El 'Scalextric' ilegal de Jaume Matas que arrasó media finca de un militante comunista: “Nos tenían rabia”
Can Malalt está partida. Pero no por un muro que se pudiera tumbar algún día. Lo que divide a esta finca del sur de Eivissa es una autovía que desde el aire parece una trinchera. La zanja de asfalto y cemento mide 30 metros de ancho y ocho de profundidad. De abajo brota una vibración que no cesa. El zumbido de los tubos de escape rebota contra las paredes, se amplifica, invade cada palmo de la tierra de siembra que pisa Antoni Planells Tur. Como le ocurre a tantos ibicencos, a este agricultor le conocen por el nombre de la casa en la que nació. Toni Malalt apoya su mano derecha en la valla metálica. Mira a lo lejos la parte de su terreno a la que no puede llegar sin dar un gran rodeo cruzando un puente. Más que resignación, en su voz hay estoicismo cuando dice:
–Si estás por aquí todo el día te acabas acostumbrando al ruido. Mi mujer y yo pudimos pedir unos paneles de esos que amortiguan el sonido y, aunque no nos hubieran costado un duro, no lo hicimos. Y menos mal. Ahora me sentiría enjaulado. Lo que me sigue pareciendo una locura es que este agujero se inunde cada vez que cae una tormenta fuerte y tengan que cortar el tráfico. La última vez, en octubre, el agua subió unos cuantos metros. Había de todo flotando ahí. Una piscina.
Hace 20 años, Toni Malalt era uno de los 700 propietarios a los que la Conselleria d’Obres Públiques del Govern balear expropió suelo. ¿El motivo? Desdoblar las dos carreteras ibicencas que más tráfico soportaban. La reforma terminaría costando 600 millones de euros. Casi cuatro veces más de lo presupuestado. La factura se paga todavía a través del peaje en la sombra. Cuanto más se circula, más aumenta el dinero público a desembolsar. Aquel Scalextric trufado de túneles, rotondas y pasos a distinto nivel fue uno de los proyectos estrella del segundo mandato de Jaume Matas –2003-2007: Palma Arena, Nóos, el palacete de Can Sales…– y, también, la chispa que encendió una protesta insólita en Eivissa. Más que una isla, un reducto –según los historiadores que lo han investigado– del caciquismo que mandaba en la España de finales del siglo XIX.
Antidisturbios y expedientes sin firmar
En una época donde los renders en 3D eran mucho más básicos resultaba difícil imaginarse en qué podría convertirse una obra que el Govern balear anunció como “una mejora viaria”. Hasta que las excavadoras comenzaron a trazar sobre el mapa las líneas que figuraban en los planos. Entonces, comenzó la movilización ciudadana. Para sofocarla, un ejecutivo autonómico del PP pidió a un gobierno central del PSOE que enviara antidisturbios a Eivissa. Habían ardido dos máquinas, la cosa podía ponerse fea. El 21 de febrero de 2006, ochenta guardias civiles –cascos, chalecos, escudos y porras– disolvieron a las 200 personas concentradas en Can Malalt para evitar que las palas mecánicas hollaran la finca. El cordón humano fracasó y las cámaras de televisión grabaron las patadas que un agente le pegó a un manifestante.
Nadie pudo frenar la obra, pero las viviendas y el invernadero de Can Malalt se mantienen en pie. Hubo dos episodios clave. El primero sucedió un mes después de que 22.000 personas se manifestaran en las calles de Vila –la capital insular– contra las autovías. El 26 de marzo de 2006 y rodeado por un grupo de activistas, Toni Malalt leyó en voz alta el auto del juez Santiago Pinsach –titular del Juzgado de Instrucción número 4 de Eivissa– que suspendía los trabajos que estaban arrasando las parcelas de los hermanos Planells. E instaba a Ramon Socías –el socialista que dirigía la Delegación del Gobierno en las Illes Balears– a “no auxiliar” con la Guardia Civil al Govern balear, “la Administración expropiante”. ¿Por qué? La unión temporal de empresas que había ganado el concurso público para construir la autovía del aeropuerto –Accesos Ibiza– entregó una notificación con el membrete de la Conselleria d’Obres Públiques. Un documento sin firma. El magistrado Pinsach entendía que el trámite no se había notificado como correspondía a los afectados. Salvada la bola de partido, en Can Malalt se descorcharon botellas para brindar con cava.
