ANÁLISIS
Trump, frente al espejo de Carter: por qué el acuerdo con Irán puede dejar su legado en manos de Teherán
Todo comenzó con el destino de los rehenes.
La primera incursión de Donald Trump en la política, de la que se tiene constancia, se desencadenó a raíz de la toma de la Embajada de Estados Unidos en Teherán en 1979, en la que 52 diplomáticos estadounidenses permanecieron incomunicados durante 444 días.
El suceso sentó las bases para más de cuatro décadas de relaciones tortuosas entre Estados Unidos e Irán. También puede que haya marcado el inicio del largo camino de Trump hacia la Casa Blanca, que ahora corre el riesgo de quedar marcado por su decisión de atacar al régimen islámico de Irán.
En octubre de 1980, un enfrentamiento que había comenzado un año antes se había convertido en un trauma nacional, con los rehenes aún cautivos y el entonces presidente Jimmy Carter revolviéndose ante la intransigencia iraní. Trump arremetió contra él en una entrevista en la cadena de televisión NBC con Rona Barrett, una de las columnistas de cotilleos más destacadas de Estados Unidos en aquella época.
“Que tengan a nuestros rehenes es algo absolutamente y totalmente ridículo”, le dijo a Barrett, argumentando que la crisis debería haberse resuelto con una invasión militar. “Que este país se quede de brazos cruzados y permita que un país como Irán retenga a nuestros rehenes es, en mi opinión, un horror, y no creo que lo hicieran con otros países”.
En menos de un mes, Carter —que se había convertido en un símbolo de la impotencia de Estados Unidos mientras los revolucionarios iraníes coreaban “Estados Unidos no puede hacer ni una puñetera cosa”— fue derrotado por una mayoría aplastante por su rival republicano, Ronald Reagan.
Cuarenta y siete años después, es posible que el efecto dominó psicológico de aquel dramático episodio internacional ocupara un lugar destacado en la mente de Trump cuando tomó la fatídica decisión de iniciar una guerra contra Irán que, según él, terminaría rápidamente, pero que pronto se descontroló.
Hizo referencia a la crisis de los rehenes el primer día de la guerra, en un intento por justificar una campaña para la que prácticamente no había hecho nada para preparar a la población estadounidense con antelación.
Trump también invocó repetidamente a Carter como el modelo del presidente que él nunca sería: un hombre que permitió que su presidencia quedara definida —y, en última instancia, arruinada— por una potencia de segunda categoría que no debería ser rival para Estados Unidos.
Paralelismos con Carter
Sin embargo, tres meses y medio después de iniciar una guerra que debía resolver de una vez por todas el problema de Irán para Washington, Trump se encuentra ahora en una situación que se asemeja de forma inquietante a la de su despreciado predecesor.
Una serie de opciones poco atractivas —sobre todo los costes políticos inaceptablemente elevados que supone el despliegue de tropas terrestres— han dejado en entredicho el poderío militar estadounidense, tal y como ocurrió en la época de Carter, cuando un intento de rescate de rehenes fracasó estrepitosamente en el desierto.
Y lo que es aún más degradante, Trump está desempeñando el mismo papel de antagonista que anteriormente se le asignó al desafortunado Carter por parte de un régimen islámico ideológico inseguro de su posición interna, pero decidido a mantenerse en el poder.
Inicialmente orquestado por estudiantes militantes que actuaban sin la aprobación de sus superiores, el asedio a la embajada de 1979-1981 fue acogido por el líder espiritual de Irán, el ayatolá Ruhollah Jomeini, como un medio para salvaguardar a la incipiente República Islámica de sus oponentes internos.
Del mismo modo, con un número estimado de 1.700 civiles muertos y ataques devastadores contra la infraestructura civil, la guerra imprudente de Trump está sirviendo como fuente de legitimación renovada para un régimen que se enfrentaba a una crisis existencial tras haber matado a muchos más de sus propios ciudadanos en las protestas masivas del pasado mes de enero.
Tras los primeros ataques militares que acabaron con la vida del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, el 28 de febrero, Trump instó a los iraníes, en un discurso televisado, a levantarse y “tomar el control de su propio Gobierno”.
Ya fuera por la conmoción que les causó el ataque a su país o por el miedo a un régimen despiadado, la población iraní se negó a hacer caso a la llamada. Trump, tras haber celebrado la muerte de Jamenei, cambió de estrategia y afirmó que sería “un placer” reunirse con su hijo y supuesto sucesor, Mojtaba, considerado más intransigente.
De aspirante a cambiar de régimen que prometió a los manifestantes que “la ayuda está en camino”, Trump —al igual que Carter antes que él— se ha convertido en el validador involuntario de las pretensiones de poder de la teocracia.
El descrédito
Ese papel queda perfectamente claro en el memorando de entendimiento (MOU) firmado la semana pasada. “Los Estados Unidos de América y la República Islámica de Irán se comprometen a respetar la soberanía y la integridad territorial de cada uno, y a abstenerse de interferir en los asuntos internos del otro”, reza la cláusula dos del texto, según el resumen facilitado por los estadounidenses, en un lenguaje que parece diseñado para satisfacer el deseo del régimen de obtener garantías de seguridad.
