ANÁLISIS
El acuerdo entre EEUU e Irán es el resultado de las ambiciones poco realistas de Trump para una guerra insostenible
Como dice el refrán: ningún plan de batalla sobrevive al primer contacto con el enemigo.
Donald Trump entró en la guerra con Irán con objetivos maximalistas: eliminar el programa nuclear del país, destruir su programa de misiles balísticos y poner fin a su apoyo a grupos militares regionales como Hizbulá y Hamás.
Salió de ella con la promesa de Irán de no construir una bomba y de celebrar nuevas conversaciones nucleares, sin ninguna mención escrita al programa de misiles balísticos y con Hizbulá celebrando una “victoria” tras la firma de un memorando de entendimiento que establece un alto el fuego en el Líbano, donde Israel ha ocupado una franja del país como “zona de amortiguación”.
El principal activo de Irán terminó siendo el estrecho de Ormuz, la vía marítima que casi todas las simulaciones previas de la guerra predecían que Irán cortaría rápidamente. Para reabrir el estrecho, la Administración Trump se vio obligada a ceder en sus objetivos más amplios o enfrentarse a lo que el presidente denominó una “depresión mundial”.
Trump no quiere volver a la guerra, pero ha dilapidado gran parte de la influencia que podría haber tenido si la guerra hubiera terminado la primera o segunda semana
La destacada investigadora diplomática del Instituto de Oriente Medio y ex subsecretaria de Estado estadounidense para esta región, Barbara Leaf, afirma que Estados Unidos inició la guerra con “evaluaciones desastrosamente irreales sobre la resistencia del régimen”, así como sobre la disposición de Irán a tomar el estrecho de Ormuz y atacar instalaciones estadounidenses y extranjeras en el Golfo.
“Estados Unidos pronto descubrió que superar a un adversario que ha dedicado cuatro décadas a perfeccionar su doctrina y habilidades de combate asimétrico, no sería la guerra para la que se había preparado”, declara. “Y la rápida escalada del sufrimiento económico mundial que finalmente afectó a los consumidores estadounidenses hizo que la guerra fuera aún más insostenible”.
Ahora, añade, Trump se enfrenta a un dilema: “No quiere volver a la guerra, pero ha dilapidado gran parte de la influencia que podría haber tenido si la guerra hubiera terminado la primera o segunda semana”.
Una decisión pragmática
Hacía días que la Administración Trump se mostraba reticente a publicar el texto de su memorando de entendimiento. El acuerdo solo se leyó finalmente en una reunión informativa telefónica el miércoles, a cargo de un alto funcionario del gobierno, y la Casa Blanca aún no ha publicado una copia oficial.
La razón es clara: muchos en el propio partido de Trump odiarán este acuerdo. El senador saliente Bill Cassidy, de Luisiana, lo calificó como el “peor error de política exterior en décadas”.
“Reagan se estará revolviendo en su tumba”, escribió. “Las ambiciones nucleares de Irán no se frenaron, y han aprendido que amenazar el estrecho de Ormuz funciona y sin duda lo aprovecharán en el futuro. Ahora, Irán podrá construir infraestructura completamente nueva gracias a este acuerdo”.
El senador republicano por Carolina del Norte, Thom Tillis, afirmó que los 14 puntos publicados el miércoles “no son suficientes para considerarlo un buen acuerdo”.
Durante años, Trump ha criticado el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés) de la era Obama, alegando que el expresidente había enviado “montones de dinero en efectivo” para sobornar a Irán y evitar que fabricara una bomba. Sin embargo, cuando llegó el momento de negociar la paz con Irán, Trump se vio obligado a justificar la posible devolución de una cantidad mucho mayor de activos, así como otros incentivos financieros, respaldando un alto el fuego en el Líbano entre Israel y Hizbulá, y permitiendo que Irán y Omán dialogaran sobre el futuro del estrecho.
“No es nuestro dinero, es su dinero, y lo congelamos en un momento dado”, dijo Trump refiriéndose a los activos iraníes congelados. “Supongo que tendremos que devolverlo”.
En algunos momentos del miércoles, parecía que Trump se hacía eco de los argumentos iraníes, afirmando que si Arabia Saudí, aliada de Estados Unidos, posee misiles balísticos, Irán tenía razón al exigir que también los tuviera. Respecto al potencial enriquecimiento de uranio por parte de Irán, declaró: “Es un poco complicado cuando otros países, estados vecinos, lo poseen, y no se les permite usarlo para fines eléctricos y similares. Hay que usar el sentido común”.
El memorando de entendimiento fue, en última instancia, una decisión pragmática del Gobierno de Trump, que buscaba poner fin al conflicto lo antes posible, a pesar del costo político. Leaf expresa su profundo alivio por el aparente fin de esta guerra mal concebida, pero añade que “hay pocas garantías de que el Gobierno no vuelva a caer en el conflicto”.
El exfuncionario del Departamento de Estado y negociador del JCPOA, Robert Malley, escribió que no tiene mucho sentido comparar ambos acuerdos, ya que eran “acuerdos fundamentalmente diferentes que surgieron de contextos radicalmente distintos”.
“En definitiva, el memorando de entendimiento es mucho mejor que cualquiera de las alternativas propuestas”, escribió. “Punto final”.