Benjamin Balthaser, historiador: “Los verdaderos antisemitas ocupan posiciones centrales en la política de EEUU”
Una mujer judía de izquierdas se alista como voluntaria para combatir en la guerra árabe-israelí de 1948. La desilusión, sin embargo, llega pronto. Cuando se decida a abandonar la causa, un compañero sionista le lanza una frase que funciona como reproche y diagnóstico: “Te sientes extranjera en Israel porque eres ciudadana del mundo entero”.
Esa sentencia, que da título a un manuscrito inédito de un desconocido intelectual judío antisionista, condensa con precisión la tensión entre particularismo y universalismo que atraviesa la historia del pueblo judío. Es también el hilo conductor del último libro de Benjamin Balthaser.
En Citizens of the Whole World: Anti-Zionism and the Cultures of the American Jewish Left [Ciudadanos del mundo: antisionismo y las culturas de la izquierda judía estadounidense] (Verso, 2025), Balthaser, profesor de literatura en la Universidad de Indiana, reconstruye con erudición y pulso narrativo la densa y compleja trayectoria de la izquierda judía en Estados Unidos; sus tradiciones internacionalistas, sus rupturas internas y su prolongada relación crítica con el sionismo.
¿Por qué escribir un libro como este ahora?
Concebí el libro hace nueve años, cuando empecé a observar la emergencia de un nuevo movimiento judío antisionista en Estados Unidos. Coincidió con el momento en que los Socialistas Democráticos de América (DSA), la mayor organización socialista del país, aprobaron su primera resolución de apoyo al movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones).
Hasta entonces, DSA había sido la única organización socialista en la que era posible declararse abiertamente sionista. Aquella resolución —en la que participé activamente y cuyo éxito se debió en buena medida al respaldo de corrientes judías dentro de la propia organización— marcó un punto de inflexión: a partir de entonces, el antisionismo pasó a ser la posición mayoritaria de la izquierda estadounidense. Fue en ese contexto cuando, como historiador y crítico cultural de la izquierda, empecé a interrogarme por los orígenes históricos de ese giro y por la trayectoria de la izquierda judía en Estados Unidos.
El libro recorre, así, un siglo de historia de la izquierda judía estadounidense y de sus políticas antisionistas, partiendo de una premisa central: el auge actual de las críticas al sionismo en el seno de la izquierda estadounidense no constituye en absoluto una novedad, ni para la izquierda del país en general ni, menos aún, para la izquierda judía estadounidense.
La coyuntura actual se asemeja mucho más a la de las décadas de 1930 y 1940, cuando amplios sectores de la izquierda judía entendían el sionismo como un proyecto de clase, impulsado por las élites judías para asegurar su poder alineándose con una fuerza imperial mayor
¿Cuál es ese recorrido histórico?
La participación de los judíos inmigrantes en la izquierda estadounidense —desde las grandes oleadas procedentes de Europa del Este a finales del siglo XIX— no fue excepcional en comparación con la de otros grupos inmigrantes. Como alemanes, italianos o mexicoamericanos, muchos judíos se incorporaron a empleos precarios y a movimientos sindicales y socialistas multiétnicos. En su caso, este proceso coincidió con la formación de una clase trabajadora y media judía y con la consolidación de una yiddishkeit secular [ecosistema de prácticas y sensibilidades propio del mundo askenazí de Europa del Este, atravesado por la tradición judía diaspórica, antinacionalista y escéptica del Estado] que articuló una aceptación culturalmente específica del socialismo, expresada en instituciones, prensa y organizaciones de izquierda en lengua yiddish.
En las décadas de 1930 y 1940 esta tradición alcanzó su apogeo. El Partido Comunista estadounidense, integrado en gran medida por judíos de segunda y tercera generación, llegó a ser aproximadamente mitad judío. No todos los judíos eran socialistas, por supuesto, pero las posiciones anticapitalistas eran extraordinariamente comunes.
Fue en este contexto cuando el sionismo se convirtió en un objeto central de debate, tras la Declaración Balfour, el crecimiento de los asentamientos judíos en Palestina y el cierre de las fronteras estadounidenses con la Ley Johnson-Reed de 1924, que dejó a los judíos europeos sin apenas vías de escape.
Dentro de la izquierda judía de los años treinta y cuarenta, el sionismo fue mayoritariamente rechazado. Sus críticas se articularon en torno a tres ejes principales: la identificación del sionismo con formas de nacionalismo percibidas como cercanas al fascismo; su alineamiento con el imperialismo británico y con figuras de la derecha europea (Churchill, marcadamente antisemita, era un notable sionista); y su carácter racialista, incompatible con el antifascismo y el antirracismo que definían a la izquierda de la época. No era extraño que el Yishuv [los asentamientos judíos en el Israel preestatal] fuera descrito como una “sociedad Jim Crow” [en referencia a las leyes estadounidenses de segregación racial].
