El hallazgo de cinco cuerpos reabre la historia de la resistencia musulmana en la montaña tras la conquista de Mallorca
Cuando el nivel del agua del embalse del Gorg Blau desciende, el paisaje devuelve fragmentos de un pasado que nunca terminó de cerrarse. Entre vestigios de muros y cerámicas han emergido varios cuerpos enterrados hace más de ocho siglos que, según los investigadores que trabajan sobre el terreno, pertenecerían a cinco de los más de 15.000 musulmanes que huyeron a la Serra de Tramuntana tras la conquista cristiana de Mallorca en 1229. El hallazgo, que ha motivado una intervención de urgencia para rescatar los restos de la erosión, vuelve a poner en primer plano una historia incómoda: la del éxodo masivo de hombres, mujeres y niños que buscaron cobijo en la montaña para protegerse de la represión, el cautiverio y la pérdida de tierras, repartidas entre los conquistadores tras la caída de Madina Mayurqa. “Ha sido, sobre todo, un tema de salvamento”, enfatiza el arqueólogo Jaume Deyà, uno de los codirectores de las excavaciones.
El descubrimiento que avanza elDiario.es ha tenido lugar en el yacimiento de Almallutx, núcleo central desde el que se articuló aquel sistema de refugio y supervivencia y, en la actualidad, lugar clave para entender el último episodio de la resistencia musulmana en la isla. El pasado mes de noviembre, y tras comprobar durante los últimos años cómo numerosos restos humanos han acabado desapareciendo por el impacto del agua y el arrastre de sedimentos, los arqueológos solicitaron permiso para realizar una intervención de urgencia con el objetivo de evitar la pérdida de los cinco cuerpos y proceder a su rescate. “El yacimiento se encuentra dentro del embalse, lo que provoca una fuerte erosión. Cuando baja el nivel del agua, muchas zonas quedan expuestas a la intemperie, lo que permite que los restos afloren”, señala Deyà, quien afirma que “hay muchísimos más” aguardando a poder ser recuperados.
El investigador asevera, sin embargo, que el equipo lleva años “esperando ayuda institucional” para poder llevar a cabo intervenciones arqueológicas más profundas que permitan salvar y documentar “todo lo que está desapareciendo”. Junto a Pablo Galera, Deyà se ha volcado en los últimos años en desentrañar y documentar el entramado urbano islámico mejor conservado de Balears.
Los nuevos hallazgos podrían arrojar luz sobre las condiciones de vida, los patrones de asentamiento y el colapso final de la población musulmana en la mayor de las Balears. Y es que, como sostienen los investigadores, la toma de Madina Mayurqa no supuso el final inmediato de la comunidad islámica asentada en las islas desde el año 903, cuando el archipiélago pasó a depender del Califato de Córdoba. Bajo su tutela, la actual Palma registró un crecimiento poblacional sin precedentes y se convirtió en una de las mayores y más dinámicas ciudades de Europa, tan sólo superada por Constantinopla, Palermo o Venecia. Durante ese periodo, intrincadas calles de tierra comenzaron a tomar forma más allá de las antiguas murallas romanas, así como edificaciones como la Alcazaba Real y la Suda, una cuarentena de mezquitas, casas de tapia, baños públicos, abrevaderos, hornos y barbacanas.
El desembarco de la escuadra cristiana, sin embargo, lo cambió todo. El 31 de diciembre de 1229, el ejército de Jaume I atravesó la desaparecida puerta Bâl Al-Kofol l (posteriormente conocida como 'porta de la conquesta', 'porta de l'Esvaidor' y 'porta de Santa Margalida'), una de las entradas que entonces daban acceso al interior de la amurallada Madina Mayurqa. Las tropas, formadas por unos mil hombres, irrumpieron en la actual capital balear borrando a su paso todo vestigio islámico: había que inventariar toda la riqueza de la isla y distribuirla entre los conquistadores, desde la alta nobleza catalana pasando per la prelatura eclesiástica, las Órdenes Militares, la pequeña nobleza, los caballeros o la comunidad judía.
Sin embargo, tal como destacan Deyà y Galera en sus investigaciones, una parte muy significativa de la población andalusí no se sometió de inmediato. Unas 15.000 personas optaron por huir hacia el único espacio que ofrecía una defensa natural frente al ejército feudal: la Serra de Tramuntana, principalmente entre Sóller y Pollença, desde donde se articuló una amplia red de refugios, fortificaciones y zonas de paso que dos años permitieron sostener la resistencia durante frente a un enemigo numéricamente superior. No fue una huida caótica, sino un desplazamiento masivo y relativamente organizado encabezado por líderes locales como Xuaip, citado como jefe de la resistencia musulmana en el Llibre dels fets que Jaume I dictó a los escribanos de su corte en la última etapa de su vida. Se trata, además, de una de las fuentes por antonomasia de la conquista de Mallorca, cuyos preparativos y culminación aparecen relatados entre los capítulos 47 y 116.
