 kilómetros cuadrados y cuentan con un censo de 1,2 millones de habitantes.

Esta anomalía demográfica fue una de las fuerzas invisibles que movieron la manifestación –25.000 personas, según la Policía Nacional; 70.000, según los convocantes– que recorrió la capital balear el pasado domingo. Irónicamente, la marcha pasó junto a varios de los carteles que piden sentido común ante un eclipse que –casi– todas las instituciones públicas de la comunidad autónoma decidieron durante los últimos meses no promocionar como un reclamo extra.

Por contra, los gobiernos –autonómico e insulares, todos bajo el mando del Partido Popular– se están volcando en delimitar 26 zonas seguras de observación, aplicar cortes de carretera (desde las tres de la tarde a las nueve de la noche, y podrían adelantarse) en los accesos a espacios de alto valor natural y preparar un gran operativo antiincendios: 161 bomberos forestales. “Un dispositivo sin precedentes”, en palabras de Joan Simonet, conseller de Medi Natural. Incluso, el Govern ha convertido en oficial una aplicación desarrollada por la asociación AstroMallorca para divulgar todos los detalles a tener en cuenta sobre el fenómeno. Unas medidas que, según el GOB, son “muy parecidas” a las que esta organización ambientalista –con una influencia que se remonta a la década de los setenta– “hubiera exigido” en caso de no haberse anunciado. El temor a un colapso es palpable.

El Govern apuesta por la prudencia

–El 12 de agosto ya tenemos un nivel de saturación… estamos en los niveles máximos de ocupación de las islas. Igual en otras zonas de España, el eclipse es un elemento de tracción para economías rurales (pienso en algunas comarcas de Galicia, en Castilla y León, Guadalajara…), pero, para nosotros, no. A Baleares la gente viene con eclipse o sin eclipse; es un elemento colateral y, teniendo en cuenta el estrés de nuestro sistema, se decidió no promocionarlo.

Al otro lado del teléfono no está el arquitecto de las políticas turísticas del Govern, sino su mayor experto en cuestiones de seguridad ciudadana. Pablo Gárriz Galván se doctoró en Seguridad Ciudadana y Derecho Global por la Autònoma de Barcelona –cum laude– durante su última etapa al frente del 112, el Servei Balear d’Emergències, en Eivissa, donde trabajó entre 2004 y 2023. Entonces, se marchó un año a Madrid para asesorar al Ministerio de Defensa –es militar de carrera– antes de regresar a las Illes Balears: Marga Prohens lo nombró director general d’Emergències. Un cargo que lo ha convertido en un rostro habitual en la prensa durante las últimas semanas. Gárriz no ha dejado de reunirse con alcaldes, consellers o representantes de patronales y entidades ecologistas en busca de colaboración para vivir –como solicitan los carteles– un eclipse seguro.

–¿La población flotante es un elemento de riesgo, director? El 12 de agosto podría haber un 40% más de la población censada en las Illes Balears.

–Ese hecho nos genera la misma situación de tensión que vivimos cada año en el pico de la temporada. La estacionalidad condiciona el funcionamiento de nuestros servicios y la gestión de los riesgos. El sistema ya está tensionado. El añadido está en la incertidumbre de no saber dónde va a ir la gente. La realidad que tenemos es que hay muchos puntos desde donde ver el eclipse. ¿Por qué no hay puntos de observación oficiales en la Serra de Tramuntana? Porque, con el riesgo evidente de incendio que sufrimos, tener bolsas de concentración de personas con rutas de difícil acceso y evacuación es lo que queremos evitar a toda costa.

El sistema ya está tensionado. El añadido está en la incertidumbre de no saber dónde va a ir la gente. ¿Por qué no hay puntos de observación oficiales en la Serra de Tramuntana? Porque, con el riesgo evidente de incendio que sufrimos, tener bolsas de concentración de personas con rutas de difícil acceso y evacuación es lo que queremos evitar a toda costa

–¿Y podemos estar tranquilos?

