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Sobre este blog

Líbero es un proyecto independiente de los grandes grupos editoriales. Se trata del producto diseñado por un grupo de periodistas que un día tuvieron un sueño: una revista de fútbol que trate la afición por este deporte sin gritar, con buen gusto y con profundidad.

“Los futbolistas representan lo que delegamos en ellos: un sindicato, una universidad, una ciudad o un país entero”

El escritor Juan Villoro durante la entrevista. Alejandro Icaza

Mariana Linares

México DF —

Fija su mirada en el televisor. Un biombo, una pared y una muralla le resguardan. A él y a su mirada fija. Mientras, su voz se mueve, sube hacia el techo, encuentra un hueco, se filtra entre las mamparas, cruza hacia los reproductores de vídeo, dribla las cámaras, se adelanta hasta el foro y dispara: “Son las siete en punto. ¿Cuántos programas faltan por revisar?”.

El cronista, novelista y ensayista mexicano también coloca sus palabras en la radio y en la televisión. El movimiento de una pelota sobre una cancha es uno de sus temas. Pero no el único. Lo mismo toca a la idiosincrasia mexicana que a las palmeras de la brisa rápida, la política reciente con rostro de dinosaurio o el pasado todavía más lejano –en dos meses ha recorrido 28 monumentos arqueológicos en México–, los plagios literarios o los pánicos por las compras de fin de año. Es un jugador todo terreno.




Habla, escribe, padece, compadece de fútbol. ¿Dónde está el origen de tanta esta pasión?

El fútbol representó para mí un deseo de pertenencia. En la infancia viví en un barrio donde todos eran del Necaxa, un equipo pintoresco que, originalmente, pertenecía a un sindicato de electricistas. El Necaxa era una escuadra no muy fuerte, bohemia, gitana, que podía ganar ante el Santos de Pelé o perder contra el último de la tabla, pero hizo que un grupo de personas de la colonia se convirtiera en ferviente seguidor. Aficionarme al Necaxa fue pertenecer al barrio y a mi propio país. Hasta la fecha soy de este equipo porque es imposible cambiar o negar la infancia, es la única traición que no puedes hacer en la vida.

Tras su divorcio, mi padre pasaba a por mí los domingos y no sabía qué hacer conmigo. Me llevó al zoológico, al cine y, finalmente, al fútbol. Para él, resultó la mejor manera de entretenerme y para mí, la grata sensación de formar parte de un colectivo. Quizás, si no hubiera sido hijo de divorciados no habría ido a tantos estadios en mi infancia. Veo al fútbol como ese deseo de integración. También jugué mucho fútbol, lo que me dio un sentido de pertenencia. No tuve las facultades para seguir como profesional pero estuve en la antesala, y ésa idea de grupo fue esencial para mí en un momento donde me sentía muy al margen del entorno.

En 1998 pasó una temporada de intensidad literaria dentro de un estadio. 'La Jornada' le envió a cubrir el Mundial de Francia donde escribió la columna 'Dios es redondo'. Luego lo hizo libro. Al hacer cuentas, lleva casi 50 años rodeándose de aficionados. Sabe de estadios, de puntos de vista dentro de ellos, de las miradas que no mira la televisión durante la transmisión de un partido. ¿Qué lugar ocupa cuando acude a un estadio?

En un estadio el mejor lugar es, simplemente, el que encuentres. Si se trata de elegir, me gusta estar en el segundo piso cerca del córner, orientado hacia una portería. Aclaro que no es un lugar totalmente en la esquina, si no aquel ubicado en el pico del área grande viendo esa portería y con perspectiva hacia la otra portería. Sin embargo, nada sustituye la visión en un estadio. En un estadio es muy importante percibir el juego donde no está la pelota y la televisión es esclava de la pelota: narra el mundo de acuerdo a la situación de la pelota. Hay muchas cosas que pasan en la cancha, como movimientos, desplazamientos, tácticas, huecos que se abren, que no tienen que ver con la situación de la pelota y eso solo puedes verlo en un estadio.

¿Su momento más incómodo dentro de un campo?

