“No nos callaremos”, el grito del periodismo independiente ante el autoritarismo de Trump y los grandes conglomerados mediáticos
“En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”. La frase, atribuida a George Orwell, aparecía en una pegatina en el ordenador de Amy Goodman en las escenas del documental sobre su carrera periodística. En un momento en el que cada vez hay menos medios de comunicación en Estados Unidos y en el que el presidente del país se dedica a perseguir a todo aquel que le lleve la contraria, el lema de esa pegatina de la creadora de Democracy Now! resuena de forma poderosa, al igual que uno de sus lemas: “No nos callaremos”.
Del mismo modo que resonaban las insistentes preguntas que le formulaba la periodista al representante de la Administración Trump en la cumbre del clima de Katowice, en 2018, Preston Wells Griffith III. Y así es como arranca el documental recién estrenado 'Steal This Story, Please!', con Goodman a la carrera, escaleras arriba y abajo, persiguiendo por toda la instalación al enviado de Estados Unidos, sin obtener respuesta alguna sobre el negacionismo climático de la Casa Blanca, hasta que éste se encerró en el despacho de la delegación estadounidense.
Esa perseverancia a la hora de hacer las preguntas incómodas y, más importante aún, las repreguntas necesarias, es uno de los elementos que definen la carrera de Goodman, y también la actual presidencia de Trump, donde la selección de los periodistas que forman parte del pool de la Casa Blanca por parte de la propia administración está favoreciendo que cada vez haya más pelotas haciendo preguntas que verdaderos periodistas. Un momento histórico, también, en el que las maniobras políticas han permitido la compra de CBS por parte de un estrecho aliado de Trump, Larry Ellison; y de Warner Bros (con la CNN incluida) por parte del hijo de Ellison, dueño de Paramount.
El sábado pasado me acerqué a Silver Spring, Maryland, para ver en el cine el documental sobre la figura de la periodista Amy Goodman y estos 30 años de Democracy Now!, desde sus inicios en una emisora independiente, Pacifica Radio, hasta el actual programa matinal diario en streaming que se emite en más de 1.500 emisoras de televisión, radio y plataformas de internet en todo el mundo. “No intentamos ganar dinero con esto”, dice Goodman sobre su documental, “intentamos hacer comunidad”.
A diferencia de los grandes medios, que desde la ley de 1996 de telecomunicaciones de Bill Clinton se han ido concentrando cada vez más en menos manos, Democracy Now! es un medio independiente que vive de las aportaciones de sus seguidores, de donaciones voluntarias que han logrado que se haya convertido en un medio de referencia para gran parte del mundo progresista estadounidense.
Después de la proyección del documental, se produjo un pequeño diálogo con Goodman en el que describió una de las claves de su programa, que describe en la cinta: abrir el foco de la atención a las personas omitidas por los medios tradicionales y las grandes corporaciones de la comunicación: “El valor es el de las personas a las que cubrimos. Esa es la inspiración”.
Tanto durante la proyección del documental como durante la conversación con Goodman, no pude evitar ver paralelismos –con todas las salvedades– entre su proyecto y algunas de las cosas que intentamos hacer en elDiario.es, como poner el foco en temas y enfoques que a veces han sido desdeñados u orillados por grandes medios. Asimismo, buscar el vínculo con una comunidad ante la que responder hasta el punto de considerar imprescindible publicar nuestras cuentas anuales y organizar actos con esa comunidad para escuchar lo que nos tiene que decir; unas socias y socios que, como los de Goodman, son garantes de nuestra independencia económica y editorial.
Así, Goodman explica que el “hilo conductor a lo largo de la película” tiene mucho que ver con “la consolidación de los medios corporativos” impulsada a partir de 1996. Y argumenta: “Cuando lo planteábamos hace 30 años, varios periodistas con muy buenas intenciones, que se incorporaron a las cadenas para tener una audiencia amplia con la que desafiar al poder, se encontraron con que los terminaban apartando. Y mucha gente de dentro decía: 'Dejad de criticar a los medios corporativos'. Y ahora son ellos los que dicen: 'Tenéis que decirlo cada vez más alto'. Hoy, en cambio, son esos mismos periodistas quienes advierten sobre los efectos de esa concentración, en parte porque también se han convertido en sus víctimas”.
Goodman lo ilustra con ejemplos recientes: “El Washington Post ha recortado un tercio de la plantilla, cientos de reporteros. Hace unas semanas tuvimos a un periodista del Washington Post que hizo un análisis increíble del primer día de los ataques aéreos de EEUU contra Irán, y hablaba del misil Tomahawk estadounidense que destruyó esa escuela primaria de niñas en el sur de Irán, en Minab, donde murieron al menos 175 personas. Pero ya no trabaja para el Washington Post. Unos días antes había recibido la notificación de despido”. Es decir, quienes intentaron resistir desde dentro acaban expulsados por las mismas dinámicas corporativas que, durante años, se les pidió no cuestionar.