–Lo que estamos haciendo es aplicar los protocolos y normativas en seguridad pública y protección civil que ya existen. No hemos creado estructuras paralelas o nuevas, sino que estamos utilizando los centros de coordinación operativa desde que los que gestionamos, por ejemplo, los riesgos que son previsibles. Como una DANA, por ejemplo. Y estamos trabajando codo con codo junto a otras administraciones con las que hay competencias cruzadas; como la Delegación del Gobierno. Se trata de encontrar un equilibrio entre las libertades individuales y la seguridad colectiva. Creo que la única clave es informar, informar, informar…

La prudencia se ha convertido en un mantra para los altos cargos del PP. Juan Miguel Costa, director insular de Turisme del Consell d’Eivissa –una isla que duplica su presión humana en el meollo de la temporada: de 160.000 a 320.000 personas– insiste en la misma idea: “No podemos controlar ni el número de vuelos ni lo cargados que irán, pero creo que no hacer promoción algo aportará. Si hubiera caído en otras fechas, sí que se habría promocionado de forma específica por la voluntad que tenemos de repartir el turismo a lo largo del año, pero, a mediados de agosto, juntándose la gente que quiera ver el eclipse con la que esté viendo la puesta de sol… lo más sensato es que todo lo que ocurra sea en espacios controlados”.

Si hubiera caído en otras fechas, sí que se habría promocionado de forma específica por la voluntad que tenemos de repartir el turismo a lo largo del año, pero, a mediados de agosto, juntándose la gente que quiera ver el eclipse con la que esté viendo la puesta de sol… lo más sensato es que todo lo que ocurra sea en espacios controlados

Más turistas, más pobreza

Las Illes Balears concentran en la actualidad la quinta parte del turismo español. 19 millones de visitantes en 2025. Ocho millones más de los que recibieron en 2015. Cifras que algunos expertos relacionan directamente con la caída del PIB per cápita y, por tanto, con el hartazgo de una parte de la población. Una de estas voces es la de Guillem López Casasnovas: menorquín, veterano economista y asesor en diferentes organismos locales, nacionales e internacionales. Su última llamada de atención es el Informe Fènix, un estudio en el que López Casasnovas y otros cinco autores alertan de que el crecimiento económico de las islas empobrece a la mayoría de los isleños.

La imagen más cruda de esa doble realidad puede verse esta semana en la Plaça de l’Hospital de Palma. En el patio de La Misericòrdia se celebran conciertos y se proyectan películas durante el Atlàntida, el festival de cine que organiza Filmin. A las puertas de este complejo –que, como su nombre indica, antes de centro cultural fue casa de beneficencia– decenas de personas se cubrían con cartones y plásticos para pasar la noche. Su cama, el muro de piedra de La Misericòrdia. El martes, al otro lado de unos muros construidos por los jesuitas entre los siglos XVI y XIX, Nacho Vegas hizo una pausa entre canción y canción. Terminó Fíu y, mientras sonaban los primeros acordes de Cómo hacer crac, el asturiano condenó las “agresiones” de los antidisturbios de la Policía Nacional contra algunos participantes de la marcha que pidió el fin de la masificación. Buena parte del público aplaudió con ganas. Algunos, hasta levantaron el puño. En las Illes Balears, el turismo ha dejado de ser un ídolo sagrado.

–Creo que el eclipse –reflexiona por teléfono López Casasnovas, que vive en Barcelona, pero está de visita en su Ciutadella natal– es otra burbuja que hemos inflado entre todos. Parece que quien no lo vea será un desgraciado. O, incluso [en el caso del poniente menorquín], si no lo puedes ver desde el Pont d’en Gil y tienes que ir a Cala Blanca, serás un desgraciado igual. Ese pensamiento colectivo nos hace perder el oremus porque conduce a la exclusividad, a quien lo pueda pagar, cuando el eclipse, salvo que seas amante, de verdad, de la astrofísica, te tendría que dar casi lo mismo.

–¿Y qué le parece, profesor, la decisión de los consells insulares de no hacer promoción turística del eclipse?