La violencia siempre te incomoda. Por ejemplo, recuerdo la presencia de los 'hooligans' en el Mundial del 90, o broncas fuertes que he vivido en estadios en México –en general, son bastante tranquilos–. Me tocó entrar al estadio de Boca Juniors muy cerca del túnel por el que entraban los jugadores del River Plate. Es una locura la agresión con la que los reciben: les tiran llaves, candados, piedras. Me impactó mucho.

¿Y cuando no puede estar dentro?

Cuando hay un partido que me importa, aparto el momento del día para concentrarme en ello y sintonizarlo. Me gusta mucho ver el fútbol con amigos, aunque eso signifique una enorme prueba de amistad. No tienen que ser espectadores especializados pero sí con el mismo tipo de compromiso. Si juega el Necaxa o el Barcelona hay un partidismo personal muy fuerte y prefiero ver el encuentro con los de mi equipo que con adversarios. Detesto ver un partido con alguien que se dedica a tratar de desmitificar el fútbol –tarea bastante inútil, por cierto, porque el fútbol es el principal entretenimiento del planeta–. Son este tipo de personas que se pasan de inteligentes y quieren demostrarnos que somos unos imbéciles viendo el partido y hace bromas como: “¿Quién está jugando?”, cuando van 42 minutos de juego o “¿Quiénes son los blancos?”, para minimizar lo que sucede en la cancha.

El hincha puede pertenecer al género de los ardientes, los melancólicos, los cardiacos o los nostálgicos, pero ante todo y en forma sorprendente es alguien que se resigna, escribió en 'Dios es redondo'. ¿Qué tipo de aficionado es usted?

Uno que se enoja y se frustra mucho. “Mejor no le hablamos a papá”, dice mi hija cuando escucha que le empataron al Barcelona; pero si ve que éste gana me pide el regalo que me pensaba pedir y yo, naturalmente, se lo doy. Es extraño como el destino de una persona, pretendidamente racional, depende de lo que pasa en el juego. Sin embargo, ser aficionado al Necaxa te vuelve tolerante a la frustración. El equipo ha desaparecido dos veces de primera división, lo compró el América, el antihéroe del fútbol mexicano porque, en parte, le pertenece a Televisa –que es como la fuente del mal en la comunicación en México–, y se lo llevaron para Aguascalientes, que es como irse a la Patagonia. Además, su afición ahora es japonesa porque allí está la planta de autos Nissan más grande de América Latina. En resumen: mi equipo de la infancia juega en Aguascalientes y lo apoyan los japoneses, una extravagancia monumental. Pero, lo dicho: no puedo abjurar de ese equipo.

Tampoco abjura del fútbol como un asidero a la realidad, la suya y la colectiva. El fútbol es, en sí mismo, asunto de la palabra, escribió. ¿Qué otros asuntos hacen que el fútbol sea tan seductor ?

Por un lado, la recuperación voluntaria de la infancia: regresar al niño que eras a partir de la emoción que te vuelve a provocar un partido de tu equipo. Por otro, la recuperación del pasado colectivo: el origen de lo que fuimos como especie, la tribu del comienzo con sus caras pintadas, consignas extrañas, banderas y que se ordena para combatir por la misma causa. Otra de las cosas esenciales para preservar la pasión por el fútbol y justificarla es la democracia física que implica: cualquiera puede jugarlo y el mejor jugador, rara vez, es un atleta consumado. El fútbol es uno de los pocos deportes que admiten el empate. Incluso el empate a cero, que parece un no resultado, una performance, arte conceptual, una puesta en escena del vacío, puede ser uno de los mejores partidos. El hecho de que los aficionados podamos resignarnos a ése marcador, es extraordinario. Además, el fútbol es el deporte más injusto de todos. El hecho de que el árbitro sea un pobre hombre que trata de soplar la justicia como puede –a veinte metros de la jugada, con la vista bloqueada por un jugador, palpitaciones, sudoroso– y, en un segundo, decidir el destino es la mayor representación de la fatalidad humana. La vida está llena de arbitrariedades y el futbol, también.

Cuando los héroes numerados saltan a la cancha, lo que está en juego ya no es un deporte. Alineados en el círculo central, los elegidos saludan a la gente. Sólo entonces se comprende la fascinación atávica del fútbol. Son los nuestros, escribió en el libro 'Los once de la tribu'. ¿Qué se pone en juego además de una pelota?