Aunque existieron corrientes minoritarias favorables a un socialismo sionista o a soluciones binacionales —defendidas, entre otros, por Albert Einstein y Hannah Arendt—, la posición dominante en la izquierda judía estadounidense antes de 1948 fue que la creación de un Estado étnico contradecía tanto los principios de la política de izquierdas como la sensibilidad yiddishkeit, que concebía la democracia multiétnica como un rasgo central de su identidad política.
¿Cómo evolucionó el antisionismo judío después de la partición de Palestina y, especialmente, después de la Guerra de los Seis Días en 1967?
Uno de los grandes puntos de inflexión para la izquierda judía y la izquierda internacional fue la posición de la Unión Soviética en 1947, en particular el apoyo de Stalin a la partición de Palestina y su defensa del sionismo ante la ONU como una forma de reparación tras el Holocausto. En aquel momento, la URSS seguía gozando de un notable prestigio entre amplios sectores de la izquierda mundial, incluida la estadounidense, por lo que esta postura tuvo un impacto decisivo y contribuyó a normalizar el sionismo como posición legítima dentro de la izquierda.
Al mismo tiempo, en Estados Unidos se desarrollaba la “caza de brujas”. Las organizaciones socialistas judías, multiétnicas y de inspiración yiddish fueron desmanteladas, el movimiento obrero de izquierda fue reprimido y la tradición socialista y marxista quedó prácticamente destruida. La efervescencia de la izquierda judía de comienzos del siglo XX se interrumpió de manera abrupta y el sionismo pasó a ser asumido por amplios sectores de la izquierda mundial como una posición casi oficial.
El siguiente gran giro llegó en 1967. En pleno surgimiento de la Nueva Izquierda, la Guerra de los Seis Días fue ampliamente percibida por la opinión pública como una intolerable guerra de agresión, no defensiva, y coincidió con la radicalización del movimiento contra la guerra de Vietnam y con una crítica cada vez más elaborada del imperialismo estadounidense. A su vez, tras 1967, el apoyo de Estados Unidos a Israel dejó de ser ambivalente y contextual y se volvió inequívoco. Israel pasó a ocupar así un lugar central en la estrategia geopolítica estadounidense.
En este contexto, los activistas judíos de la izquierda de los años sesenta se vieron obligados a tomar posición. Lo que emergió fue una rearticulación de las críticas antisionistas de las décadas de 1930 y 1940, ahora formuladas en clave antiimperialista: Israel como aliado del imperialismo occidental y la causa palestina como parte de la insurgencia anticolonial global. A diferencia del periodo anterior, el movimiento palestino pasó a ser reconocido como un actor revolucionario central, en diálogo con organizaciones tercermundistas y con movimientos como las Panteras Negras.
De este proceso surgió una fractura duradera: por un lado, una élite liberal judía plenamente alineada con el sionismo y los intereses imperiales estadounidenses; por otro, una izquierda judía radical, vinculada a los movimientos antiimperialistas y de liberación palestina. Esa división, gestada entre 1947 y 1967, constituye el punto de partida de la configuración política actual.
El libro traza una genealogía histórica de cómo la definición de antisemitismo ha sido reformulada, instrumentalizada y disputada políticamente, con especial intensidad en los últimos años.
Vivimos un momento profundamente contradictorio en el que el antisemitismo (o más bien el antiantisemitismo) es instrumentalizado por los Estados para reprimir a la izquierda, en particular al movimiento de solidaridad con Palestina. En Estados Unidos, numerosos estados y grupos oficiales han adoptado la definición de antisemitismo de la IHRA (Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto), que equipara el antisemitismo con la crítica a Israel. Mi libro muestra que el antisionismo no es intrínsecamente antisemita, pero esta definición se utiliza hoy como una herramienta específica para silenciar a la izquierda.
A esta dinámica la denomino “fascismo de los derechos civiles”: un marco en el que los Estados presentan la represión como una forma de protección de las minorías. Se trata de legitimar prácticas autoritarias invocando la defensa de los derechos civiles, de manera análoga al uso instrumental del derecho internacional para justificar intervenciones imperiales. Así, mientras se prohíben o se persiguen organizaciones judías antisionistas, los verdaderos antisemitas prosperan en la extrema derecha.
Uno de los grandes puntos de inflexión para la izquierda judía y la izquierda internacional fue la posición de la Unión Soviética en 1947, en particular el apoyo de Stalin a la partición de Palestina y su defensa del sionismo ante la ONU como una forma de reparación tras el Holocausto
Figuras influyentes del ecosistema conservador y fascista difunden abiertamente teorías conspirativas antisemitas y amplios sectores de la coalición republicana, incluidos grupos evangélicos, sostienen visiones profundamente antijudías, aunque apoyen a Israel por motivos escatológicos.
Para esta extrema derecha, los judíos son agentes de una conspiración global, no son plenamente blancos… El antisemitismo se utiliza como arma contra la izquierda y las coaliciones multiétnicas, mientras los antisemitas reales ocupan posiciones centrales en la política de la principal superpotencia mundial. Es más: el antisemitismo constituye uno de los pilares de la derecha global contemporánea.
