Los problemas empezaron con un gato muerto. Durante años, los habitantes de Seibersdorf habían convivido amigablemente con su vecina más famosa; con sus más y sus menos. Cierto, se había producido un incidente cuando una vecina se quejó del olor de sus caballos. Y sí, se había oído hablar de su falta de espíritu comunitario, de que se le daba muy bien dar órdenes para los eventos del barrio, pero que en cambio nunca se ofrecía para freír un schnitzel o colgar banderines. Pero, en general, se llevaban bien.
Karin Kneissl venía de Viena, a aproximadamente una hora de distancia hacia el norte. Vivía en Seibersdorf desde hacía 20 años. A su llegada, se había mudado primero a un viejo apartamento desvencijado y más tarde compró una casa cerca de la plaza central. Había llegado como diplomática subalterna, luego se convirtió en periodista independiente y más tarde empezó a dar conferencias sobre relaciones internacionales en algunas de las instituciones más prestigiosas de Austria. Durante un breve periodo, también formó parte del consejo parroquial de la ciudad.
En 2017, Kneissl se convirtió en ministra de Asuntos Exteriores de Austria. Fue un nombramiento repentino y pilló a los habitantes de la ciudad por sorpresa. Sin embargo, cuando lo reflexionaron, les pareció que tenía sentido. Kneissl era una persona imprevisible; el tipo de persona que siempre estaba haciendo y diciendo cosas inesperadas. Nunca se sabía sus próximos pasos, así que ¿por qué no al Ministerio de Asuntos Exteriores austriaco?
El incidente del gato tuvo lugar justo antes de que Kneissl aceptara el cargo, o al menos eso es lo que recuerda Franz Püreschitz, teniente de alcalde de la ciudad. Un día, Kneissl denunció que alguien en la ciudad había matado intencionadamente a su amado gato y, lo que es peor, había dejado los restos de la pobre criatura en la puerta de su casa. Según Kneissl, el asesinato de su mascota demostraba que todos los habitantes del pueblo se habían vuelto contra ella. Todos conocían su amor por los animales. Tenía gallinas, perros, gatos y un pequeño establo de ponis. Nada parecía hacerla más feliz que pasar tiempo con ellos. Ahora uno de sus animales se había convertido en blanco de ataque.
Kneissl nunca aclaró sus sospechas sobre el móvil del asesinato, pero Püreschitz supuso que podría haber pensado que se debía a su reciente asociación con la formación ultraderechista Partido de la Libertad. En realidad, si esa era su teoría, no tenía mucho sentido: muchos en Seibersdorf votaban a los partidos conservadores y de extrema derecha de Austria. Según Püreschitz, no hubo una conspiración contra ella. “Está claro que fue un accidente; no somos asesinos de gatos”, me dijo el año pasado ante la entrada del que fuera el domicilio de Kneissl, con una expresión de incredulidad en el rostro.
Kneissl no es una persona con la que a Püreschitz, ni a muchos otros habitantes de la ciudad, les guste relacionarse. Desde que se casó, en 2018, es más conocida por haber invitado a Vladímir Putin a su boda y por haber bailado un vals con él. Hasta ese momento, durante los 18 meses como ministra de Asuntos Exteriores, Kneissl era percibida como una figura marginal y con poco poder en el gabinete del canciller. Tras haber sido captada por una cámara en su boda bailando con un líder autoritario y haciendo una genuflexión ante Putin, se había convertido en una vergüenza internacional. Las imágenes de la reverencia de la política austriaca dieron la vuelta al mundo.
A mediados del año siguiente ya había abandonado el cargo y poco después se trasladó a Francia y, más tarde, al Líbano. Finalmente se estableció en Rusia, donde ahora dirige el Observatorio Geopolítico de Cuestiones Clave de Rusia (Gorki) en la Universidad de San Petersburgo. Aparece regularmente en los medios de comunicación estatales rusos, donde ha declarado que la UE sufre “el colapso de todo Estado de Derecho” y que Rusia ha ganado la guerra en Ucrania. Es una admiradora de Putin, a quien en una entrevista de 2023 con la BBC describió como “el caballero más inteligente” de todos los que ha conocido.
