Los ‘temporeros’ cristianos que conquistaron Ibiza: una ‘startup’ medieval con inversores, socios y 800 campesinos
Dejaban a su familia atrás y viajaban varios días hasta la costa, buscando un puerto para embarcarse rumbo a lo desconocido. Más de uno, de hecho, nunca había visto antes el mar. Los tripulantes solo sabían que iban a una isla para pasar el verano muy lejos de casa. Alguien más poderoso los había reclutado poniéndoles delante la zanahoria del botín que podrían repartirse si el trabajo salía como esperaban los jefes. De entrada, el cuento sonaba bien y tampoco podían negarse: eran siervos de algún señor. Parecía un plan sin fisuras, una forma de aprovechar los meses más improductivos del año. Entre el final de la primavera y el principio del otoño, las tierras de labranza pedían tregua. Entre la cosecha del grano y la vendimia, los campesinos iban a la guerra.
La historia tiene casi ochocientos años de antigüedad, pero resuena mucho más cercana en el tiempo. Podría resumir el viaje de ida y vuelta —del pueblo a las Illes Balears— que hicieron durante muchos veranos del siglo XX —desde principios de los sesenta hasta entrados los ochenta— los peninsulares —del tercio sur: andaluces, extremeños, manchegos y murcianos— que engrosaban las filas de hoteles y restaurantes, obras en construcción. Hay un cierto paralelismo entre el boom turístico y la invasión del archipiélago por las huestes de Jaume I. Sobre todo en el caso de Eivissa y Formentera.
Los reinos cristianos no tenían ejércitos profesionales, pero tal era el interés de conseguir nuevas tierras de cultivo, más fértiles, que la gente del campo estaba acostumbrada a guerrear porque era lo que se hacía en verano. Jaime I, que tenía muchos conocimientos militares al educarse con los templarios, es un ejemplo a la hora de conseguir el apoyo de muchos de sus nobles, que cada uno controlaba sus propias huestes y se movían por su interés particular, para financiar sus campañas. Como se suele decir en lenguaje bélico, antes de proyectar la fuerza, tienes que generarla. Por eso, antes de las conquistas de Mallorca, de Valencia o de esta isla se firmaban contratos donde, además las cláusulas que establecían los posibles repartos de tierras y bienes, había plazos. Muy estrictos. Si no se cumplían, quedaban sin vigencia.
Lo explica José María Prats Marí. Oficial del Cuerpo General de la Armada, pasó décadas a los mandos de aviones militares. Por ejemplo, transportando en mano los correos lacrados con los que Narcís Serra, ministro de Defensa socialista, ordenó a los altos mandos del Ejército español que participaran en la primera Guerra del Golfo (agosto de 1990) tras la invasión iraquí de Kuwait. Desde que se jubiló, su conocimiento de la operativa militar –se formó en la materia en escuelas del Reino Unido y luego impartió clases– le ha llevado a escribir sobre varios episodios que sucedieron en la isla donde nació o que involucraron a paisanos suyos. Una temática que abarca desde la participación de corsarios ibicencos en los asedios contra Gibraltar a lo largo del siglo XVIII al ataque de los aviones republicanos contra el acorazado nazi Deutschland durante la Guerra Civil y que, ahora, retrocede hasta la Edad Media.
La conquista de Ibiza de 1235. La operación militar (Melqart Ediciones) es el último libro del capitán Prats. “El tema me interesa”, cuenta el autor, “desde que me lo explicaron en el colegio cuando era un niño, pero no había investigado hasta que me puse a preparar unos artículos para Diario de Ibiza que terminaron convirtiéndose en una especie de ensayo donde me pregunto cómo se las apañaron para rendir esta ciudad amurallada y defendida por una guarnición que sí cobraba un sueldo porque los reyes y caudillos moros sí dedicaban una parte de los impuestos o de los botines conseguidos a tener soldados profesionales, que a veces podían ser incluso cristianos, que guerreaban para ellos a cambio de oro”.
