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La guerra de Trump en Irán es la más impopular de todas para los estadounidenses

Corresponsal en Washington —

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Buena parte de la historia de Estados Unidos está mediada por la guerra fuera de sus fronteras. No en vano es el país que ha protagonizado más intervenciones en países extranjeros en los últimos 100 años, una tradición que encaja muy bien en esa forma que tiene Donald Trump de hacer política buscando imponerse por la fuerza y saltándose todas las reglas.

Hace unos días, después de que Trump iniciara sus ataques sobre Irán de la mano de Israel, me di una vuelta por el National Mall, una explanada en Washington donde se concentran varios de los principales memoriales militares del país.

En concreto, quise ver más de cerca los de las guerras de Vietnam y de Corea. De alguna manera, sentía que había cierto paralelismo entre aquellas guerras y la actual en Irán: una misma potencia hegemónica, EEUU, queriendo intervenir por la fuerza en el designio de otros países, lejanos, que ni siquiera suponen una amenaza real para ella.

Y del mismo modo que EEUU entró en aquellas guerras movido por sus ambiciones geopolíticas, los bombardeos que arrancaron en la madrugada del 28 de febrero comparten esas motivaciones de reconducir políticamente, por la fuerza y saltándose el derecho internacional a un país de 91 millones de habitantes como Irán.

Para ello, EEUU e Israel han matado a la cúpula política del país, están arrasando con bombas zonas civiles y han asesinado a 175 personas en una escuela, la mayoría niñas. En total, la cifra de civiles muertos en Irán supera ya los 1.300, según el embajador ante Naciones Unidas. Entre las filas estadounidenses, por su parte, se han registrado siete víctimas mortales y unos 140 heridos.

Los memoriales –como llaman aquí a los monumentos conmemorativos– de Vietnam y Corea dicen mucho de cómo se vive la guerra en este país, y de cómo esa visión se transmite a lo largo de la historia.

El monumento de Vietnam recoge los nombres de los casi 60.000 soldados que fallecieron en la década en que EEUU desplegó tropas en el país –1963-1973–, si bien EEUU llevaba ya muchos años implicado en la zona, desde la guerra francesa de Indochina contra la independencia del país.

En la guerra de Vietnam, que duró dos décadas, entre otras cosas por la participación de EEUU en apoyo a Vietnam del Sur, murieron entre 1 y 3 millones de vietnamitas, según los cálculos, y entre 200.000 y 300.000 camboyanos. Es decir, fue una masacre prolongada en el tiempo por el imperialismo de la Casa Blanca, que incluso engañó a su población y al Congreso de EEUU sobre lo mal que le iba en el frente, como desvelaron los Pentagon Papers.

Los Papeles del Pentágono eran un estudio secreto del Departamento de Defensa filtrado en 1971 por Daniel Ellsberg. El informe demostraba que varias administraciones (desde Harry Truman hasta Lyndon Johnson) sabían que la guerra en Vietnam era muy difícil de ganar, pero siguieron escalándola mientras decían al público que iban hacia la victoria.

Pero nada de eso aparece en el monumento: ni una sola mención a lo que llevó a EEUU a desplegar tropas allí –impedir la unificación entre el Sur y el Norte comunista–; ni a los millones de civiles muertos en esa guerra alimentada por Washington; ni al daño del napalm del que huía la niña llamada Kim Phuc corriendo desnuda por una carretera; ni a la manipulación política que se realizó; ni al contexto histórico en el que se produjo; ni a las protestas civiles que se produjeron en EEUU contra la guerra y que movilizaron a una sociedad que sufrió una gran represión policial.

Uno de los ejemplos que queda en el recuerdo, recientemente relatados en una película que se puede ver en Netflix –El juicio de los 7 de Chicago–, tiene que ver con uno de los procesos judiciales más polémicos de la historia política reciente de EEUU tras las protestas contra la guerra de Vietnam durante la convención demócrata de 1968 en Chicago. El juicio se volvió simbólico porque muchos vieron el proceso como un intento del gobierno de castigar y disuadir la protesta contra la guerra de Vietnam.