Una de las razones por las que la historia de Kneissl es tan embarazosa para Austria es que evidencia la larga y lucrativa relación del país con Rusia que, incluso tres años después de la invasión a gran escala de Ucrania, sigue siendo más estrecha de lo que muchas personas ajenas podrían esperar.
A este país alpino de 9 millones de habitantes, cuya Constitución obliga a mantener la neutralidad en los asuntos internacionales, le gusta verse a sí misma como mediadora entre el Este y el Oeste. Para los críticos, se trata de una excusa para perseguir sus propios intereses. “No entienden por qué deberían cambiar nada, porque todo les funciona perfectamente”, afirma Anton Shekhovtsov, director del Centro para la Integridad Democrática de Austria, que vigila la influencia de los países autoritarios.
“Están esperando a que acabe la guerra para volver a las andadas con los rusos”. Aunque Austria ha respaldado las sanciones de la UE, Rusia sigue siendo su segundo mayor proveedor de inversión extranjera directa, según datos de 2024. Las empresas austriacas, como el Raiffeisen Bank International, no han empezado a reducir sus operaciones en Rusia hasta ahora, por detrás de competidores como el británico HSBC y el francés Société Générale, que abandonaron rápidamente el mercado ruso en respuesta a la invasión.
Sin embargo, el traslado de Kneissl a Rusia no era inevitable, y parece tener tanto que ver con las peculiaridades de su propio carácter como con una profunda alineación ideológica con el Kremlin. A lo largo de su carrera, Kneissl se ha visto a sí misma como una figura incomprendida, infravalorada y perseguida por su criterio independiente. En Rusia ha encontrado el respeto que, al parecer, hace tiempo que siente que se le debe.
Una fuente que formó parte del círculo de Kneissl me dijo que todavía la considera con cierta simpatía, recordando la persona ambiciosa que fue cuando entraron juntos en el Ministerio de Asuntos Exteriores en 1990. “Parece una persona muy triste, alguien que no está contenta con cómo le ha ido la vida”, me dijo: “Quería ser una persona brillante que contara con la aprobación de todos y que la invitaran a dar conferencias en universidades importantes. No creo que quisiera ser una marginada”.
Orígenes y ascenso de Kneissl
Cuando me puse en contacto con fuentes de dentro y fuera de Austria para este reportaje, la mayoría respondieron a regañadientes. “Nos convierte en el hazmerreír”, dijo una fuente que había formado parte del círculo de amistades de la exministra y experto en política exterior. Pero cuando las fuentes profundizaban en la conversación, a menudo se dejaban llevar por sus recuerdos. La confianza suprema de Kneissl, su extraordinaria fe en sus propias capacidades y su incapacidad para avergonzarse de su propio comportamiento seguían dejando a la gente sin aliento. (Kneissl declinó ser entrevistada para este artículo).
Cuando entró por primera vez en el Ministerio de Asuntos Exteriores austriaco, en marzo de 1990, como diplomática subalterna, Kneissl tenía grandes ambiciones. Hija de un piloto, había pasado parte de su infancia en Jordania, donde su padre pilotaba un avión del rey Hussein. De vuelta en Austria, anhelaba tener la edad suficiente para regresar a la región.
Estos años de infancia no siempre fueron fáciles para Kneissl, pero encontró consuelo en su amor por los animales. No hace mucho, habló conmovida de la relación que tuvo durante su infancia con un perro bóxer que su padre trajo a casa. “Yo cuidaba del perro y el perro cuidaba de mí”, explicó. “Porque cuando tenía 10, 11, 12 años, sinceramente, no habría logrado tirar para adelante sin mi mejor amigo. Siempre que había un problema en el colegio hablaba con él y sabía que no me traicionaría”.