–Creo que es, simplemente, una limpieza de imagen, que forma parte de un paquete [de medidas de contención] que empezaba a flaquear. El eclipse le ha dado una vida nueva y ha servido como excusa para incluir en la cesta pública (que va a cargo del contribuyente) una necesidad nueva.

Observar el eclipse: el privilegio de una élite

Desde la Federación Empresarial y Hotelera de Mallorca no consideran que el eclipse atraiga “más turismo” a la isla en unas fechas donde la afluencia ya es máxima. Desde la Confederación de Asociaciones Empresariales de Baleares, la promoción era “superflua”, aplauden la decisión de no hacerla y, aunque entienden que algunos negocios pueden aprovecharse de “su renta de situación” (es decir, su ventaja geográfica: estar en el lugar y momento indicados), piden que el eclipse se viva “ateniéndose a la legalidad y sin grandes escandaleras”.

Algo de runrún sí existe. Fiestas en discotecas –y party boats– con temática solar o paquetes de noches de hotel con vistas a poniente. En internet es fácil rastrear los anuncios que invitan a celebrar –en el sentido literal de la palabra– un acontecimiento que no se podía observar en las Illes Balears desde 1905. Cuando las vacaciones no eran un derecho constitucional, sino el privilegio de una clase privilegiada. En el manual del buen burgués, el veraneo era un must. Para los proletarios, una promesa irrealizable. Esa es la melodía que resuena en la cabeza de Macià Blázquez Salom –catedrático de Geografía y uno de los analistas más incisivos a la hora de interpretar la masificación que sufren las Illes Balears– cuando valora la gestión del eclipse: “La contención que proponen las instituciones, comenzando por el Govern, liga con la deriva hacia la elitización del turismo balear; casa muy bien, por tanto, con la escalada de precios”.

La contención que proponen las instituciones, comenzando por el Govern, liga con la deriva hacia la elitización del turismo balear; casa muy bien, por tanto, con la escalada de precios

El geógrafo Blázquez no niega lo evidente: la estacionalidad “es un sobrecoste” en muchos frentes: “Tamaño de los aeropuertos, provisión eléctrica e hídrica, recogida e incineración de basuras…” Porque, “cOmo subrayó” recientemente la asociación “Terraferida, la presión humana que soportaban las Illes Balears en verano de 1997, cuando empezaron a recogerse estos datos, es la misma que tenemos actualmente en invierno; es decir, el agosto de hace casi treinta años fue como el enero de 2025”. Una curva que, en versión animada, va haciéndose más alta año tras año. Con la excepción de la pandemia (2020 y 2021), claro. Entre los especialistas que la estudian es común referirse a ella como “el gráfico del suflé”.

El tope está en 2.080.731 personas, 8 de agosto de 2025. Aunque Blázquez entiende que el eclipse puede suponer un nuevo “récord histórico” insiste en que “es un momento perfecto para observar cómo las clases dirigentes asumen que las islas tienen que ser más exclusivas”. Un punto que le lleva a chocar “con algunos colegas biólogos”: “El decrecimiento que se propone es injusto porque sólo afecta a quien no pueda pagarlo. Si puedes gastarte miles de euros podrás disfrutar del fenómeno desde un hotel de cinco estrellas o una mansión del Port de Sóller, pero si eres un simple residente no podrás subir a la Serra de Tramuntana porque las carreteras estarán cortadas. Es la misma lógica que ha llevado a las familias Entrecanales o March a cerrar los caminos que pasan por sus fincas. El cabrum, como llamamos en Mallorca a la masa, estorba. Quien llega en jet privado o navega en un yate de lujo, no”.

