Trump ha sido devorado por el caos que él puso en marcha
No había pasado mucho tiempo desde su promesa de no agravar la guerra contra Irán con ataques a sus centrales eléctricas cuando Donald Trump dio el lunes una sorprendente respuesta a un periodista. “¿Con quién está hablando Steve Witkoff en el lado iraní?”. “Una persona muy importante”, dijo. “¿Quién es?”, insistió el reportero. “No puedo decirlo”, respondió el presidente de EEUU. Sólo negó que fuera Mojtaba Jamenei, el nuevo líder supremo del país. ¿La razón aducida por esta discreción? “No queremos que lo maten”.
Nadie esperaba que Trump cancelara su ultimátum anterior sobre la situación del estrecho de Ormuz y lo sustituyera por un periodo de cinco días en el que se compromete a no atacar la infraestructura energética de Irán. Coincide con todos los días de esta semana en que están abiertos los mercados petrolíferos y las bolsas. Esas supuestas negociaciones, desmentidas rápidamente por el Gobierno iraní, serían imposibles sin un interlocutor. Trump ni siquiera se fía del Gobierno israelí, que podría intentar matar a ese presunto socio para impedir que Washington ponga fin a la guerra. Si los sospechosos son los iraníes, ese interlocutor no tiene poder suficiente como para cumplir los términos de un acuerdo.
La guerra ha comenzado su cuarta semana y Trump no está más cerca de conseguir sus objetivos que el primer día. Alterna los mensajes belicistas con otros más optimistas. Un día, promete la “destrucción completa” de Irán, lo que inevitablemente llevará su tiempo. Al otro, afirma que “estamos cerca de cumplir nuestros objetivos”. Anuncia que los barcos pueden navegar por Ormuz para amenazar después al Gobierno iraní con el peor de los desenlaces si no levanta el bloqueo (que no afecta a todos los países).
La cúpula política y militar de Irán ha sido diezmada, pero el régimen sigue controlando todos los resortes del poder. La aviación israelí y norteamericana ha atacado comisarías y centros de los Guardias Revolucionarios en Teherán con la esperanza de que las fuerzas de seguridad pierdan el control de la calle. Eso no ha ocurrido ni tiene visos de ocurrir.
Pocos días antes del inicio de la campaña de bombardeos, el director del Mossad, David Barnea, comunicó a su primer ministro, Binyamín Netanyahu, que tenía un plan para promover una rebelión masiva con el que provocar el colapso del Gobierno iraní, según The New York Times. Los servicios de inteligencia norteamericanos ya habían decidido antes de la guerra que las posibilidades de que esa revuelta tuviera éxito eran muy bajas. Pero Netanyahu consiguió convencer a Trump de que ese era uno de los motivos que justificaban iniciar una ofensiva que había sido rechazado por todos los presidentes de EEUU desde 2001.
“No se pueden hacer revoluciones desde el aire”, admitió Netanyahu el 19 de marzo en lo que era el primer reconocimiento explícito de los arquitectos de la guerra de que no habrá rebelión en Irán.
El estrecho de Ormuz es una de las arterias económicas esenciales del mundo. Durante décadas, se ha dicho que era el gran activo con el que contaba Irán para disuadir a sus enemigos de iniciar una guerra. Cualquier interferencia en el tráfico marítimo tendría consecuencias dramáticas en las economías de Europa y Asia. 21 millones de barriles de crudo y combustible circulan cada día por esa vía, en torno al 20% mundial. La guerra ha causado que el número de petroleros que lo utilizan haya caído a la mitad. La repercusión en el precio del petróleo y del gas ha sido inmediata.
Todas las exportaciones de gas de Qatar y las de petróleo de Kuwait pasan por Ormuz. Hay 450 petroleros atrapados en el Golfo Pérsico antes de alcanzar Ormuz, mientras otros 300 están esperando al otro lado, en el Golfo de Omán, según los números que maneja S&P Global Market Intelligence.