Su director de tesis, Hanspeter Neuhold, la recordaba como una persona trabajadora e inteligente, pero también algo intransigente.
Kneissl estudió Derecho y árabe en la Universidad de Viena. En su libro Mi Oriente Medio, publicado en 2014, Kneissl escribió que aprendió árabe para entender el Líbano y “por qué había fuego en Oriente Medio”. Escribió que había estudiado con tanta intensidad y profundidad la región que algunas personas, no especificó quién, le dijeron que era “mucho más libanesa que los propios libaneses”. Posteriormente realizó un doctorado sobre las fronteras en Oriente Próximo. Su director de tesis, Hanspeter Neuhold, la recordaba como una persona trabajadora e inteligente, pero también algo intransigente. El profesor recuerda que le sugirió cambios en su trabajo y que no siempre fue obvio que ella los haría.
Esta inquebrantable confianza en sí misma también impresionó a sus colegas del Ministerio de Asuntos Exteriores. Kneissl creía que Austria podía desempeñar un papel más importante en la pacificación de Oriente Medio. Su comprensión de la política regional y sus conocimientos de árabe —aunque se discute si Kneissl habla bien el idioma— le valieron un rápido ascenso para trabajar en los informes sobre Oriente Medio.
Aunque algunos colegas creían que era algo engreída, otros llegaron a apreciarla. “Era interesante, muy viajada, divertida y, como todos los jóvenes que estábamos allí, un poco rara”, me dijo otro amigo de esa época que sigue en el Ministerio. El antiguo jefe del departamento de Oriente Medio y África y antiguo embajador, Alexander Christiani, quedó impresionado por el intelecto de Kneissl y la apoyó cuando ascendió rápidamente para trabajar con el entonces Ministro de Asuntos Exteriores.
Sin embargo, este rápido ascenso no fue suficiente para Kneissl. En 1998 decidió dejar el Ministerio. Walter Gehr, un diplomático más veterano que llegaría a ser jefe de gabinete de Kneissl, dijo que ella estaba “frustrada por el bajo nivel intelectual del equipo” e “incómoda con todos los hombres que la rodeaban y que le daban órdenes”.
La calidad de sus reflexiones era a veces cuestionable, pero su visión crítica de la región —centrada en los peligros del islam político— encajaba fácilmente en la política conservadora del país.
Durante los años siguientes, dio conferencias como invitada en algunos de los principales institutos académicos austriacos sobre asuntos de Oriente Próximo y escribió análisis para Die Presse, un diario austriaco, aunque se desvinculó del periódico después de que los editores corrigieran sus textos. La calidad de sus reflexiones era a veces cuestionable, pero su visión crítica de la región —centrada en los peligros del islam político— encajaba fácilmente en la política conservadora del país. En 2007 publicó un libro, La espiral de la violencia: Por qué Oriente y Occidente no pueden llevarse bien, pero no se vendió bien. Durante estos años pasó apuros económicos y tuvo que pedir dinero prestado a amigos.
La suerte de Kneissl cambió en 2012, con la publicación de su libro La testosterona hace política. El libro sostenía que una “profunda frustración sexual” en los hombres árabes era uno de los motores de la primavera árabe, la oleada de protestas que había desafiado a muchos regímenes autocráticos en toda la región. El libro no fue bien recibido por sus antiguos colegas y enfureció a algunos académicos. “Dentro del reducido grupo de expertos austriacos en Oriente Medio, las teorías de Kneissl no se tomaron muy en serio”, afirma Thomas Schmidinger, politólogo y antropólogo de la Universidad de Viena. “Lo explicaba todo desde los ángulos de la cultura y la religión, y de forma muy simplificada”. Pero, dijo, esto es lo que hizo que sus ideas fueran tan populares.
