Los drones ucranianos que detectan a soldados rusos: dentro de una misión de vigilancia a 15 kilómetros del frente
La ciudad de Járkov queda atrás, los edificios desaparecen del paisaje para dar paso a los campos ucranianos cubiertos de hielo y solo las hileras de árboles parecen interrumpir el blanco que todo lo cubre durante el invierno ucraniano. Entre las enredaderas de ramas secas, se intuyen montañas de nieve, proliferan los socavones en la tierra, se divisan las trincheras y los check points ucranianos interrumpen el paso. Cuando las redes antidrones envuelven la carretera, los coches aceleran.
Las mallas sobre nuestras cabezas confirman que nos acercamos a nuestro destino: la posición desde donde la unidad de las fuerzas especiales Taifun va a iniciar una nueva misión mediante el lanzamiento de un dron de reconocimiento para inspeccionar la zona ocupada por Rusia en el norte de la región de Járkov y localizar posiciones militares enemigas.
A medida que el frente se acerca, el riesgo de drones aumenta. A 15 kilómetros de la zona de batalla, los vehículos aéreos no tripulados rusos tipo FPV pueden alcanzar esa distancia, por lo que correr es la mejor estrategia para reducir a posibilidades. El cielo está despejado y los rayos de sol en contacto con las redes antidrones impregnadas de escarcha desprenden destellos de una belleza que embelesa, pero también engaña. La pureza que transmite el paraje contrasta con el dolor provocado por cualquier frente de guerra, especialmente tras la proliferación de drones de ataque.
Nos adentramos en las extensiones de campo que divisábamos por la ventana en el camino. Todo blanco, pocos árboles donde intentar despistar a los drones rusos en caso de aparición. Nos escolta 'Barba', el comandante al mando que, como su pseudónimo militar describe, posee una barba frondosa alrededor de su sonrisa socarrona. Sus ventanillas están bajadas y sobre sus piernas reposa una ametralladora preparada para utilizar ante el mínimo zumbido, ese sonido característico de los pequeños drones de ataque FPV (Vista en Primera Persona), ese sonido que aterroriza a quien lo escucha.
El zumbido de los drones se ha convertido en uno de los sonidos más persistentes de la guerra en Ucrania. Desde pequeños aparatos comerciales adaptados hasta sofisticados sistemas militares, su proliferación refleja una guerra librada con tecnología accesible, donde se amplía la distancia física entre quien observa y quien es observado.
El lanzamiento
Ya en la posición, los túneles escarbados bajo tierra y nieve aportan el lugar seguro al que lanzarse en caso de peligro. Los militares de Tifoun no pierden tiempo y caminan rápido para lanzar su segundo dron de reconocimiento de la jornada. El vehículo aéreo no tripulado espera colocado en dirección hacia el frente de guerra, mientras dos soldados realizan los últimos preparativos, agarrando con una suerte de cordones elásticos.
Uno de ellos lo agarra y, guiado por su compañero a sus espaldas, da rápidos pasos hacia atrás, hasta alcanzar la máxima tensión de las cuerdas que lo sujetan y, como si de una suerte de tirachinas humano se tratase, suelta las gomas y el dron sale disparado hasta confundirse con el horizonte. Antes de desaparecer ante nuestros ojos, los militares empiezan a urgir correr hacia las trincheras tras escuchar el zumbido aterrador. “¡Vamos, vamos!”, dicen mientras se lanzan a los pasillos subterráneos, abren una compuerta en el suelo y se resguardan en un cuartucho bajo tierra, donde tres militares tienen los ojos pegados a las pantallas desplegadas sobre un escritorio ocupado por varios ordenadores y comandos para dirigir el vehículo aéreo que aún sobrevuela territorio ucraniano.