“Tanto mi hermano Pep y yo, como otras personas, tuvimos muy buenos abogados –explica Toni Malalt–, profesionales como Pep Costa que se ofrecieron a colaborar todas las familias perjudicadas por las expropiaciones. Desinteresadamente. Diseñamos una estrategia de defensa en la que nos comprometimos, por ejemplo, a declarar en ibicenco durante las visitas al juzgado. Como no encontraron los expedientes de expropiación no pudieron procesarnos por resistencia a la Autoridad. También decidimos no registrar la Plataforma Antiautopista para que quienes nos acusaban de que éramos un instrumento de los partidos de izquierdas no pudieran agarrarse a ese argumento. Hubo mucha manipulación por parte de algunos medios de comunicación, pero al final nos dieron la razón donde nos la tenían que dar: en el juzgado. Por suerte, habíamos sido previsores y teníamos un inventario de todo lo que había en la parcela antes de que llegaran las excavadoras. Fue esencial para que nos terminaran pagando una indemnización más justa. Lo que se llevaron por delante no eran unos árboles que estaban en rústico como decían. ¡Eran árboles frutales!”.
El segundo momento decisivo llegó dos años después. Las autovías ya estaban inauguradas cuando el Tribunal Superior de Justícia de les Illes Balears falló el 19 de marzo a favor de Can Malalt. El Govern de Matas había expropiado una fracción de sus fincas incumpliendo la ley. Ni se notificó correctamente ni se concedió a los propietarios poder enfrentarse al trámite acompañados de perito y notario. Igual que a los dueños de Antoni Ros Marí y Can Toni Finca –otras dos fincas expropiadas ilegalmente–, a los hermanos Planells les correspondía una indemnización mayor de la que habían cobrado. Era imposible devolver el terreno a su estado original. Los cuatro carriles no podían estrecharse. El tiempo acabaría demostrando que aquella ampliación mastodóntica influyó en que el número de vehículos que circulan por la isla se doblara en apenas dos décadas. Con las autovías colapsadas en verano, el PP, que vuelve a gobernar el Consell Insular, no ha tenido más remedio que limitar la entrada de vehículos.
Las autovías ya estaban inauguradas cuando la Justicia falló a favor de Can Malalt. El Govern de Matas había expropiado una fracción de sus fincas incumpliendo la ley. Pero ya era imposible devolver el terreno a su estado original
El republicano que creía en los viveros
La satisfacción para Toni Malalt fue mantener en pie el negocio de plantas que en los años 40 –cuando él era niño– montó su padre al volver del exilio para aplicar los conocimientos –poco conocidos en la isla– que había aprendido durante los dos años largos que pasó en la retaguardia republicana de la Guerra Civil:
–Aunque no tuviera delitos de sangre, mi padre era hijo de un comunista y había fundado la agrupación de UGT en Eivissa. Por eso huyó de la isla, en el 36, y cayó en València. Allí están mucho más acostumbrados a trabajar con plantones y mi padre, al que le encantaban estas cosas, aprendió mucho sobre el tema. Cuando regresó, le dio por importar semillas y desarrollar plantas que luego vendía para que otros productores las cultivaran en sus explotaciones y vendieran la producción en los mercados. El tema siempre ha sido, lo sigue siendo, saltarse al intermediario. Sí, nos arrasaron media finca cuando convirtieron la carretera de siempre, que podías cruzar por un paso de cebra y que acababan de reformar para ponerle buenas aceras y jardineras, en ese agujero. Pero mi hermano y yo pudimos conservar las casas y nuestro negocio no ha cerrado, aunque nos dejaron aislados del safareig del que sacábamos el agua. Por eso siempre estaré muy agradecido a toda la gente que vino a protegerlo. Sobre todo a los jóvenes. Se mandaban mensajes al móvil en cadena de madrugada cuando alguien se enteraba de que las máquinas habían entrado en una finca y mucha gente aparecía por allí. Si algo ha movido históricamente a una parte de la sociedad ibicenca es el medio ambiente. Sin esa presión social, las consecuencias de las autovías habrían sido mucho peores. Un desastre, como ocurrió en Can Pere Casetes, es Puig o Ca na Palleva.
El agricultor atraviesa su huerto señalando aquí y allá. El atardecer perfila sus movimientos. Sus dedos dibujan “un vial que no llegó a hacerse”. Iba a ir paralelo a la valla y hubiera dejado el talud de la autovía a unos pocos metros de su domicilio:
–La casa donde vive mi hermano no hubiera resistido porque es de marès, una piedra muy delicada: la construyó nuestro abuelo en 1916 cuando volvió de Cuba. Por eso está pintada de rosa y tiene esas formas tan indianas. Hay unas cuantas con ese estilo arquitectónico en el campo ibicenco.