El libro captó la atención de los medios de comunicación, incluso en el extranjero. En una entrevista con la revista Time, Kneissl explicó: “Cuando se trata de relaciones internacionales, lo biológico o, si hablamos de hormonas, lo bioquímico, ha sido hasta ahora bastante subestimado”.
"Todo el mundo conocía su sesgo ideológico, así que se podía trabajar muy bien con ella".
El siguiente libro de Kneissl, sus memorias, publicadas en 2014, no calmó a los críticos que creían que sus opiniones sobre Oriente Medio eran reduccionistas. En el libro, sus comentarios pueden ser arrolladores y su actitud hacia las personas que conoció en sus viajes recuerda a veces más a la de una aventurera de la época colonial que a la de una erudita moderna.
Sin embargo, en 2015, cuando millones de personas que huían de la guerra y la persecución llegaron a las puertas de Europa, y la migración desde Oriente Medio se convirtió en un tema candente en la política austriaca, Kneissl se convirtió en una voz cada vez más prominente. Aparecía regularmente en la radio Österreichischer Rundfunk (ORF) y ganó notoriedad por sus críticas a la decisión de Angela Merkel de permitir la entrada en Alemania de más de un millón de solicitantes de asilo.
Para los productores de televisión, de quienes se esperaba que representaran los dos lados de cada cuestión, Kneissl era la experta ideal. Georg Renner, que trabajo como periodista político en Viena y entrevistó a Kneissl en varias ocasiones, lo explica así: “Todo el mundo conocía su sesgo ideológico, así que se podía trabajar muy bien con ella”.
Ingreso en la extrema derecha
Fue alrededor de 2006 cuando Kneissl conoció a Heinz-Christian Strache, líder del partido ultraderechista, a través de uno de sus exalumnos, Johann Gudenus, que acabaría siendo líder adjunto del partido. Strache y Kneissl hicieron buenas migas y Kneissl empezó a hablar en actos junto a miembros del Partido de la Libertad, siempre asegurándose de subrayar que era una analista independiente y que no formaba parte del partido.
Aunque el Partido de la Libertad ha desempeñado un papel importante en la política austriaca desde los años 80 y ha formado parte de gobiernos de coalición, no es difícil entender por qué Kneissl habría querido distanciarse de él. Fundado en 1956, comenzó su andadura como el hogar político de antiguos nazis, en un país famoso por no haber asumido su oscuro pasado. “Todavía en 1990 el 43% de los austriacos pensaba que el nazismo 'tenía lados buenos y malos”, señalaba el historiador y escritor Tony Judt al hablar de la Europa de posguerra. El líder del partido de 1986 a 2000, Jörg Haider, era hijo de dos devotos nacionalsocialistas y era famoso por declaraciones que parecían trivializar los crímenes de los nazis.
A su regreso al Ministerio, la encontraron "estrecha de miras" y obsesionada con las quejas relacionadas con su carrera.
A partir de 2005, bajo el liderazgo de Strache, el Partido de la Libertad intentó distanciarse de su reputación antisemita —aunque siguió estando vinculado a organizaciones antisemitas—, al tiempo que hacía campaña sobre un conjunto de cuestiones similares a las de otros partidos de extrema derecha de toda Europa, atacando la inmigración, el islam y la UE. Y como muchos líderes de la extrema derecha europea, Strache cultivó un estrecho vínculo con Moscú. En 2016 viajó a la capital rusa para firmar un “pacto de cooperación” con el partido gobernante, Rusia Unida. En ese viaje, Strache pidió el fin de las sanciones internacionales que se habían impuesto tras la anexión de Crimea por Putin en 2014.
En las elecciones generales de 2017 Strache llevó al partido de la Libertad a su segundo mejor resultado histórico, al obtener el 26% de los votos. Sin embargo, los titulares de aquella noche se los llevó Sebastian Kurz, el niño prodigio de pelo engominado que, a sus 31 años, llevó al conservador Partido Popular a la victoria. Los dos partidos acordaron formar un gobierno de coalición, con Kurz como canciller y Strache como vicecanciller.