El fútbol es un espejo acrecentado de la sociedad. Refleja de manera dramática y hasta desmesurada lo que somos como sociedad. Es una caja de resonancia de todo lo que sucede. No es casual que haya habido brotes de insurrección en los estadios, que se expresen conflictos sociales o se manifiestan atrocidades como la xenofobia, el racismo, el machismo. Es inevitable, pero no es positivo. La política también se expresa con fuerza en los estadios, inclusive en países que uno entiende como avanzados en lo cultural, como Italia, donde el dueño y presidente del Milan se convirtió en presidente de la República por su éxito en el fútbol y por utilizar lemas del fútbol. Lo que ocurre en la cancha debe ser más importante que lo que ocurre en las tribunas. Pero los estadios, y eso lo vio muy bien Elías Canetti, son espacios donde la masa se ve y contempla a sí misma, y es consciente de su propia fuerza.

Pelé, Didí, Di Stefano, Zidane, Ronaldo, Ronaldinho. Los conoce a todos. Los ha perseguido con la mirada y con las palabras. A Diego Armando Maradona, inclusive, ya le escribió un obituario publicado en la revista colombiana 'SoHo'. ¿Qué significa ser futbolista?

Los futbolistas, cuando están en la cancha, representan lo que nosotros delegamos en ellos: un sindicato, una universidad, una ciudad o un país entero. Es lo más importante que puede tener el fútbol como delegación emocional y que también lo convierte en algo irrenunciable. Cualquiera puede ser futbolista si encuentra una habilidad peculiar, una picardía que lo distinga. Alguien puede ser regordete, y ser Maradona; o espigado y no muy fuerte, y ser Beckenbauer. El futbolista debe saber cuál es su habilidad, desarrollarla y capitalizarla. Eso es lo que los convierte en héroes homéricos. Por ejemplo, Jorge Valdano dice que nunca supimos si Hugo Sánchez podía driblar o no porque jamás lo intentó, no trató de hacerlo, no se metió en ese problema pero se dedicó a perfeccionar la tijera. Lo mismo Beckham con su tiro a balón parado o Maradona y sus caracoleos.

El futbolista completo no existe, no hay atletas del fútbol –aunque sí casos excepcionales, como Cristiano Ronaldo–. Nadie que mida un metro cincuenta podrá ser jugador de baloncesto, nadie que pese sesenta kilos podrá jugar fútbol americano pero cualquier persona con estas características puede ser una estrella del fútbol. Por ejemplo, tú ves a Iniesta en la calle y no piensas que es un atleta, cuando se trata de un genio del fútbol.

¿También cualquiera puede ser aficionado?

Cualquiera que tenga buenas pasiones puede ser aficionado. Eso sí, hay que tener capacidad de entregar la emoción en el nombre de un equipo, la vocación para resignarse y la lealtad a los colores. No todo el mundo está dispuesto a ello. Escoger un equipo también te templa el carácter. Si tú has escogido un equipo al que le puede pasar cualquier cosa tienes muchos anticuerpos contra la adversidad. En México, por ejemplo, el aficionado necesita una capacidad de autoengaño bastante alta. Los mexicanos somos expertos en ello porque la ilusión es más grande que la realidad y pertenecer a una horda futbolística tiene que ver con refutar la evidencia, el resultado. El aficionado mexicano ha hecho más esfuerzo y ha estado por encima de la propia Selección Nacional.

El equipo mexicano del Necaxa tiene una afición japonesa; la mayoría de los hinchas del Barcelona viven fuera de España. ¿Cómo se han modificado las identidades y las pertenencias en el fútbol?

En el fútbol hay identidades locales y globales. Con la televisión vía satélite surgió la posibilidad de ver las mejores ligas del mundo, lo que generó una vocación global por el fútbol y fenómenos de identidad que no se habían visto antes. Pero nunca será lo mismo cantar el himno para un catalán dentro del Camp Nou que para un aficionado de cualquier otra parte del mundo.

¿A quién le canta la afición española?