Tras la conquista de Jaume I, unos 15.000 musulmanes huyeron hacia el único espacio que ofrecía una defensa natural frente al ejército feudal: la Serra de Tramuntana
Las razones de la huida fueron múltiples: el miedo a la violencia, la deportación y la esclavización, la ruptura del orden social, político y religioso que había estructurado la isla durante siglos y la pérdida de tierras y medios de subsistencia en las zonas llanas, rápidamente repartidas entre los conquistadores.
Las investigaciones de ambos arqueólogos, plasmadas en estudios como Almallutx: último asentamiento musulmán de Mallorca y Refugiats musulmans a la Serra Nord de Tramuntana. Una aproximació arqueològica als esdeveniments del 1229-1232, indican que la elección de este enclave no fue casual: la orografía ofrecía accesos naturales muy limitados, como es Coll de sa Batalla, los Tossals Verds o la Vall d’en Marc, además de cimas escarpadas y pasos estrechos, fácilmente defendibles con pocos medios, y una red de cuevas, abrigos y antiguos asentamientos reutilizables como refugio inmediato. Como subrayan las investigaciones, los refugiados no se limitaron a ocultarse, sino que controlaron conscientemente los accesos naturales a la Serra, como el Barranc de Biniaraix o los pasos de alta montaña que conectan Sóller con el interior. Las fortificaciones documentadas responden a una arquitectura de emergencia pensada para vigilar, retrasar el avance enemigo y ganar tiempo.
La Serra actuó así como una auténtica muralla perimetral: incapaces de controlar el terreno montañoso, las tropas de Jaume I optaron por consolidar el dominio del resto de la isla mientras en la montaña se prolongaba una resistencia basada en el repliegue, la defensa de los pasos naturales y la supervivencia en condiciones extremas.
Cómo se ocultaron: cuevas, abrigos y fortificaciones
Los arqueólogos apuntan que los huidos utilizaron cavidades naturales y balmes como vivienda provisional y levantaron pequeños muros para cerrar el espacio, realizaron nivelaciones en el suelo y crearon rudimentarias estructuras para recoger agua y protegerse del viento. Entre los refugios documentados se encuentran la Balma del Morro d’en Joi, la Cova des Rovell, sa Tossa Alta, la Cova Mala, el Avenç des Vidre y las cuevas del entorno de Tossals Verds, Massanella, Escorca o Femenia. El volumen de cerámica hallado en muchos de estos espacios indica que no fueron escondites temporales, sino lugares donde la población civil se estableció y vivió de forma prolongada.
El volumen de cerámica hallado en muchos de estos espacios indica que no fueron escondites temporales, sino lugares donde la población civil se estableció y vivió de forma prolongada
Asimismo, en puntos estratégicos como Es Pinetons (Escorca), el Puig de n’Escuder, el Puig des Castellot, el Pas de Moixarrins y el Puig des Castell de Binibona se construyeron estructuras defensivas y fortificaciones de emergencia con técnicas poco cuidadas, pero eficaces para controlar los accesos naturales a la Serra y vigilar el territorio.
Uno de los hallazgos más reveladores a los que Deyà hace referencia en una de sus investigaciones son las grandes áreas de dispersión cerámica localizadas en cimas muy agrestes, sin refugio natural ni arquitectura visible, en lugares como el Castell d’Alaró, s’Alcadena, ses Solanes, la Serra de ses Farines, el Puig Roig y el Puig Caragoler de Femenia, enclaves en los que han aparecido restos de ollas, alfàbies -tinajas-, vajillas de mesa e incluso cerámicas de cierto lujo, lo que sugeriría desplazamientos repetidos, campamentos temporales o espacios de concentración humana en condiciones extremas.
La investigación refuerza, además, la hipótesis de Almallutx como núcleo organizador del refugio musulmán: más allá de ser un asentamiento aislado, el yacimiento aparece como un espacio donde se concentró población de mayor rango social y desde el que se habría articulado algún tipo de estructura de gobierno provisional, una lectura que se apoya tanto en la densidad de restos arqueológicos encontrados como en la complejidad del entramado urbano documentado en el valle.
Frente a la imagen de una resistencia exclusivamente armada, el trabajo pone el acento en la dimensión civil del refugio: la abundancia y variedad de cerámicas -de cocina, almacenaje y mesa- en lugares extremadamente agrestes indica la presencia continuada no solo de combatientes, sino también de familias enteras. Una evidencia que, a juicio de Deyà, refuerza la idea de un desplazamiento forzado de población, con mujeres, niños y ancianos integrados en el sistema de supervivencia en la montaña.