El partido de Strache pasó a controlar varias carteras clave, entre ellas, el Ministerio de Asuntos Exteriores. Kneissl era la primera opción de Strache para liderarlo. “(a Kneissl) No le sorprendió la oferta, pero no estaba completamente segura de querer aceptarla”, me dijo entonces un confidente de Kneissl. Según me contó, Kneissl se sentía incómoda con el lado más extremista del Partido de la Libertad. Al final, según esta versión, aceptó el puesto para dejar su impronta en la política exterior austriaca. “Por supuesto que lo aceptó, era el primer sueldo fijo que recibía en años”, afirmó otro excolega.
En el cargo, Kneissl inauguró una nueva forma de hacer las cosas. Envió un comunicado para explicar que el Ministerio de Asuntos Exteriores admitía mascotas, y sus dos perros bóxer babeantes empezaron a acompañarla a menudo al trabajo. Se paseaba por el Ministerio charlando con todos, desde los becarios hasta los mandos intermedios. “Se metía en partes del proceso burocrático que un ministro nunca tocaría”, me dijo un diplomático que trabajó con Kneissl. “Se metía en los detalles de un memorándum cualquiera y lo elevaba más allá de lo necesario”.
Para algunos, Kneissl era un soplo de aire fresco y mucho más accesible que muchos de sus colegas. “Al principio me alegré mucho de que volviera para romper la red de amiguismo del Ministerio”, me dijo un diplomático austriaco. Sin embargo, también podía ser brusca y crítica con sus colegas. Para el diplomático, parecía diferente de la persona “abierta y liberal” que había sido antes. A su regreso al Ministerio, la encontraron “estrecha de miras” y obsesionada con las quejas relacionadas con su carrera.
En las reuniones de Bruselas, los participantes se esforzaban por evitarla. Los estadounidenses la evitaban y se dirigían directamente a Kurz.
Kurz, el nuevo canciller, apenas tenía tiempo para Kneissl. Su círculo íntimo sabía que, si querían presionar a Washington o Bruselas, no necesitaban intermediarios. Kneissl, por su parte, se sintió marginada y tomó medidas que probablemente enfurecerían a su jefe.
Se lanzó a establecer mejores lazos con Turquía, sabiendo que Kurz había criticado públicamente al presidente, Recep Tayyip ErdoÄan. Por encima de todo, Kneissl quería que la tomaran en serio. Tras una década de trabajo por cuenta propia, contratos de corta duración y sueldos miserables, Kneissl sentía que se había ganado el derecho a ser escuchada. Decepcionada por la falta de rigor intelectual del Gobierno, a menudo interrumpía las reuniones del Gabinete dando largas conferencias sobre política nacional e internacional.
Además, Kneissl tenía la sensación de que sus homólogos políticos en el extranjero no la respetaban. En un viaje diplomático a Francia, el Ministro de Asuntos Exteriores francés no la recibió. En las reuniones de Bruselas, los participantes se esforzaban por evitarla. Los estadounidenses la evitaban y se dirigían directamente a Kurz. Gehr recuerda que estos desaires hirieron profundamente a Kneissl. En su opinión, “no había ningún motivo para mostrar tanta antipatía hacia ella”. “Fue un gran error de los países occidentales”, concluye.
El único lugar donde Kneissl recibió la calidez que ansiaba fue en el Este. En una visita de Estado a Rusia en abril de 2018 habló de la implicación rusa en Siria con el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, una figura que, según Gehr, la acogió con una mezcla de amabilidad y firmeza. El viaje también incluyó una reunión con Putin. Kneissl ocultó este encuentro a los medios de comunicación, ya que creía que iban a por ella.