“El dron ahora vuela sobre nuestro territorio y queremos llevarlo a la zona ocupada para mostrar esa imagen a otros equipos de artillería y que ellos puedan decidir si hay necesidad de atacar”, dice el comandante Barba, mientras sus compañeros continuarán concentrados frente a los ordenadores. Mientras Jajj mantiene la mirada de lo detectado por el dron, otro se señala el mapa para identificar el lugar exacto de su vuelo. Tienen dos horas para localizar las posiciones que buscan, el tiempo que dura la batería del vehículo no tripulado. “Buscamos cualquier cosa de los enemigos: sus soldados, sus drones, sus posiciones, artillería, o cualquier cosa importante para herir la guerra electrónica”, añade el comandante de la misión.
Los ojos del dron observan desde el cielo las tierras ucranianas del norte de Járkov durante los primeros minutos del vuelo. “No grabéis hasta que no sobrepasemos el frente”, dice uno de los militares, alegando razones de seguridad. Los miembros de Taifun permanecen pegados a cualquier movimiento del vehículo aéreo, pendientes ante la posibilidad de cualquier fallo. Conectados a una videollamada con el control de mando, unas voces dan directrices y describen lo observado.
El dron atraviesa la línea imaginaria y los comentarios de los militares se aceleran, así como las voces de quienes dirigen desde un ordenador. Las imágenes que proceden de los cielos de la tierra invadida por Rusia muestran varios edificios, a los que señalan y esperan feedback de la videollamada. Quien dirige el aparato mueve los mandos para llevarlo a las coordenadas de una de las posiciones que habían empezado a localizar en misiones anteriores. Lo hace bajar, y la máquina desciende hasta que la imagen cartográfica adquiere un sentido más real.
Se ven edificaciones, una zona arbolada, algunos caminos, y el nerviosismo de los miembros de la misión se acelera. Pasa un camión militar, observan un tanque que las tropas rusas han intentado ocultar sin éxito. “Ese tanque lo detectamos ayer”, dicen a través de la videollamada. “¡Mirad, hay un movimiento!”, alerta Mayor, que envía las coordenadas a sus compañeros. “Hay gente. ¿Recibido?”, insisten desde el habitáculo sunterráneo. Las pantallas muestran tres siluetas caminando entre los árboles. “Son tres orcos”, explica otro de los soldados. “Copy”, responden al otro lado.
Pronto vuelven a elevar la voz y acelerar sus palabras. “Hay un tanque, hay un tanque”, advierten para activarse y enviar las coordenadas para que las unidades de ataque puedan tener la información en su próxima misión. “Está destruido, relájate, pero posiblemente puede haber algo de artillería. Solo marca ese lugar y seguimos para adelante”, aclaran al otro lado. Acercan el zoom en una zona arbolada y se divisa un camino. “Vamos a verificar rápido cada lugar y continuamos”, urgen desde la unidad Taifun, conscientes del tiempo de batería con el que cuenta el dron para regresar a la base.
El presidente ucraniano Volodímir Zelenski afirmó el pasado mes de enero que más del 80% de los objetivos rusos son destruidos actualmente por drones.
El Ministerio de Transformación Digital de Ucrania, a través de la iniciativa “Army of Drones”, ha formado a más de 10.000 pilotos de drones. El despliegue, sin embargo, enfrenta un nuevo actor en combate: la guerra electrónica (EW). El campo de batalla ahora es también un torrente de interferencias. Informes del Royal United Services Institute (RUSI) estiman que, en ciertos periodos de alta intensidad, Ucrania ha perdido cerca de 10.000 drones al mes debido a los sistemas rusos de interferencia como el Shipovnik-Aero, que cortan el vínculo entre el piloto y la aeronave, convirtiendo en segundos la costosa tecnología en deshechos de plástico.
En un conflicto que ya ha transformado la forma de combatir en Europa, los drones simbolizan también un dilema ético cada vez más documentado por organismos independientes: la búsqueda de eficiencia militar frente a la protección de la población civil. La propia Misión de Observación de Derechos Humanos de la ONU en Ucrania advierte que, aunque la tecnología de los drones ha mejorado la precisión operativa, “no ha aumentado la protección de los civiles” y, por el contrario, estos dispositivos se han convertido en una de las principales causas de muerte y heridas entre la población en zonas próximas al frente.