Una de las ideas supuestamente brillantes que ha adoptado la Administración de Trump ha sido enviar a miles de marines a la región y filtrar la opción de la toma de la isla de Jarg, en la zona norte de Ormuz, donde se encuentra la mayor terminal para la exportación de crudo en Irán. De forma frívola, el senador republicano Lindsey Graham dijo en televisión este fin de semana sobre un asalto a la isla: “Nosotros lo hicimos en Iwo Jima. Podemos hacer esto”. Los norteamericanos sufrieron cerca de 7.000 muertes y 19.000 heridos al derrotar a los japoneses en esa isla en 1945.
Hacerse con el control de Jarg sería mucho más fácil. Sin embargo, los marines quedarían en una posición extremadamente vulnerable, expuestos a los ataques con misiles y drones iraníes y con serias dificultades para recibir los suministros necesarios. Ocupar la isla no impediría además a Irán continuar exportando su petróleo. Hay un dato importante: el grueso de esa fuerza expedicionaria no llegará a la región hasta el próximo viernes, cuando acaba el periodo de espera anunciado por Trump.
Irán ha tenido éxito en llevar la guerra al territorio de los aliados de EEUU en el Golfo Pérsico. Los daños infligidos no han sido enormes, pero los suficientes para hacer ver a Arabia Saudí, Qatar, Emiratos y Kuwait que a ellos también les interesa que la guerra no se prolongue. Cuando Israel subió la apuesta y atacó el mayor campo gasístico iraní, dejó patente que esperaba una represalia de Teherán contra sus vecinos, lo que serviría para prolongar la guerra. Irán respondió en términos similares con un ataque con drones sobre la infraestructura del gas de Qatar.
La estrategia disuasoria iraní había aparecido en todos los artículos sobre una posible guerra contra Irán. El país no puede defenderse militarmente de una agresión conjunta de EEUU e Israel. Lo que sí puede hacer es ampliar las consecuencias del conflicto a toda la región y los efectos económicos a todo el mundo.
Trump ha preferido negar la evidencia: “Mira la forma en que Irán atacó inesperadamente a todos los países que le rodean”, dijo el lunes. “Se suponía que eso no iba a ocurrir. Nadie estaba pensando en ello”. Sólo ha sido una sorpresa para él.
Después de haber anunciado sin pruebas que Irán estaba a punto de conseguir armas nucleares gracias a su programa de enriquecimiento de uranio o de que estaba dispuesta a atacar objetivos norteamericanos, Trump está obligado a conseguir algo real que le permita anunciar un triunfo claro a cuenta del programa nuclear iraní.
Ese es el origen de algunas informaciones de la prensa estadounidense que han planteado la opción de una operación de comando de las Fuerzas Especiales con la misión de apoderarse de los 400 kilos de uranio enriquecido al 60% en posesión de Irán. Se supone que se encuentran en una instalación nuclear subterránea cerca de la ciudad de Isfahan que fue bombardeada en junio de 2025.
Es más fácil escribir y producir una película con ese argumento que hacerlo realidad. “Es casi imposible para las Fuerzas Especiales de EEUU e Israel llegar a territorio hostil y extraer con facilidad el material de fisión iraní. Asegurarse de poder identificar el uranio altamente enriquecido y hacerse con él exigiría una presencia militar fuerte y prolongada sobre el terreno o la cooperación del Gobierno de Irán”, ha escrito un antiguo alto cargo norteamericano con experiencia en la recuperación de uranio enriquecido y plutonio en la antigua Unión Soviética.
EEUU y sus aliados pueden estar seguros de una cosa. El régimen iraní no va a ser derrocado en los próximos meses. En segundo lugar, ahora tiene más motivos que nunca para convertir su programa de enriquecimiento de uranio en otro de producción de armas nucleares. Ese sería el único factor de disuasión del que carece en estos momentos. En ese caso, Trump sería el mayor responsable de que las autoridades iraníes se decidieran a seguir por ese camino.