Por aquel entonces, no había nada inusual en que una ministra de Asuntos Exteriores austriaca se reuniera con Putin, pero el enfoque de Kneissl —merodear por Moscú, dejando que el embajador austriaco explicara por qué su ministra de Asuntos Exteriores no estaba en una gala programada— no lo era. Parecía que disfrutaba siendo la estrella de su propia película. Dos meses después, cuando Putin llegó a Austria en visita de Estado, Kneissl le puso algo en las manos durante un acto en el Museo de Historia del Arte de Viena. Era una invitación a su boda.
Boda y genuflexión
Entre sus colegas había consenso en que la maniobra de Kneissl era irresponsable y ponía a Austria en una situación delicada, pero en realidad nadie esperaba que el presidente ruso asistiera, hasta que el embajador ruso acudió a la casa de Kneissl en Seibersdorf para anunciar que Putin aceptaba la invitación.
El momento era especialmente inoportuno. Apenas unos meses antes, el exespía ruso Sergei Skripal y su hija, Yulia, habían sido envenenados por agentes rusos en la localidad inglesa de Salisbury. En contraste con Alemania, Francia y Polonia, que habían expulsado a diplomáticos rusos como respuesta al envenenamiento, Austria había sido objeto de críticas por negarse a hacer lo mismo.
La boda se celebró un caluroso día de agosto en un viñedo de montaña del sur de Austria. La novia llegó en coche de caballos y vistió el tradicional dirndl de marfil; el novio, el empresario austriaco Wolfgang Meilinger, llevaba un elegante chaleco verde. Putin ocupó un lugar destacado en la ceremonia civil, donde se sentó en la mesa de la feliz pareja y brindó en alemán. Entre sus regalos de boda figuraba un coro de cosacos, que había hecho venir en avión para la ocasión.
Durante el primer baile de la pareja como recién casados, Meilinger entregó a su esposa a Putin, que la estaba esperando. La pareja bailó una versión de El último vals de Engelbert Humperdinck cantada por Gehr que, antes de convertirse en jefe de gabinete de Kneissl, tenía, entre muchos otros trabajos, uno como cantante de jazz. Los colegas de Kneissl en el Gobierno miraban con nerviosismo los movimientos del reportero gráfico de la Agencia Austriaca de Prensa que cubría el evento. “El baile fue bastante bien hasta el final, pero cuando (Kneissl) hizo la genuflexión (ante Putin), pensé: ahora sí que estamos jodidos”, me dijo uno de los excolegas de la exministra.
En cuestión de horas, la foto de la reverencia apareció en los telediarios. Los políticos ucranianos montaron en cólera y se preguntaron si Austria debía seguir abogando como actor neutral en las conversaciones de paz con Rusia. El Partido Socialdemócrata de Austria denunció el incidente como “susceptible de causar un daño duradero a la posición de Austria en política exterior”. Der Standard publicó el titular: “El arrodillamiento de Kneissl ante Putin es una vergüenza”.
"El baile fue bastante bien hasta el final, pero cuando (Kneissl) hizo la genuflexión (ante Putin), pensé: ahora sí que estamos jodidos"
Kneissl no se disculpó. “Quienes me conocen saben muy bien que no soy sumisa ante nadie”, declaró a la BBC. No era la primera vez que le costaba entender por qué los demás no veían las cosas como ella. También dijo que se trataba de un evento de carácter privado y que la reverencia fue el gesto natural de una dama al final de un vals. En su opinión, los pendientes de 50.000 euros que Putin le regaló eran un generoso gesto que, por supuesto, no tenía que justificar como representante política de Austria y podía quedárselos.
Menos de un año después Kneissl ya no ocupaba el cargo de ministra debido a otro escándalo vinculado con la influencia rusa en Austria. Esta vez, afectaba al líder del Partido de la Libertad. En 2019 se filtró a la prensa una grabación secreta de Strache en la que aparecía sentado en una villa de Ibiza con una mujer que se hacía pasar por sobrina de un oligarca ruso. (Junto a Strache en el vídeo aparecía Gudenus, el exalumno de Kneissl, que le había presentado al líder del partido en 2006).
