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A tres kilómetros de Santanyí, en el sureste de Mallorca, se extiende uno de los poblados talayóticos más extensos de la isla. Con 12.000 metros cuadrados intramuros –lo rodean tramos de muralla en excelente estado de conservación–, Ses Talaies de Can Jordi, objeto de numerosas intervenciones arqueológicas durante las últimas décadas, constituye un testimonio excepcional de la arquitectura ciclópea que caracterizó la prehistoria balear. Sin embargo, no ha sido hasta este verano cuando el equipo de investigadores que trabaja en la zona ha identificado una secuencia “única” de edificaciones cuyo análisis, auguran los especialistas, permitirá conocer el origen y la evolución de una cultura, la talayótica, que emergió en torno al siglo X a. C. en Mallorca y Menorca y pervivió, generación tras generación, a lo largo de mil años.
Una de las grandes incógnitas de la arqueología balear radica en entender por qué la sociedad que hace 4.500 años se asentó en aldeas de navetas con forma de herradura entró en crisis y dio paso, hace 3.000, a la cultura talayótica. “Los poblados de navetas fueron abandonados rápidamente sin que se hayan detectado signos de violencia. Dejaron de ser útiles y, de forma generalizada, los habitantes se reorganizaron en poblados con torres de gran monumentalidad que, cuatro siglos más tarde, comenzaron a amurallarse”, señala, en declaraciones a elDiario.es, el arqueólogo Damià Ramis, quien codirige las excavaciones junto a Nicolau Escanilla, Jordi Hernández y Joan Mestre.
“¿Qué provoca este cambio cultural? Es uno de los grandes temas de estudio de la prehistoria”, subraya Ramis. Tradicionalmente, los investigadores acharon este cambio a la la colonización por parte de nuevos pobladores. Sin embargo, investigaciones más recientes apuntan a que se debió “a una dinámica social interna y a la existencia de algún tipo de crisis que llevó a una reorganización espacial de los asentamientos”, como indica el investigador. Los arqueólogos confían en hallar respuestas en Can Jordi, uno de los poblados que mayor diversidad de técnicas constructivas presenta y que continúa siendo fuente de nuevos descubrimientos, como el efectuado en el marco de la última campaña de excavaciones promovida por el Ayuntamiento de Santanyí y el equipo codirigido por Ramis en colaboración de la entidad cultural Lausa.
La singularidad del hallazgo
En concreto, el conjunto arquitectónico, hallado más de 120 años después de que, en 1899, el presbítero santanyiner Guillem Vadell lo citara por primera vez en una obra inédita y manuscrita, está conformado por un talayot, un edificio semicircular adosado, otro de planta trapezoidal de unos 200 metros cuadrados y un tramo de muralla monumental, estructuras que se conocían de forma aislada en otros poblados de Mallorca pero cuya singularidad, en este caso, radica en su continuidad arquitectónica, lo que abre una ventana inédita a la prehistoria de Mallorca.
El conjunto arquitectónico está conformado por un talayot, un edificio semicircular adosado, otro de planta trapezoidal de unos 200 metros cuadrados y un tramo de muralla monumental. Su singularidad radica en la continuidad arquitectónica de las construcciones, lo que abre una ventana inédita a la prehistoria de Mallorca
Se trata, en palabras de Ramis, de una secuencia arquitectónica “preciosa” que abarca desde el siglo X al VI a. C. y que constituye una oportunidad para estudiar qué motivó la irrupción de los poblados talayóticos, analizar los cambios producidos respecto a la cultura precedente y, quizás, reconstruir las transformaciones sociales y rituales que acompañaron la evolución física del lugar. “Nos falta mucho por excavar, pero somos optimistas”, confiesa el arqueólogo.
Ramis explica que han contado con la participación de un numeroso grupo de colaboradores voluntarios cuyos familiares trabajaron en el entorno del yacimiento y atesoraban historias que sus padres y abuelos les habían contado: “Les dijeron que bajo la superficie de una de las parcelas, en la que no se ve absolutamente nada, existían otros dos talayots que fueron desmontados a lo largo del siglo XX”. El arqueólogo subraya que intuían la presencia de ambas construcciones “por referencias”, por lo que se pusieron manos a la obra con el objetivo de descubrir el proceso de evolución arquitectónica de Ses Talaies de Can Jordi y de otros poblados de Mallorca.
Negociaciones con los propietarios
Para ello, los investigadores tuvieron que negociar con los propietarios de las siete parcelas sobre las que se extiende el yacimiento: “Legalmente no podemos intervenir sin su permiso”, explica Ramis, quien agradece que les hayan proporcionado “todas las facilidades” para poder trabajar en estas fincas. Bajo la tierra arada a lo largo de las décadas se encuentran las bases de las estructuras recién descubiertas. “La superficie ha desaparecido, arrancada por los agricultores en tiempos pasados”, se lamenta el arqueólogo, quien, con todo, expresa su regocijo ante el hecho de que la capa de cultivo era muy superficial –de apenas veinte centímetros de espesor– y bajo la misma se preservaban las crestas de los muros.
