¿Con qué mapa pilotas tu vida?

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Paco, ¿qué coño haces aquí?

Tú, ¿cómo has llegado hasta aquí?

No fueron preguntas retóricas.

Eran reales. Incómodas.

No las busqué. Surgieron.

Me asaltaron un día de 2020, en plena pandemia.

Sentado en un espacio de trabajo improvisado —como tantas otras personas—, con la agenda saturada y el ruido constante de la urgencia, las reuniones y la responsabilidad. 

Precisamente por eso mi cerebro me paró. 

Seguir en automático ya no era una opción.

Parar para volver a ver

No fue tanto una invitación a mirar hasta dónde había llegado, sino como que algo dentro de mí se abrió paso. Quizá porque era justo el momento. Quizá porque mi cabeza —o mi cuerpo— necesitaban que parara de una vez.

De repente, se me vino todo encima: el nivel de responsabilidad que sostenía en ese momento, las decisiones tomadas, los riesgos asumidos, la incertidumbre atravesada. Y, al mismo tiempo, una sensación clara de estar exactamente donde tenía que estar, aunque aún no supiera explicarlo del todo.

Entonces aparecieron las lágrimas.

No desde la tristeza, sino desde la conciencia.

Recordé que hacía “solo” 35 años era camarero. Una profesión que me encanta, en la que fui profundamente feliz y que me regaló aprendizajes que sigo utilizando cada día: escucha, empatía, gestión emocional, resiliencia, lectura del contexto, trato humano. 

Nada de eso fue tiempo perdido. 

Todo era camino.

El camino nos explica más de lo que parece

Durante mucho tiempo pensé que había etapas de mi vida que no encajaban.

Hoy sé que cada una de ellas me estaba preparando para algo. 

Mi vida personal y profesional nunca fue, ni lo sigue siendo, lineal. Y esa aparente incoherencia es, precisamente, lo que le da sentido a mi camino.

Me he reinventado varias veces. No por inestabilidad ni por falta de talento, sino por fidelidad a lo que iba descubriendo de mí mismo y a la necesidad —cada vez más clara— de vivir alineado con mi propósito.

Ese día de 2020 decidí empezar a escribir. No para dar lecciones.

Para compartir aprendizajes. Con la intención de que mi recorrido pudiera ser útil, quizá motivador, ojalá inspirador, para el tuyo.

¡No estás perdido/a! Estás usando un mapa diseñado para un paisaje que ya no existe

El sociólogo Zygmunt Bauman, en su obra Modernidad líquida, puso palabras a una sensación colectiva: vivimos en un mundo donde las certezas se diluyen, las estructuras ya no sostienen y la estabilidad dejó de ser la norma.

Vivimos en tiempos líquidos. 

Tiempos donde las trayectorias ya no se heredan y donde cada persona tiene que construir su propio recorrido, muchas veces sin referencias claras.

Cuando hablo de mapas me refiero a esas ideas, creencias y guiones que hemos interiorizado sobre cómo “debería” ser una vida o una carrera profesional: estudiar algo “con salidas”, permanecer muchos años en la misma empresa, ascender sin desviarse, no cambiar demasiado, no dudar, no atreverte para no fracasar.

Son mapas que durante décadas sirvieron para orientarnos, como un GPS antiguo que funcionaba bien hasta que el paisaje cambió. 

Y el paisaje se ha transformado de verdad: ya no son las mismas carreteras las que lo atraviesan, ni existe una única vía para llegar a un destino. Hoy podemos llegar al mismo lugar por distintas bifurcaciones, eligiendo recorridos diferentes según la etapa vital, las circunstancias o, simplemente, según la carretera por la que más disfrutamos conduciendo hacia aquello que queremos construir.

El problema no es la liquidez

Que el paisaje haya cambiado y que existan múltiples carreteras para llegar a un mismo destino no es, en sí mismo, un problema. El problema aparece cuando seguimos conduciendo como si nada hubiera cambiado, esperando que alguien nos diga por dónde ir o nos garantice que no habrá desvíos.

Durante años nos enseñaron a seguir caminos trazados: estudia, trabaja, asciende, no hagas ruido, permanece.

Esos mapas funcionaron en contextos estables, predecibles y relativamente seguros.

Pero hoy muchas personas no se sienten perdidas por falta de talento o compromiso, sino porque esos mapas ya no se corresponden con la realidad que viven.

Y aquí aparece algo importante: esta liquidez no es solo una amenaza. 

También es una oportunidad enorme.

Porque si los caminos no están prefijados, podemos elegirlos con mayor conciencia.

Si no hay trayectorias únicas, existe la posibilidad de diseñar vidas más coherentes con quienes somos y con quienes queremos llegar a ser.

Eso sí, exige algo a cambio: hacernos responsables de nuestras decisiones.

Elegir no es fácil, pero no elegir también es una decisión.

La trampa de los caminos heredados

En el ámbito profesional ocurre exactamente lo mismo.

Las personas ya no buscan solo estabilidad; buscan sentido, desarrollo y coherencia. Y los equipos no se comprometen con discursos, sino con contextos que les permitan crecer.

Aquí cobra sentido —sin etiquetas ni dogmas— una manera más humana y responsable de liderar, una que entiende que los objetivos solo se alcanzan cuando se tiene en cuenta a las personas que los hacen posibles.

Las personas no quieren que les digan por dónde ir.

Quieren saber si pueden confiar en quien les acompaña.

No se trata de dirigir trayectorias ajenas.

Se trata de crear entornos donde cada persona pueda construir la suya.

Cuando se acompaña desde la coherencia, cuando se cuida el contexto, cuando se ofrece seguridad y sentido, el compromiso deja de ser una exigencia y se convierte en una elección.

Del relato a la acción

Para no quedarnos solo en la reflexión, te comparto algunos aprendizajes prácticos. 

No son recetas universales, pero sí puntos de partida que he ido aprendiendo a lo largo el camino, para transitar mejor este contexto líquido, tanto si lideras a otras personas como si estás liderando, como deseo que sea, tu propia vida.

Si lideras a personas o equipos: puedes empezar por aquí

  1. Cambia el control por conversaciones con sentido. Pregunta más por el “para qué” que por el “cómo” y el “por qué”.
  2. Normaliza las trayectorias no lineales. No todas las carreras tienen que ser ascendentes para ser valiosas.
  3. Acompaña decisiones, no dependencias. Liderar no es retener; es acompañar para elegir.
  4. Cuida la coherencia. Las personas no siguen discursos, siguen comportamientos.

Si no lideras equipos, pero sí tu vida: también va contigo

  1. Asume que cambiar no es fracasar. Es ajustar el rumbo con la información disponible.
  2. Deja de compararte con mapas ajenos. Cada camino tiene tiempos y ritmos distintos.
  3. Hazte preguntas incómodas antes de que sea tarde. Mirar hacia otro lado suele salir más caro.
  4. Construye tu propósito en movimiento. No necesitas tenerlo todo claro para empezar a caminar.

Es verdad, no vivimos tiempos fáciles.

Pero te aseguro que sí son tiempos profundamente interesantes.

Quizá no se trate de encontrar respuestas definitivas, sino de atreverte a revisar el mapa con el que estás pilotando tu vida.

Yo sigo haciéndome aquellas dos preguntas desde 2020.

No porque no tenga rumbo, sino porque me ayudan a no caminar en piloto automático.

Y entonces tú, ¿con qué mapa estás intentando vivir hoy?