La afición española está muy partida: disfruta mucho más los grandes triunfos de sus equipos que de los triunfos de la Selección. No ha habido en el imaginario español una extraordinaria pasión por la Furia, como antes se le llamaba, o La Roja, como se le llama ahora –en una expresión más políticamente correcta–. La actual Selección de España está conformada por una extraordinaria generación de futbolistas que la han llevado a ganar dos veces la Copa de Europa y un Campeonato Mundial de Fútbol, y ha reinventado el estilo de juego siguiendo, sobre todo, el esquema del Barcelona. Además, es un equipo muy simpático, sin estrellas ni protagonismos, conformado por jóvenes de clase media, bastante solidarios, igualitarios y sin prejuicios. Es una representación de la sociedad española en sus mejores aspectos y del espíritu de España, en su conjunto. Sin embargo, al aficionado español siempre le gustará más que gane el Real Madrid, el Athletic de Bilbao o el Betis.

¿Qué hace diferente a la Liga española?

En el caso de la Liga de España se trata de un torneo entre dos –ahora hay un tercer contendiente que es el Atlético de Madrid, gracias al 'Cholo' Simeone–. Después de ellos, en la parte baja, hay mucho más emoción porque todo puede suceder. Se trata de ocho equipos que realmente se están jugando la vida. La Liga española ha seguido demasiado los flujos del dinero, entonces hay jugadores como Cristiano Ronaldo que valen más que todo un equipo de la misma liga. Se pueden hacer planes a largo plazo, los clubes pueden tener una política congruente con sus propios fines, pero el gran problema es el desnivel de recursos entre unos clubes y otros, y que no hay topes ni regulación para estos gastos. La desproporción que hay entre los planteles hace que sea imposible la competitividad real, y eso es un desastre.

¿Y la mexicana?

El gran problema de la Liga mexicana es que la televisión es quien decide el fútbol, y por eso crea mini campeonatos. Las liguillas se fomentan para que haya una sensación de apremio y de competitividad extrema, son torneos de eliminación directa muy emocionantes pero impiden planes a largo plazo, trabajar con la cantera o probar jugadores. Los jugadores se vuelven muy resultadistas y los entrenadores que pierden tres partidos seguidos en un torneo corto tienen que hacer las maletas. No hay consistencia. Todos los técnicos de la Selección Nacional, desde hace diez años, han pedido que se regrese a los torneos largos para que se generen planes a largo plazo. Sigue sin suceder. Tampoco hay estabilidad en los equipos. En el futbol mexicano es muy raro el equipo que gana dos torneos seguidos, lo normal es que el equipo campeón tenga problemas en la siguiente temporada. Los jugadores llegan con altibajos y no se sabe quién es el que va a jugar bien o mal.

Cristiano Ronaldo es extraordinario; Lionel Messi, un niño que juega maravillosamente bien; Iniesta, un genio. ¿Y Javier Hernández, 'El Chicharito'?

'El Chicharito' pasa por todos los avatares de un futbolista que no es un superdotado: tiene enorme sagacidad, con muy buena suerte –cosa que debe acompañar a un delantero centro– y, por momentos, con sus dificultades. Tiene suficiente calidad para salir adelante. Es muy buen futbolista, lo ha demostrado. Habrá que ver si se puede acomodar en el Manchester United, un equipo de altísimo rendimiento. Lo que está en duda en su permanencia. Probablemente es un futbolista que rendiría mejor en un equipo donde fuera más útil y pudiera jugar con mayor regularidad.

¿Qué letras sobre fútbol recomienda?

'Fútbol a sol y sombra', de Eduardo Galeano; 'Fútbol: una religión en busca de un dios', de Manuel Vázquez Montalbán; la novela 'Soñé que la nieve ardía', de Antonio Skármeta; el cuento 'Puntero izquierdo', de Mario Benedetti; los libros que, desde el conocimiento del fútbol, ha escrito Jorge Valdano. Desde el punto de vista periodístico, me gustan mucho las 'Historias del calcio', de Enric González; 'Boquitas', la biografía del Boca Juniors, que escribió Martín Caparrós; las crónicas de Santiago Segurola y Nelson Rodríguez, quien bautizó a Didí como “el príncipe”.

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