Como explica Raquel Vaquer-Sunyer –de Felanitx, en el Llevant de Mallorca, la zona de la isla desde donde no será posible ver el eclipse sobre el Mediterráneo, doctora en Ciencias del Mar y coordinadora del Informe Mar Balear–, el turista VIP podría causar “graves daños a las praderas de posidonia” el 12 de agosto: “El fondeo masivo de embarcaciones provocará el desprendimiento de sedimentos por los anclajes masivos y aumentará el riesgo de vertidos de aguas negras, aceites, combustible… Muchas embarcaciones de chárter no tienen sus sentinas como toca y se vierten directamente al mar. Tampoco podemos olvidarnos de la contaminación acústica o del riesgo –que aumentará– de accidentes: las Pitiüses son un ejemplo de los incendios que se producen a bordo como consecuencia del tráfico masivo de barcos entre las dos islas. La mayor parte de problemas que afrontan los ecosistemas terrestres y marítimos se deben a la extraordinaria presión humana que recibimos. Veremos cómo responden ante un acontecimiento extraordinario como el eclipse”.

El fondeo masivo de embarcaciones provocará el desprendimiento de sedimentos por los anclajes masivos y aumentará el riesgo de vertidos de aguas negras, aceites, combustible… Veremos cómo responden los ecosistemas ante un acontecimiento extraordinario como el eclipse

Formentera, destino astronómico

Y, luego, está Formentera. La más pequeña del archipiélago –como en tantas otras cosas– juega aparte. Su Consell Insular sí decidió ofrecerse como el escenario ideal para observar el eclipse. Poca contaminación lumínica y –si la calima lo permite– cielo despejado en mitad del mar de lágrimas de San Lorenzo. “La campaña Formentera mira al cel es una apuesta clara por diversificar nuestra oferta turística desde el respeto al territorio y aprovechando un recurso natural único como es la calidad de nuestro cielo nocturno”, argumentó Artal Mayans en la pasada edición de Fitur. El conseller de Turisme presumía del certificado que la Fundación Starlight concedió a Formentera en 2023. Un reconocimiento que puede impulsar el astroturismo en la isla.

“Nos sentimos muy orgullosos de estar en la única isla que ha hecho promoción porque creemos que puede ser un buen impulso para la divulgación que hacemos los aficionados a la astronomía que vivimos aquí. Formentera es ideal para la observación astronómica. En octubre ya tuvimos la primera reunión con los políticos y les avisamos: preparaos porque va a ser histórico. Creo que lo han hecho. Nos han escuchado, han comprado gafas homologadas para repartirlas, y pienso que la zona de observación que han habilitado, en es Cap, con capacidad sólo para quinientas personas, va a funcionar muy bien: en una isla tan pequeña es fácil regular el tráfico de personas porque sólo hay dos carreteras. En su momento hubo un proyecto para habilitar un observatorio en una casa abandonada de la Mola y soñamos con recuperarlo”, dice Jordi Alemany, presidente de la Associació Astronòmica de Formentera.

Nos sentimos muy orgullosos de estar en la única isla que ha hecho promoción porque creemos que puede ser un buen impulso para la divulgación que hacemos los aficionados a la astronomía que vivimos aquí. Formentera es ideal para la observación astronómica

Este arquitecto catalán fue uno de los socios que montaron, en 2019, un colectivo donde lo más parecido a un experto en satélites, planetas y estrellas era Carles Batlle: el actual vicepresidente de la asociación imparte clases de Física en el instituto público de la isla. Dentro de dos semanas, plantarán sus telescopios –“autofinanciados”– junto al faro de Barbaria y disfrutarán del desorden cósmico. Anochecerá antes del atardecer cuando la Luna –a 384.000 kilómetros de distancia– tape al Sol –a 150 millones de kilómetros de distancia–: mucho más cerca –entre el sur de Formentera y Marratxí, en la periferia de Palma, donde está el puesto de mando del 112 hay 184 kilómetros en línea recta– comenzarán unas horas muy largas para Pablo Gárriz, el director general de Emergències:

–No sé si soy la persona que más ganas tiene en Baleares de que llegue el 13 de agosto, pero sí una de las más preocupadas en que salga todo bien, de que demos una buena respuesta como sociedad para que todo el mundo disfrute del eclipse. Yo, claro, no podré verlo.