El agricultor estira luego el cuello. Su mirada se dirige hacia el patio trasero de la finca, justo donde termina la cubierta de plástico donde crecen remolachas, lechugas, tomates y cebollas:
–Por allí detrás también nos comían un trozo de finca. Habían proyectado una especie de bulevar. A mi hermano le hubieran dejado sin paso. Como la gente protestó, el bulevar desapareció del proyecto y quien estaba interesado en construirlo tuvo que hacerlo encima de su propiedad. Realmente, tanto a un lado como al otro de la autovía estamos rodeados por tierras que son suyas.
Por allí detrás también nos comían un trozo de finca. Habían proyectado una especie de bulevar. A mi hermano le hubieran dejado sin paso. Como la gente protestó, el bulevar desapareció del proyecto y quien estaba interesado en construirlo tuvo que hacerlo encima de su propiedad
El agricultor camina hacia su casa y, mientras camina, dice el nombre de la persona que, según cree, más interés tenía en que el vivero de Can Malalt desapareciera:
–En esta isla, desde siempre, hay mucha gente que por suerte o por desgracia se siente identificada con los poderosos. Aquí quien más quien menos es propietario. La derecha juega muy fuerte con la idea de dejar construir en cualquier parte porque el ibicenco, desde que llegó el turismo, tiene la percepción de que el campo rinde muy poco. Abel Matutes ha manejado siempre muy bien esos sentimientos.
La cicatriz de las autovías
Toni Malalt está sentado en la butaca que ocupa un rincón de un cuarto en penumbra. Encima de una mesita hay un ejemplar del periódico del día. Una pared está forrada con el papel y el cartoné de libros, enciclopedias, diccionarios, coleccionables, catálogos. En la estantería se alternan el castellano y el catalán, predomina la no ficción, y entre tanta historia, filosofía, ciencia política, geografía o crónica periodística no cabe un alfiler. El ritual se repite cada tarde: en ese pequeño espacio se retira a leer al acabar su jornada laboral un agricultor octogenario que se resiste a la jubilación.
–¿Se siente más cómodo entre libros o entre plantas, Toni?
–¡Uf! Me encantan las dos cosas. Muchísimo. Para mí, el vivero no es trabajo. Yo estudié forja en la Escuela de Artes y Oficios, pero después mi padre me reclamó, vine a ayudarle y descubrí que se me daba bien. Me gusta estar entre plantas. Éramos cuatro socios cuando ocurrió lo de la autovía; ahora somos dos personas trabajando aquí, pero la pequeña explotación continúa, que es lo importante. Por eso os he pedido que vengáis un sábado por la tarde. El resto de la semana estoy hasta arriba de faena. Y los libros… siempre he sido muy leedor, el problema es que ya me queda poco tiempo para investigar todas las cosas que tengo apuntadas. Leo Le Monde diplomatique, que sale cada mes, y cuando veo una referencia que me gusta, me la apunto y busco el libro. Mirad…
Al levantarse, Toni Malalt escoge varios títulos de la estantería. Bajos las togas: errores judiciales y otras infamias, Carlos Castresana. Ni una ni grande ni libre, Nicolás Sesma. Una visión desde el sur, Vishal Narain. Los últimos que ha devorado… y una bola extra. La cicatriz, Santiago Miró Fernández: “En este libro creo que está muy bien explicado cómo se construyeron las autovías de Eivissa, por qué se construyeron de esa manera, y quién salió ganando que se hicieran así”.
Una herida física y simbólica
Miró –histórico reportero de Interviú– sostiene en su trabajo de investigación que, al desdoblarse, las carreteras abrieron una “herida física y simbólica” entre los ibicencos. Relata también los supuestos beneficios que Abel Matutes Juan –ya retirado de la primera línea política tras haber sido ministro de Exteriores en el primer Gobierno Aznar– obtuvo con aquellas infraestructuras. Una larga lista de asuntos. Forman parte de cualquier conversación sobre las autovías ibicencas, nunca han sido probados por una sentencia judicial.
Según La cicatriz, el magnate habría comprado terrenos que iban a ser expropiados poco antes de que se conociera el proyecto de las autovías y subieran de valor; habría suministrado áridos que salían en camiones de una cantera que gestionaba una de sus sociedades; habría mediado para que Fomento de Construcciones y Contratas obtuviera una de las licitaciones públicas; habría colocado a su hija Stella como consellera insular de Vies i Obres para que los trazados se acercaran –a un agroturismo– o no tocaran –una fábrica de zumos– negocios propios; o habría intentado aprovechar las toneladas de tierra extraídas de la trinchera excavada junto a Can Malalt para construir muy cerca de las discotecas que posee en Platja d’en Bossa un campo de golf de dieciocho hoyos.