La primera dificultad que se encontró el capitán Prats fue que Jaume I apenas le dedicó “un párrafo” en el Llibre dels Feyts a lo sucedido entre mayo, cuando desembarcaron sus huestes en la isla, y el 8 de agosto, cuando traspasaron las puertas de Madina Yabisa, el topónimo árabe de una ciudadela fundada por los fenicios en el siglo VII antes de Cristo. “Y que no tenía las murallas que luego se levantaron en época de Felipe II”, razona el capitán Prats mientras toma un café en el Pereyra, un teatro levantado a pocos metros de esas paredes renacentistas, “pero que estaba bien protegida. Algunos restos de la muralla árabe aún pueden verse dentro de Dalt Vila. El problema que tuvieron los defensores es que se habían quedado aislados y, por la mayoría de la población, ya fuera andalusí o almorávide, eran considerados como ocupantes. Los almohades habían conquistado la isla en 1188 –es decir, apenas cuarenta años antes– e impuesieron una interpretación del Corán con la que las otras corrientes musulmanas tenían poco o nada que ver”.
Para comprender el contexto, el capitán Prats dedica en su ensayo varios capítulos a narrar la conquista mallorquina y, sobre todo, la fragmentación del Califato de Córdoba y los enfrentamientos de los reinos de taifa que desembocaron en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212). La victoria de una coalición formada por los reyes castellano, aragonés y navarro, con el apoyo de las principales órdenes –religiosas y, a la vez, militares– selló el destino del Islam en la Península Ibérica. En el arco mediterráneo, donde Al-Ándalus había sido especialmente fuerte, hubo quince años febriles para la Corona de Aragón. Los que van de 1229, con la conquista de Mallorca, hasta 1243, cuando se rinde la Taifa de Dénia. Por algo apodaron el conqueridor a Jaime I.
“En plena expansión cristiana, estas islas eran un objetivo muy secundario”, dice el historiador ibicenco. “Lo que anhelaban los nobles de Aragón y Lérida era la huerta valenciana. Y tenían miedo de que se la trincaran los castellanos Jaime I ideó una forma muy efectiva de conseguirlo: primero bloqueaban los puertos de la costa. Luego, los asediaban y, una vez rendidos, tomaban el interior. Lo hicieron en Peñíscola o Burriana y lo repitieron en Valencia, pero, para ello, necesitaban evitar ataques marítimos. Rindiendo la fortaleza ibicenca, los cristianos se aseguraban de que no se utilizasen los puertos de las Pitiusas como un punto de apoyo”.
Aquel magma se tradujo en una serie de documentos que han permitido al capitán Prats narrar cómo Jaume I pudo concentrarse en la campaña valenciana –que culminaría el 9 de octubre de 1238 con su entrada en la ciudad– dejando la operación ibicenca bien financiada. Algo que no fue fácil. Porque, en primer lugar, fueron dos parientes de la familia real –Pere de Portugal y Nunó Sanç, conde la Cerdanya y el Rosselló– los encargados de llevarla a cabo en el plazo de dos años. No lo hicieron y perdieron sus derechos. Emergieron, entonces, unos hermanos, hijos de la pequeña nobleza del Baix Empordà. Se llamaban Bernat de Santa Eugènia y Guillem de Montgrí. Un caballero y un religioso. Ambos, veteranos de la guerra mallorquina.
“Estos personajes toman importancia tras la muerte de sus señores, los hermanos Montcada, en la batalla de Porto Pi. Bernat se destacó después en las campañas para rendir los focos de resistencia árabe tras la caída de Madina Mayurqa el 31 de diciembre de 1229. En Ibiza, brindó un apoyo clave sobre el terreno a su hermano pequeño. Guillermo, que era el arzobispo electo de Tarragona, también había pagado barcos en la expedición contra el reino almorávide de Mallorca, que fue mucho más masiva y espectacular que la ibicenca. La Edad Media es un tiempo, no lo olvidemos, donde la Iglesia tiene un poder y un interés militar específico: sus fondos fueron clave y, por eso, es a este noble, que también era sacristán mayor de la Catedral de Gerona, a quien se le encarga la conquista de Ibiza”.