Bajo la tierra arada a lo largo de las décadas se encuentran las bases de las estructuras recién descubiertas. "La superficie ha desaparecido, arrancada por los agricultores en tiempos pasados", señala el arqueólogo Damià Ramis. Con todo, subraya que la capa de cultivo era muy superficial y bajo la misma se preservan las crestas de los muros
Ramis hace hincapié, asimismo, en las murallas que rodean el yacimiento. Como explica, los recintos defensivos no se construyeron hasta el siglo VI a. C., de acuerdo a las dataciones radiocarbónicas que se han obtenido en otros poblados. En el caso de Can Jordi, la fortificación –construida con grandes ortostatos verticales sobre un zócalo de piedra– representa una de las fases más avanzadas del poblado: “Uno de nuestros objetivos es entender qué factores sociales o culturales condujeron a esa necesidad de amurallamiento”, afirma.
El especialista subraya, finalmente, el valor simbólico de haber localizado un nuevo talayot, algo infrecuente en pleno siglo XXI: “En Mallorca hay un catálogo bastante completo de yacimientos prehistóricos. Encontrar un nuevo talayot no ocurre todos los días, y este descubrimiento nos ofrece una oportunidad excepcional para estudiar las primeras fases de la cultura talayótica”, señala sobre una sociedad que perduró en Mallorca hasta la llegada de los romanos en el año 123 a. C., lo que marcó su desaparición definitiva. La conquista dirigida por Quinto Cecilio Metelo supuso la integración de Balears en el ámbito político y económico de Roma y los talayots, antaño centros de vida comunitaria y poder local, fueron progresivamente abandonados.
Defensa y divulgación del patrimonio
El proyecto ha contado con el respaldo económico del Consell de Mallorca y con la colaboración de la entidad cultural Lausa, que desde 2011 trabaja en la defensa y divulgación del patrimonio arqueológico local. “Nuestro objetivo es doble: conservar y difundir el patrimonio, pero también implicar a la sociedad en esa tarea”, explica Sebastià Vidal, secretario de la asociación. “En Can Jordi comenzamos en 2012 con campañas de voluntariado, sin apenas recursos económicos, y desde entonces hemos impulsado junto al Consell varios proyectos de excavación, restauración y adecuación”, comenta.
Vidal apunta a la complejidad de trabajar en un yacimiento dividido entre siete fincas privadas: “Sin la colaboración de los propietarios no podríamos seguir investigando. Este año ha habido buena disposición, pero no siempre es así. Por eso es importante reconocer que la continuidad de las excavaciones depende en gran parte de esa cooperación”.
Sin la colaboración de los propietarios [de las parcelas] no podríamos seguir investigando. Este año ha habido buena disposición, pero no siempre es así. Por eso es importante reconocer que la continuidad de las excavaciones depende en gran parte de esa cooperación
Lausa ha sido además un pilar en la vertiente social y educativa del proyecto. “Trabajamos con el concepto de arqueología social”, explica Vidal. “Cada verano, cuando termina la campaña, organizamos jornadas de puertas abiertas, visitas guiadas y talleres escolares. Queremos que la comunidad entienda que este patrimonio forma parte de su identidad colectiva”. Una implicación ciudadana que, añade Vidal, es esencial para garantizar la conservación del yacimiento: “Nuestro trabajo no termina con la excavación. El proyecto tiene tres pilares: la investigación científica, la restauración y la difusión del conocimiento. Solo así el patrimonio arqueológico puede retornar a la sociedad que lo custodia”.
El dilema de los talayots ubicados en fincas privadas
En este contexto, Vidal emplaza a las instituciones a que, en la medida en que pudieran aportar un presupuesto mayor al valor de las parcelas privadas en las que se asientan restos de antiguos poblados, intenten negociar con los dueños de las mismas para que colaboren en la preservación de patrimonio y, sobre todo, en la posibilidad “de que pueda ser disfrutado por todos sin que perjudique a los propietarios”.
En el caso de Menorca, el patrimonio talayótico, presente en la isla y en su paisaje desde hace 4.000 años y compuesto por casas circulares, navetas funerarias o de entierro, cuevas y otras construcciones donde se almacenaban alimentos o se realizaban ritos religiosos, fue en 2023 declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Con apenas 702 kilómetros cuadrados de extensión, Menorca cuenta con más de 2.000 yacimientos de la época talayótica, catalogados y con un alto grado de conservación.
Pese a la importancia de estas construcciones, la inmensa mayoría de los yacimientos se halla dentro de fincas privadas. Fincas que, como todo lo privado, se pueden vender y se pueden comprar, como fue el caso del poblado talayótico de Binisafullet, conjunto declarado Bien de Interés Cultural (BIC) que se encuentra dentro de una finca de 6.000 m2 puesta el año pasado a la venta. Aunque el yacimiento no puede edificarse, modificarse, removerse ni reformarse, la parcela sí podía cambiar de dueños y, con ella, el poblado. Eso sí, previo pago de los 950.000 euros que la agencia Setheby’s pedía por la propiedad.