La abundancia y variedad de cerámicas indica la presencia continuada de familias, lo cual refuerza la idea de un desplazamiento forzado de población, con mujeres, niños y ancianos integrados en el sistema de supervivencia en la montaña
Subsistencia y hambre
La población refugiada, sin embargo, tuvo que subsistir en un entorno hostil, especialmente cuando, un año después de la irrupción de las tropas cristianas en Mallorca, la ofensiva alcanzó la Serra, forzando con ello un primer pacto con Xuaip que provocó la rendición de buena parte de la población musulmana y de los castillos de Alaró, Pollença y Santueri. A partir de ese momento, se impuso una estrategia deliberada de desgaste: incapaces de derrotar a los refugiados en combate directo, las autoridades optaron por una estrategia de axfixia, aislando la Serra de forma progresiva mediante el corte de comunicaciones y suministros. La rendición, por tanto, no fue fruto de una derrota militar, sino del colapso material y humano de una población sometida al hambre, la presión constante y la imposibilidad de sostenerse indefinidamente en inhóspitas condiciones. Los sitiados quedaron así confinados, sin capacidad de cultivar ni abastecerse y sin acceso a recursos básicos, lo que los condujo a tal situación de hambre extrema que se vieron abocados a alimentarse de hierbas silvestres.
La rendición fue fruto del colapso material y humano de una población sometida al hambre, la presión constante y la imposibilidad de sostenerse indefinidamente en inhóspitas condiciones
“Solo podían cosechar los trigos en algunos lugares tan poco productivos que no les podían bastar, de forma que llegaron a una tan grande necesidad que se comían las hierbas por las montañas, a manera de bestias”, relata entre sus páginas el Llibre dels Fets. La arqueología respalda este escenario de precarización prolongada. No en vano, Deyà alude en este contexto a un “hallazgo sorprendente” que condensaría esta supervivencia límite: un abrigo en el que, empotrado en el suelo, había un antiguo ataifor islámico (plato representativo de la vajilla andalusí) que quedó calcificado por su uso como recipiente para recoger el agua de la lluvia.
El final: rendición, cautiverio y esclavitud
La resistencia terminó en 1232. El desenlace supuso una represión sistemática en la que, como señalan las fuentes documentales, gran parte de la población musulmana fue capturada, repartida entre los vencedores y reducida a cautiverio, convertida en esclava o sierva y obligada a trabajar en el territorio conquistado. El Llibre dels fets lo relata sin ambigüedades: “De los sarracenos de la isla que se habían alzado en la montaña, capturamos a cuantos quisimos y los dimos a quien los quiso, para que los hicieran habitar en el territorio como cautivos. Y estos hechos los llevamos a cabo en este viaje, realizado con solo tres galeras, porque así lo quiso el Señor que nos había creado. Y después nos volvimos a Catalunya y a Aragón; y desde entonces, por la gracia de Dios, la isla de Mallorca no ha necesitado nuestra ayuda, sino que Dios la ha hecho prosperar de forma que vale el doble que no valía en tiempo de los sarracenos”. La arqueología alude, asimismo, al colapso abrupto de los asentamientos que durante dos años fueron espacio de refugio y supervivencia en la Serra de Tramuntana.
El reciente hallazgo de los cuerpos localizados en Almallutx volvería a aportar pruebas materiales de lo que supuso aquel episodio. La orientación de los enterramientos, la superposición de viviendas construidas sobre cementerios anteriores y la necesidad de intervenir de urgencia para rescatar restos amenazados por la erosión refuerzan la imagen de una comunidad desbordada por el miedo y la supervivencia, obligada a reorganizar en pésimas condiciones su vida y sus rituales funerarios.
Hay muchos más restos y enterramientos, pero sin recursos es imposible abordar una investigación en profundidad
La excepcional conservación del yacimiento se explica por su destrucción repentina y su abandono abrupto, que congelaron en el tiempo la vida cotidiana de la comunidad islámica. Las destrucciones por incendios, los ajuares domésticos hallados en posición original y la ausencia de fases posteriores de ocupación apuntan a un final violento ligado directamente a los episodios de resistencia documentados entre 1230 y 1232. Para Deyà y Galera, Almallutx no solo confirma los relatos de las fuentes medievales, sino que aporta una dimensión material clave: la de un asentamiento que funcionó como núcleo articulador del refugio musulmán en la Serra antes de su colapso definitivo.
Hasta el momento, junto a los restos humanos, las investigaciones han sacado a la luz piezas cerámicas de gran valor que ayudan a reconstruir la vida cotidiana de la población que buscó protección en las montañas. Entre ellas, una alcolla que Deyà define como la “pieza estrella” del yacimiento, así como una jofaina que formaba parte del ajuar doméstico. Objetos que, más allá de su valor arqueológico, quizás ayuden a entender que en los recónditos parajes de la Serra de Tramuntana no solo resistieron combatientes, sino una población civil organizada abocada a sobrevivir en un paisaje implacable.