Emprendedores sin financiación
Aquellos emprendedores tuvieron un problema. El dinero no les alcanzaba y se vieron obligados a abrir una ronda de financiación. ¿Cómo? A la manera de las start up que buscan crecimiento, repartiendo el cincuenta por ciento de sus posibles beneficios. A saber: la mitad de Madina Yabisa, del territorio extramuros de Eivissa y Formentera, y de la producción de las salinas. Los negocios propician esta clase de carambolas: los dos socios que encontraron Bernat de Santa Eugènia y Guillem de Montgrí fueron los mismos “magnates” –así los define el capitán Prats– que habían despreciado la misión cuando se les encargó: Pere de Portugal y Nunó Sanç.
Así ve “la negociación” el capitán Prats: “Para aquellos hermanos, hijos del señor de Torroella de Montgrí, tuvo que ser un momento difícil porque sus socios capitalistas eran más mayores, ya pasaban los cuarenta años (una edad para la época) y eran mucho más poderosos. No en vano, eran primos de Pedro II de Aragón, el padre de Jaime I. Encima, tenían mucha más experiencia bélica, no se iban a dejar engañar porque sabían de qué iba el asunto. A Nunó Sanç, conocido en castellano como Nuño Sánchez, lo nombraron caballero en la víspera de Las Navas de Tolosa. A Pedro de Portugal lo conocían como el guerrero infatigable porque había recorrido toda la Península Ibérica de campaña en campaña, y había estado incluso en el norte de África como mercenario a sueldo de los musulmanes”.
Los “magnates”, sin embargo, andaban enredados en una serie de acuerdos con los que su sobrino conseguiría restarles influencia. La astucia entró en juego. El monarca les ofrecía títulos y cargos vitalicios; el infante portugués y el conde del otro lado de los Pirineos decían que sí; y, al morir, engrosaban el poder de la Corona. “Por eso, aunque pusieran parte de su patrimonio, delegaron en lugartenientes” la conquista pitiusa, precisa el capitán Prats. Eso sí, sin fiarse ni un pelo, “enviando a contables, igual que habían hecho otros acreedores más pequeños” con aquel ejército –unos ochocientos campesinos que sabían empuñar un arma– para asegurarse de que no se malgastaba ni una moneda en una ofensiva contrarreloj.
En su libro, el capitán Prats reproduce un sitio donde “no se dejaba dormir” al defensor “torturándolo con el fundíbulo y el trabuquete”, las catapultas del momento. “A fuerza de cansarlo y de debilitar las murallas, llega el momento de abrir un hueco en el recinto para abrir luego las puertas”, explica el militar, dando a entender que las lógicas esenciales de los asedios no han cambiado tanto desde las epopeyas de Homero hasta las guerras que actualmente azotan el mundo. En el caso ibicenco ocurrió un 8 de agosto. Por ese motivo, San Ciriaco es el patrón de la ciudad desde que la Universitat –el órgano de autogobierno de Eivissa y Formentera hasta la centralización borbónica del siglo XVIII– lo decidió en 1650.
Es entonces, finales del Barroco, cuando empieza a difundirse una leyenda sobre la traición del hermano del jeque almohade al mando de Madina Yabisa quien, despechado porque le habían robado la novia, facilitó la entrada de las tropas cristianas. El autor de La conquista de Ibiza considera que el desenlace fue mucho más prosaico, sin necesidad de un Caballo de Troya telenovelesco: “A ver, la inteligencia militar y el espionaje tampoco son una cosa moderna. Igual que nosotros nos asesoramos con académicos expertos en el mundo islámico antes de ir a Afganistán, en el siglo XIII los comerciantes genoveses o pisanos que hacían escala en Ibiza eran una fuente de información súper fiable. Pero, aunque la leyenda sea bonita, Madina Yabisa cayó a principios de agosto porque Guillem de Montgrí y Bernat de Santa Eugènia no podían esperar más… o perdían sus derechos sobre la isla. Antes del 30 de septiembre tenían que haberla conquistado”.
Así, como si fueran temporeros del turismo, los campesinos-soldado pudieron volver a los feudos donde estaban adscritos para volver a servir como mano de obra agrícola. Quien se quedó en Eivissa empezó a explotar una isla que regresó al cristianismo y arrancó a hablar catalán alimentándose del fruto de unas fincas trabajadas con mano de obra esclava.