En la grabación, la mujer afirmaba estar interesada en comprar el principal tabloide de Austria y utilizarlo para impulsar el Partido de la Libertad de cara a las próximas elecciones del país. Strache la escuchaba con atención y le dijo que, a cambio, podía ofrecerle lucrativos contratos públicos.
La historia fue un duro golpe para el Gobierno de Kurz y Strache dimitió rápidamente. Cuando Kurz destituyó al ministro del Interior, que pertenecía al partido de la Libertad, para garantizar una investigación adecuada del escándalo, todos los ministros del Partido de la Libertad del gobierno dimitieron. Kneissl, aunque nombrada por el Partido de la Libertad, reiteró que, técnicamente, era independiente. Resistió brevemente, pero un mes después, una moción de censura puso fin al Gobierno de Kurz y Kneissl se quedó sin trabajo.
La caída
Tras la caída del Gobierno, Kneissl se encerró en sí misma. “Se quedó muy aislada y cada vez más triste”, explica Margarete Schorn, una de las vecinas de Kneissl en Seibersdorf, que solía llevarle la compra durante este periodo. Kneissl empezó a tener problemas económicos. La asociación de Kneissl con el Partido de la Libertad y con Putin dificultó su regreso al mundo de la enseñanza y el periodismo. Su corto periodo en el cargo tampoco le permitía acceder a una pensión ministerial. Cuando llegó la pandemia de COVID, ya sólo tenía el dinero necesario para sobrevivir. Solicitó el fondo austriaco creado para la pandemia, pero le denegaron las ayudas, ya que sus ingresos anteriores eran demasiado elevados.
Kneissl veía sus desgracias como el resultado de una venganza sin rostro contra ella
Las relaciones personales de Kneissl empezaron a deteriorarse. Se había peleado con Gehr en 2019 después de que supuestamente la criticara por ser maleducada con los conductores del Ministerio que la llevaban y traían de Seibersdorf todos los días. Su relación con su marido también se había roto. Según los medios, Kneissl le acusó de violencia doméstica, algo que él negó.
Kneissl veía sus desgracias como el resultado de una venganza sin rostro contra ella. En 2020 abandonó Austria para siempre y se instaló en Nîmes, en el sur de Francia, antes de trasladarse de nuevo al Líbano, donde consiguió ser contratada para dar algunas conferencias. Eugene Richard Sensenig, académico y amigo de Kneissl, recordaba que en el Líbano ella se rodeó de un grupo de amigos que la admiraban. Sin embargo, estaba preocupada y era recurrente que expresara que se había sentido maltratada.
Sensenig la compadecía. “A las mujeres que trabajan duro y quieren ascender se las llama zorras y en cambio a los hombres, ambiciosos; y en su generación, sin duda, se la consideraba una zorra”, dijo. Señaló que Kneissl parecía estar sometida a otros estándares: había sido condenada al ostracismo por su decisión de asociarse al Partido de la Libertad, pero el Partido Popular, de centroderecha, que sigue siendo considerado parte de la respetable corriente dominante, no sólo se hace eco de la retórica de la extrema derecha sobre la inmigración y el Islam, sino que también la ha incluido dos veces en coaliciones de gobierno.
El año que dejó Austria, Kneissl empezó a escribir columnas de opinión para el medio de comunicación estatal Russia Today, en las que cubría Oriente Medio, energía y relaciones internacionales. Un año después fue nombrada para un lucrativo puesto en el consejo del gigante petrolero ruso Rosneft (allí se unió a otra notable figura política en el consejo: el excanciller alemán Gerhard Schröder). En 2022, cuando Rusia comenzó su invasión a gran escala de Ucrania, Kneissl se negó a abandonar el consejo de Rosneft, hasta que se vio legalmente obligada a hacerlo cuando Rusia impidió que ciudadanos de la UE ocuparan puestos ejecutivos o en el consejo.