Un viejo anhelo de un hombre de negocios que llegó a ofrecer “cincuenta millones de pesetas a la primera persona que pueda aportar alguna prueba concluyente de la participación de cualquiera de las empresas Matutes con cualquiera de las empresas constructoras” de las autovías. Ocurrió en una rueda de prensa convocada un día después de que los antidisturbios cargaran en Can Malalt. elDiario.es se ha puesto en contacto con el departamento de prensa de Grupo Empresas Matutes para obtener el punto de vista actual de Abel Matutes Juan sobre este aspecto y sobre las declaraciones recogidas en este reportaje por parte de Toni Malalt. En el momento de la publicación de esta pieza no ha obtenido respuesta.
El reportero Santiago Miró acusó a Abel Matutes de, entre otras operaciones, comprar terrenos que iban a ser expropiados poco antes de que se conociera el proyecto de las autovías y subieran de valor. El exministro de Aznar ofreció cincuenta millones de pesetas a quien pudiera aportar pruebas sobre la vinculación de sus empresas con las carreters de la isla
Una vieja relación
–Yo creo que aquella intervención –dice Toni Malalt– le perjudicó mucho a Matutes. A él, como empresario, y a su partido político. Mucha de la gente perjudicada directamente por las autovías era votante del PP. En las elecciones del 2007, municipales, insulares y autonómicas, les pasó factura porque la abstención en la derecha fue enorme. Y la izquierda, como he defendido siempre que he podido, fue unida. Creamos Eivissa pel Canvi e hicimos listas conjuntas con el PSOE. Los socialistas colaboraron, pero no fue fácil. En un mitin de aquella campaña tuvimos que hacer las mil y una para hablar un minuto antes de un mitin con Rodríguez Zapatero, que había venido a la isla con Francesc Antich [antiguo presidente balear]. Que les recordáramos lo que habían hecho las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado les ponía incómodos.
–Toni, ya ha explicado que su padre y su abuelo eran militantes de izquierdas cuando la Guerra Civil. Usted mismo puso en marcha de forma clandestina al PCE durante la dictadura, promovió una cooperativa que trató de evitar que la payesía desapareciera como oficio en la isla y fue concejal varias veces en el Ajuntament de Sant Josep de sa Talaia, donde se ensayaron esas confluencias amplias de izquierdas que en la actualidad resultan tan difíciles. ¿Considera que lo que pasó en su finca hace veinte años fue una venganza?
–A ver… [piensa unos segundos] fue muy asqueroso. Antes de entrar aquí, a mi hermano ya le habían tirado otra casa. Luego, la empresa que construía esta autovía hizo correr la idea de que otros afectados no podían cobrar indemnizaciones porque me habían dado todo el dinero a mí. Había rabia en lo que nos hicieron. Matutes nos conoce de toda la vida, claro. Somos casi de la misma quinta. Estas parcelas ya intentó que se las cambiáramos por otras que nos ofrecía. Hablo de hace muchos años, de los sesenta por lo menos. Entonces ya tenía mucho poder. No es casualidad que en el 77, cuando las primeras elecciones democráticas, los dos primeros senadores que salieran elegidos fueran de Alianza Popular. Un gallego –donde también hay minifundios– y él. Era, y sigue siendo, un anticomunista muy feroz, muy azul. De esa campaña electoral, la primera después de la muerte de Franco, recuerdo una anécdota muy buena. Vino muy cerca de aquí, al colegio de Sant Jordi de ses Salines, a reunirse con los vecinos. Yo fui a molestar, lo reconozco. En el turno de preguntas dije: “El problema que tiene este país es que salimos de una dictadura y los programas de todos los partidos hablan de lo mismo: transparencia, participación, servicio público… Tú mismo, Matutes, te has definido como un hombre de centroderecha cuando eres extrema derecha”. “La extrema derecha es Fuerza Nueva y [la Alianza Nacional del] 18 de Julio”, me contestó. … “Eso es el folklore, la extrema derecha es lo que tú representas…”, le repliqué. Entonces, muy enfadado, me dijo: “Bueno, Malalt, la gente me ha venido a escuchar a mí, no a ti…”. Fue un enganchón fuerte.