La solución, considero, pasa por ser claros: la izquierda global debe oponerse a todas las formas de racismo. Es evidente que hoy el racismo se moviliza de manera más destacada contra los palestinos, los afroamericanos y los migrantes, pero a menudo también se manifiesta como antisemitismo.
No hay ninguna necesidad de recurrir a marcos antisemitas para criticar a Israel. Esa confusión solo beneficia a la derecha. Los judíos tienen derecho a la dignidad, la seguridad y la autonomía, pero eso no justifica en ningún caso el desplazamiento de otra población. Por eso es analíticamente erróneo y políticamente peligroso afirmar que Israel representa al “judío colectivo”. Esa idea reduce lo judío a un Estado étnico violento y traiciona tanto la historia judía como su tradición ética y diaspórica.
Casi un tercio de los judíos estadounidenses describen a Israel como un Estado de apartheid y más de un tercio califica el ataque de Israel a Gaza de “genocidio” ¿Cómo ha cambiado la mentalidad política de los judíos estadounidenses? ¿Cómo opera la división generacional?
Desde finales de los años sesenta, y especialmente tras la guerra de 1967, se impuso la narrativa de que existía un consenso judío estadounidense en torno a Israel y de que ser judío en Estados Unidos equivalía a ser sionista. Ese momento ha terminado. La coyuntura actual se asemeja mucho más a la de las décadas de 1930 y 1940, cuando amplios sectores de la izquierda judía entendían el sionismo como un proyecto de clase, impulsado por las élites judías para asegurar su poder alineándose con una fuerza imperial mayor. Entonces se trataba del Imperio Británico; hoy, del estadounidense.
Esta fractura tiene una base material clara y se manifiesta de forma especialmente visible en los campus universitarios. Las encuestas muestran de manera consistente que los estudiantes judíos de entornos más acomodados tienden a respaldar a las organizaciones sionistas, mientras que los estudiantes de clase media y trabajadora se identifican mayoritariamente con los campamentos pro-Palestina. A ello se suma una brecha generacional pronunciada: entre la juventud judía, las percepciones de Israel como Estado de apartheid y de la guerra de Gaza como genocidio superan con creces a las del conjunto de la población judía.
Estas divisiones se entrecruzan, además, con dinámicas raciales y de género. Organizaciones como Jewish Voice for Peace han buscado deliberadamente constituirse como espacios para una comunidad judía diversa —judíos racializados, sefardíes y mizrajíes, judíos queer y trans, judíos feministas— que no se refleja en instituciones dominantes, a menudo blancas, askenazíes y conservadoras.
Lo que está en juego, en última instancia, es una disputa entre dos concepciones opuestas del judaísmo y dos prácticas materiales distintas de la vida judía. El desenlace dependerá de la capacidad de la izquierda judía para organizarse de forma eficaz, un desafío histórico recurrente frente a una extrema derecha que cuenta con recursos económicos, arraigo institucional y sólidas bases en la sociedad civil.
Los judíos tienen derecho a la dignidad, la seguridad y la autonomía, pero eso no justifica el desplazamiento de otra población. Por eso es erróneo y políticamente peligroso afirmar que Israel representa al "judío colectivo". Esa idea reduce lo judío a un Estado étnico violento y traiciona la historia judía
Zohran Mamdani se enfrentó a numerosas acusaciones de antisemitismo, pero logró obtener un fuerte apoyo intergeneracional de votantes judíos, principalmente de izquierda y centroizquierda ¿Cómo se explican los buenos resultados entre la comunidad judía pese a la campaña en su contra?
Se intentó desacreditar a Mamdani, como a Corbyn en Reino Unido, mediante una estrategia ya conocida: presentar el antisionismo como antisemitismo y convertir esa acusación en un arma política para deslegitimar a una figura de izquierdas. La lógica era sencilla: fabricar una supuesta crisis moral, amplificada por los grandes medios, para sembrar confusión sobre una trayectoria política que siempre ha sido coherente, antirracista y progresista.
Pero la operación fracasó. Y lo hizo, en gran medida, porque en Nueva York existe una izquierda judía organizada, con experiencia política e intelectual, capaz de distinguir entre antisemitismo real y crítica legítima a Israel. Estas organizaciones llevan años elaborando una crítica rigurosa del antisemitismo, señalando su arraigo real en la extrema derecha y defendiendo que oponerse al sionismo no equivale a atacar a los judíos. Gracias a esa pedagogía previa las acusaciones pudieron ser desmontadas de manera sistemática.
Además, la izquierda judía actuaba también en defensa de sus propios intereses políticos. Sabe que ciertas instituciones judías, las más dominantes, cada vez más alineadas con la derecha, no solo funcionan como adversarios ideológicos, sino que dificultan en la práctica la participación judía en coaliciones progresistas amplias, multiétnicas y multirraciales. La confusión permanente sobre quién es antisemita, quién critica a Israel o si todos los judíos piensan lo mismo resulta profundamente tóxica para cualquier proyecto de izquierda y para la propia comunidad judía.
En definitiva, no es solo que Mamdani no sea antisemita, sino que es probablemente el alcalde menos antisemita que ha tenido Nueva York en los últimos tiempos.