Los iraníes de la diáspora, muchos de los cuales criticaron duramente a Barack Obama por firmar el acuerdo nuclear de 2015 con Teherán y que acogieron a Trump como la última y mejor esperanza para un cambio de régimen, se encuentran desconcertados. Reza Pahlavi, hijo del antiguo monarca derrocado en la revolución de 1979, resumió el estado de ánimo de estos iraníes de forma elocuente recientemente en Washington, criticando a la Casa Blanca por sus “señales contradictorias” que, según él, “están confundiendo muchísimo a todo el mundo”.
Pero la reacción de los iraníes descontentos palidece en comparación con las fisuras en la propia base de Trump. Los partidarios más acérrimos del “America First” dentro del movimiento MAGA del presidente se opusieron a la guerra desde el principio, considerándola una traición a su promesa de acabar con el hábito de las “guerras eternas” en Oriente Medio, por las que había criticado repetidamente a los presidentes anteriores.
Los tradicionales halcones republicanos contra Irán, que apoyaron con vehemencia la guerra, detectan algo que, a ojos de Trump, es aún peor: la debilidad. En su opinión, el presidente “de mano dura” ha cedido su influencia sobre el programa nuclear iraní simplemente para garantizar la reapertura del estrecho de Ormuz, que ya estaba abierto antes de que comenzara la guerra.
Para colmo de la humillación, Trump tiene que soportar ahora la afrenta de que algunos de los medios de comunicación más prestigiosos de EEUU proclamen su derrota, incluido un editorial del New York Times titulado El presidente Trump perdió esta guerra.
Tras abandonar el cargo con el amargo eco de la crisis de los rehenes como banda sonora, la reputación de Carter se recuperó poco a poco, impulsada por su labor como defensor de los derechos humanos tras su presidencia. Sin embargo, Irán, que pasó de ser un aliado a un enemigo implacable durante su mandato, empaña su legado hasta el día de hoy.
Dada la importancia geoestratégica del país, Trump se enfrenta ahora a un descrédito similar, independientemente de los beneficios políticos a corto plazo que pueda suponer la bajada de los precios del combustible tras la reapertura del estrecho de Ormuz.
Otro drama de rehenes
La humildad seguramente le habría guiado por un camino más prudente. Además de Carter, Irán estuvo a punto de hacer fracasar la presidencia de Reagan después de que se revelara que había intercambiado armas con el régimen islámico a cambio de su ayuda para conseguir la liberación de los rehenes estadounidenses retenidos por su grupo chií afín, Hizbulá, en Beirut, lo que supuso un incentivo para que este capturara a más rehenes.
Incluso George W. Bush, considerado el principal defensor de las “guerras eternas” tras embarcarse en campañas de duración indefinida en Afganistán e Irak, tuvo en cuenta los antecedentes históricos y evitó la confrontación directa con Irán.
No así Trump, quien se jactó de hacer lo que ningún presidente antes que él había tenido el valor de hacer.
Al igual que en 1979, los líderes iraníes permanecen en estado de máxima alerta. Pero esta vez tienen a su disposición una herramienta infinitamente más poderosa que la embajada estadounidense, cerrada desde hace tiempo: el control sobre el estrecho de Ormuz y su capacidad para impulsar o hundir la economía mundial
Ahora eso le ha llevado a un terreno incierto y le ha expuesto al riesgo de parecer lo que más desprecia: un perdedor, mientras que los líderes iraníes proclaman la victoria.
Hay una trampa. La sostenibilidad del memorando de entendimiento depende de que se alcance un acuerdo definitivo sobre las actividades de enriquecimiento de uranio de Irán en un plazo de 60 días. Las cuestiones son complejas y la desconfianza mutua es enorme. Los temores iraníes —expresados por los partidarios de la línea dura, pero también compartidos por negociadores más pragmáticos, como el presidente del Parlamento, Mohamed Bagher Ghalibaf, y Abbás Aragchi, el ministro de Asuntos Exteriores— siguen siendo que las condiciones aparentemente generosas de EEUU son una artimaña, diseñada para adormecer a Irán en una falsa sensación de seguridad antes de que se reanuden los ataques militares.
Al igual que en 1979, los líderes iraníes permanecen en estado de máxima alerta. Pero esta vez tienen a su disposición una herramienta infinitamente más poderosa que la embajada estadounidense, cerrada desde hace tiempo: el control sobre el estrecho de Ormuz y su capacidad para impulsar o hundir la economía mundial.
Dos generaciones después del psicodrama geopolítico que le llevó por primera vez a la política, Trump se enfrenta a otro drama de rehenes. Pero la figura en el centro de todo ello esta vez es él mismo, y su propio destino político, que parece estar en manos iraníes. A Carter le habría resultado familiar.