Las protestas en Chicago fueron violentamente reprimidas por la policía. Una investigación posterior —la National Commission on the Causes and Prevention of Violence— concluyó que hubo un “riot policial”, es decir, disturbios provocados por la policía.

El caso se convirtió en un debate nacional sobre la libertad de expresión, el derecho a protestar y el abuso del sistema judicial contra activistas. En 1972, una corte de apelaciones anuló las condenas, señalando irregularidades en el juicio. El juicio fue importante porque mostró hasta qué punto el gobierno estaba dispuesto a usar el sistema judicial para controlar la oposición política durante un momento de enorme oposición a la guerra de Vietnam.

Pero nada de eso aparece en el memorial. EEUU llena su memoria de recuerdos de guerras en las que intervino, muchas de ellas a miles de kilómetros y por sus propios intereses, y en las que murieron civiles, víctimas inocentes. –miles, cientos de miles o millones– que no son tenidos en cuenta.

El monumento de la Guerra de Corea, en la que EEUU participó al frente de un ejército aprobado por el Consejo de Naciones Unidas en ausencia del embajador ruso (1950-1953), recuerda a los 33.600 soldados muertos en combate, pero no al millón de personas que murió en esa guerra, que supuso el primer pulso bélico entre el área de influencia de EEUU y el de las potencias comunistas –Rusia y, sobre todo en este caso, China–.

De momento, la narrativa en el caso de la guerra en Irán está siendo la misma: Donald Trump culpa de la matanza de la escuela iraní a los propios iraníes, a pesar de que todos los indicios apuntan a EEUU al haber sido causada por un Tomahawk; no tiene ningún recuerdo para los más de 1.200 muertos en el lado iraní, al tiempo que rinde homenaje solo a los siete soldados propios; y justifica la guerra a miles de kilómetros de EEUU por una amenaza no demostrada.

Si bien en este caso las movilizaciones sociales no son comparables con las que terminaron produciéndose con Vietnam, entre otras cosas porque aquella guerra duró una década e implicó soldados en el frente que no solo murieron, sino que muchos resultaron heridos –300.000–, mutilados o con secuelas mentales para siempre.

Sin embargo, según las encuestas que se han publicado, la guerra en Irán es la que menos apoyo tiene entre los estadounidenses desde el inicio de las acciones militares. De acuerdo con una recopilación hecha por medios estadounidenses, la actual guerra cuenta con un apoyo del 41%, lejos del 97% de la Segunda Guerra Mundial; el 92% de la invasión de Afganistán tras el 11S y el 76% de la invasión de Irak, por ejemplo.

El apoyo a las guerras suele disminuir con el paso del tiempo, a medida que aumentan las bajas y los estadounidenses empiezan a sentir los costes de la guerra. Uno de los casos paradigmáticos es la guerra de Vietnam: cerca de su inicio, el 60% de los estadounidenses no consideraba la guerra un error. Pero, a medida que aumentaba el número de bajas, también lo hacían las dudas de la ciudadanía.

En 1969, la mayoría afirmaba que la guerra había sido un error. Esa cifra siguió aumentando a medida que avanzaba la guerra.

No existen encuestas sobre la aprobación pública de la guerra de Vietnam al inicio del conflicto, explica The New York Times.

De alguna manera, todas estas guerras recientes, algunas desatadas con mentiras flagrantes, como la de Irak, han ido consolidando la oposición actual a las intervenciones militares en el extranjero, tanto entre demócratas como en buena parte del trumpismo. A pesar de eso, el actual presidente de EEUU, que llegó a la Casa Blanca prometiendo la paz en el mundo y el “final de las guerras interminables”, ya lleva bombardeados siete países desde que juró el cargo –Somalia, Venezuela, Irán, Yemen, Nigeria, Siria, Irak–.