Su lealtad a Rusia pronto se vio recompensada. En 2023 se embarcó en un avión rumbo a San Petersburgo tras aceptar una invitación para dirigir Gorki. Sus nuevos anfitriones incluso se tomaron la molestia de desviar un avión militar de Siria al Líbano para transportar los ponis de Kneissl a Rusia.
Nueva vida
Kneissl no es ni mucho menos la primera figura política austriaca que mantiene una relación amistosa con la Rusia de Putin, incluso después de la anexión de Crimea. Como bromeó un escritor, “Austria no tiene un Gerhard Schröder, sino muchos”. El excanciller austriaco Wolfgang Schüssel se sentó en el consejo del gigante energético ruso Lukoil. Otro excanciller, Christian Kern, se sentó en el consejo de administración de los Ferrocarriles Rusos. Sin embargo, tanto Schüssel como Kern abandonaron sus cargos tras la invasión de Ucrania. Kneissl, en cambio, se mudó a Rusia al año siguiente.
Es fácil comprender el atractivo de Rusia para Kneissl: ofrece un nivel de seguridad y prestigio que no podía encontrar en ningún otro lugar. En cambio, resulta más complejo entender qué gana Rusia con ello. “Muchos políticos europeos que entran a formar parte de las estructuras rusas traen consigo una red de amistades o influencias, pero Kneissl no era nadie cuando dejó el cargo”, me dijo Shekhovtsov. “Mi hipótesis es que, al apoyar a Kneissl, los rusos envían un mensaje a otros altos funcionarios europeos: aunque no seas muy útil en tu país, podría haber un lugar para ti en Rusia”.
En Rusia ha encontrado el respeto que, al parecer, hace tiempo que siente que se le debe.
En Rusia, Kneissl ha encontrado su lugar. En junio de 2024 declaró a una agencia de noticias estatal que Occidente tenía planes para dividir Rusia, “igual que se dividió la Federación de Yugoslavia”. Aunque la declaración apenas tuvo repercusión en Europa, en Rusia se presentó como una seria advertencia de una auténtica iniciada política. “La exministra austriaca de Asuntos Exteriores Kneissl confirma los planes de Occidente de dividir Rusia”, fue el titular. Otros titulares recientes son “Putin tenía razón sobre la economía en 2023 - exministra austriaca de Asuntos Exteriores” y, a principios de este mes, “La exministra austriaca de Asuntos Exteriores aconseja a los rusos que abandonen sus ideas románticas sobre Europa occidental”. El verano pasado compareció ante la ONU para advertir contra el suministro de armas a Ucrania.
Los examigos y colegas de Kneissl son conscientes de que las relaciones con la exministra tienden a ser volátiles. “No me sorprendería que acabara peleada con los rusos y acabara en Pekín, Caracas o cualquier otro lugar”, me dijo uno de ellos. Por ahora, sin embargo, Kneissl parece estar contenta. En un correo electrónico reciente se negaba de nuevo a ser entrevistada, pero decía que había empezado a rehacer su vida.
A finales del año pasado asumió su último cargo como embajadora para la conservación de los tigres siberianos, una causa cercana al corazón de Putin y al de Kneissl. Los medios de comunicación estatales informaron en diciembre de que había visto un tigre durante su reciente visita a un parque nacional. En una breve entrevista, aprovechó la oportunidad para comparar las actitudes europeas y rusas ante tales depredadores, y señalar que Europa salía perdiendo en esta comparación. En Rusia, “a los osos, lobos y tigres no se les llama 'osos problemáticos”, dijo.: “Forman parte de la vida. Esto es lo que yo llamo ‘decir sí a la vida en Rusia”.
Traducción de Emma Reverter