El título del documental, Steal This Story, Please! —Roba esta historia, por favor— tiene que ver con el compromiso de Goodman de impulsar a la agenda pública historias de relevancia social; buscar que trasciendan el ámbito de los medios independientes y sean recogidas por los medios de comunicación convencionales. En este sentido, el lema de Goodman es que las historias lleguen a todo el mundo, a la mayor audiencia posible, como camino para mejorar el mundo.
Así, el documental recoge algunas de las grandes historias de Goodman que dieron la vuelta al mundo. Como cuando documentó el papel de Estados Unidos en el suministro de gran parte del armamento utilizado durante la ocupación represiva de Timor Oriental por parte de Indonesia. Tras viajar al país, Goodman fue testigo en primera persona y expuso la masacre de Santa Cruz de 1991, en la capital, Dili, cuando las tropas indonesias abrieron fuego contra manifestantes, causando la muerte de más de 270 personas. Tanto Goodman como su colega periodista Allan Nairn resultaron heridos, junto a miles de personas más.
Tras su reportaje, Timor Oriental, del que no se había hablado durante 17 años en los medios de comunicación mainstream en Estados Unidos se convirtió en objeto de numerosas protestas, y llevó a la suspensión de la venta de armas y la ayuda militar de Estados Unidos a Indonesia.
Años después, en 2016, Goodman grabó a guardias de seguridad privados del oleoducto Dakota Access Pipeline (DAPL) utilizando perros y gas pimienta contra manifestantes nativos estadounidenses en Dakota del Norte: los perros, algunos con sangre en el hocico, mordieron a los manifestantes, lo que generó una gran repercusión en todo EEUU.
En julio de 2020, un juez federal ordenó el cierre y vaciado del oleoducto Dakota Access (DAPL) para realizar una nueva evaluación ambiental, marcando un hito tras años de protestas lideradas por la tribu Standing Rock Sioux. La orden exigía detener el flujo de petróleo mientras se completaba una Declaración de Impacto Ambiental, aunque posteriores apelaciones permitieron que el oleoducto continuara operando durante el proceso legal.
Pero otras historias recogidas en el documental, aun sin finales felices, contribuyeron a visibilizar realidades hasta entonces ocultas y a transformar la percepción pública. Una de ellas es la que llegó a los grandes medios cuando Goodman expuso la connivencia de la petrolera Chevron con las fuerzas de seguridad nigerianas en la represión de protestas en 1998, en el delta del Níger, que se saldó con varias personas asesinadas y afectó seriamente a la imagen internacional de la compañía.
Otra es cuando dio una sección al periodista encarcelado Mumia Abu-Jamal, quien pasó casi tres décadas en el corredor de la muerte en Pensilvania (hasta que su condena a muerte fue anulada en 2011, aunque aún permanece en prisión). Su caso, marcado por denuncias persistentes de irregularidades judiciales, se convirtió en un símbolo global, y su voz, difundida desde la cárcel, en un testimonio de las condiciones y vulnerabilidades del sistema penitenciario estadounidense.
A mediados de los años noventa, varias emisoras afiliadas a la radio pública NPR tenían previsto emitir unos comentarios grabados por Abu-Jamal desde el corredor de la muerte, pero la iniciativa fue cancelada tras fuertes presiones políticas y mediáticas. En ese contexto, Goodman decidió darle espacio en su propio programa, apostando por dar voz a alguien que otros medios habían optado por silenciar con los riesgos que eso comportaba.
Goodman ha seguido el caso de Abu-Jamal durante décadas, como parte de su compromiso en mostrar la crueldad de la pena de muerte en el sistema penitenciario y judicial estadounidense. Así, un caso representativo es el de la puesta en libertad de Moreese Bickham en 1996, quien había sido condenado a cadena perpetua.
Bickham era un hombre negro de Luisiana, condenado por un doble homicidio en 1958 y sentenciado a cadena perpetua. El periodista David Isay, tras fracasar en sus intentos por conseguir la puesta en libertad del preso, recurrió a Amy Goodman. Tras una intensa cobertura, que incluyó una avalancha de llamadas de oyentes a la oficina del gobernador de Luisiana, Edwin Edwards, la condena de Bickham fue conmutada y fue puesto en libertad tras 37 años y fue recibido en los estudios de Goodman en 1996.