Estamos cambiando el mundo

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Hace unos días hablé con una señora. Una vecina de Logroño de 68 años (ella me lo dijo, yo no le pregunté). Casada, con hijos, un nieto y una mascota. Está jubilada, lógicamente. Tiene conciencia social, pertenece a varias ONGs y quiere cambiar el mundo. Así de “lisa y llanamente”. Lo expresó con naturalidad, sin afectación alguna, como si hubiera dicho: “quiero comprarme un vestido”. A mí me sorprendió su espontaneidad.

Esta mujer que quiere cambiar el mundo tiene algunas ideas para poner en marcha su objetivo. Empezaría por crear un logo sencillo, casi infantil, naif. La imagen iría acompañada de un eslogan tipo: “Sonríe porque vamos a cambiar el mundo”. Esa imagen se difundiría por todos los canales y medios; y al cabo de un tiempo, imperaría en todos los confines del planeta. Cuando dejé de hablar con ella, estuve un buen rato sonriendo e imaginando: ya veía en los autobuses, trenes, aviones, coches, en las cadenas de televisión, puertas de acceso a institutos, colegios, universidades, hospitales, instituciones varias y variadas el logotipo identificativo de quienes como esta mujer quieren cambiar el mundo. Mi cabeza voló. Estaba convencida de que somos más, muchos más, los que también queremos cambiar el mundo. Somos muchos más los que en nuestro país, por esa educación judeocristiana que hemos recibido todavía nos resuenan frases como: “No podéis servir a Dios y a la riqueza”; “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y poseerás un tesoro en el cielo”. 

Y tanto en España, como en otros países, que aunque laicos, son mayoritariamente católicos y cristianos tienen que estar más acostumbrados a escuchar en sus ritos religiosos mensajes de este tipo que recoge el nuevo testamento y otros de parecido significado, cuyas raíces están en los escritos anteriores al nacimiento de la Iglesia.

Los “amos del mundo y señores de las guerras”, dicen ser religiosos y practicantes. Me da igual que religión profesen. Ninguna predica la maldad, ni la desigualdad, ni la codicia, ni la acumulación de poder. Tampoco los seguidores de Mahoma son representantes del mal en la tierra. No conozco a nadie que diga ser ateo y en función de esa creencia se considere dispuesto a hacerse, ni por las buenas, ni por las malas, con lo de los demás. Agnósticos, creyentes en cualquier fe, ateos… La mayoría de los que vivimos, queremos seguir viviendo. Hasta los más vulnerables tienen apego a la vida. Lo vemos en esas mujeres afganas sin derechos, en sus hijas sin escuela. Lo constatamos en los escombros de Gaza que son el cobijo de hombres, mujeres y niños mutilados física y mentalmente por las bombas. Se repite en Europa. Hace treinta años en los Balcanes y ahora en Ucrania, atropellada desde hace casi cuatro años por las armas de Putin. En toda la tierra, los seres humanos queremos vivir. Me atrevería a decir que queremos ser felices. ¿Por qué no lo conseguimos? Desconozco la respuesta, aunque estoy segura qué hay más de una y ninguna está en lo que vemos, leemos y oímos todos los días en los informativos y en las malditas redes sociales. Tampoco en los gritos de odio que se escuchan en los campos de fútbol, ni en los aplausos a quienes acosan, abusan y maltratan.

Nosotros somos más y tenemos la razón. Ellos son pocos tienen el poder, las armas y el dinero. Mantener y ampliar lo que tienen les cuesta mucho, se ven forzados a delegar en vasallos que se inclinan ante ellos, aunque por unas pocas monedas más se pueden inclinar ante sus contrarios. Lo tienen, pero quieren más no saben que tanto no se puede controlar. Se devorarán entre ellos mismos, como Saturno devoró a sus hijos en las pinturas negras de Goya. Se sacarán las entrañas y mientras tanto, nosotros los que somos más y tenemos la razón , despertaremos de esta borrachera a la que nos han conducido y sonreiremos como en el “logo”, porque estaremos cambiando el mundo.