El 'Cinema Paradiso' de Madrid que sobrevive a lo Times Square: “Era la única forma de no convertirse en otro Zara”
Su primer recuerdo en el cine es el de un niño jugando a esconderse entre las butacas. Cuando era pequeño, el padre de Josué Reyzábal (Madrid, 1980) lo llevaba a la sala principal y él se quedaba sentado al lado, divirtiéndose con el proyeccionista y unos muñecos o acompañando a la familia mientras oía anécdotas de aquel lugar. Ahora es un adulto y se ha convertido en “otro eslabón más de la cadena”, como él mismo repite en varias ocasiones. Desde que lo nombraron consejero delegado de los Cines Callao y se convirtió en copropietario del negocio junto con su madre y su hermana, parece tener cada vez más claro que estos 100 años de historia ya no caben en un solo auditorio.
Si alguien rodea hoy el emblemático edificio junto a la Gran Vía de Madrid, y observa su estructura, aún puede viajar a aquel cinematógrafo que un siglo se estrenaba con una película de cine mudo. Era Luis Candelas, el bandido de Madrid, un filme de Armand Guerra sobre un bandolero de Lavapiés. Con él se inauguró un nuevo portal a otros mundos, en un momento en el que las historias sonoras aún no habían llegado a la gran pantalla española y el país vivía bajo una dictadura, la de Miguel Primo de Rivera. La imagen actual es muy diferente: su fachada art decó se mantiene, pero el negocio del cine se ha extendido a toda una plaza integrada en un paisaje de pantallas LED, anuncios de grandes compañías y macroeventos comerciales.
“Ser la guinda de las marcas es lo que nos hizo sobrevivir”, reflexiona Josué Reyzábal, que encarna a una tercera generación al frente de los Cines Callao: el primero fue su abuelo, Julián Reyzábal, que se hizo con el edificio poco después de su inauguración el 11 de diciembre de 1926; luego continuó su padre, Jesús Reyzábal Larrouy, también dueño de la emblemática Torre Windsor en el corazón de Azca. Y ahora es turno.
El proyecto del cine se encargó en los años 20 a un joven Luis Gutiérrez Soto, que desde entonces se consolidó como uno de los arquitectos de cabecera en la capital. Las obras se ejecutaron en poco más de siete meses sobre un solar muy alargado, con forma trapezoidal y la vocación de combinar el cine con usos múltiples a su alrededor. “En estos cien años, el modelo de exhibición cinematográfica ha cambiado por completo: cuando abrimos los Cines Callao no existían plataformas, móviles, Internet ni piratería. Ni siquiera había televisión, y eso hacía que todo rodara solo con las películas”, reflexiona Josué Reyzábal, que hoy lo ve de un modo distinto.
Durante sus primeros años, Callao también se convirtió en un escaparate de las transformaciones tecnológicas del cine. En 1929 proyectó El cantor de jazz, considerada la primera película sonora y hablada estrenada en España. Un año después acogió El cuerpo del delito, rodada en Hollywood con actores españoles y la primera hablada en español. Después llegaron la primera película en color proyectada en España, en 1935, y la primera cinta en 3D, Bwana, diablo de la selva, en 1953. El edificio no se limitaba a exhibir películas: durante décadas fue también un escaparate de hacia dónde avanzaba el propio cine.
Pero esa vocación de combinar celuloide y otros usos acabaría siendo una constante. En el proyecto original de Gutiérrez Soto, el arquitecto dejó espacio a un edificio de oficinas posterior para reducir la longitud de la sala y, al mismo tiempo, sostener la pantalla del cine de verano situado sobre la cubierta. Casi un siglo después, la versatilidad del espacio ha sido clave para adaptar todo un modelo de negocio. “En poco tiempo han cerrado unos 40 cines en Madrid. Era diversificarnos o dejar que este lugar se convirtiera en otro Zara”, remarca su actual dueño.
El inmueble ha estado ligado a la saga familiar y empresarial de los Reyzábal. Su modelo tampoco consistía exclusivamente en vender entradas: primero explotaron cines, discotecas y otros espacios de ocio; y hoy existe a su alrededor todo un mercado publicitario de grandes pantallas para acoger a grandes anunciantes. El tercer Reyzábal al mando del negocio prefiere no desvelar qué porcentaje de ingresos le proporcionan estos spots, pero sí reconoce que sin ellos difícilmente podrían sostener la actividad diaria de una sala cinematográfica en una zona cada vez más encarecida como es el entorno de Callao. Según el portal inmobiliario Idealista, el precio actual ronda los 9.000 euros el metro cuadrado.
Pero la historia de aquel sótano fue un augurio de lo que luego ocurrió con toda la plaza: un mismo lugar ha integrado cines, café, sala de billar, comedor, la discoteca Xenon o una terraza donde proyectar películas durante el verano. Este último espacio era ya un recuerdo de los primeros años del edificio, aunque en 2025 volvió a abrir reconvertida en un hall corporativo al aire libre, donde celebrar cocktails con las estrellas invitadas, presentaciones o afterworks. En tanto tiempo hubo lugar para momentos difíciles, especialmente cuando el mundo del cine comenzó a flaquear y las salas se fueron vaciando.
De los estrenos más esperados al spot publicitario
El gran cambio del negocio llegó, sin embargo, cuando el modelo tradicional de las salas empezó a entrar en crisis. En 2011, mientras la Gran Vía veía desaparecer buena parte de sus antiguos cines, Callao sustituyó los tradicionales carteles de películas de sus fachadas por grandes pantallas digitales. La operación convirtió la fachada en un activo comercial independiente: ya no servía únicamente para anunciar qué película podía verse dentro, sino que podía venderse a marcas y promotoras. En 2019 aquellas pantallas fueron sustituidas por otras de mayor calidad y el proyecto fue creciendo hasta configurarse en torno a Callao City Lights, la compañía que actualmente gestiona el espacio audiovisual en la transitada plaza, por la que cada año pasan alrededor de 120 millones de personas.
Para anunciarse en uno de estos huecos publicitarios premium, las marcas suelen pagar unos 7.260 euros diarios por un cuadrado de 10x10 metros, según las tarifas actuales del Ayuntamiento de Madrid. En otros focos turísticos por antonomasia como la Puerta del Sol, por ejemplo, los clientes no llegan a pagar un tercio de lo que se abona en Callao, que hoy se alza como el lugar más caro y a gran distancia de otros puntos icónicos, aunque menos rentables. Pero para llegar hasta allí hubo un largo camino.
“Cuando el negocio del cine empezó a flaquear, [los Reyzábal] nos pusimos en contacto con el Ayuntamiento”, recuerda el nieto del fundador sobre la historia de su familia, que hace unos 15 años logró los permisos para ramificarse en otras fuentes de ingresos: así pasaron a gestionar pantallas publicitarias –que pertenecen a otros dueños, pero de las que Callao City Lights absorbe entre el 70% y el 80% de los ingresos por contactar coordinar con los anunciantes, explica Josué Reyzábal– y abrir un departamento para eventos corporativos, donde organizar premieres nacionales e internacionales desde las que atraer a mayores públicos. Todo eso fue posible gracias a que, en 2009, se decidió peatonalizar la plaza.
Pero la publicidad es solo una parte de la reconversión. Las salas también han pasado a funcionar como espacios para presentaciones, convenciones, estrenos, fiestas, musicales y otros acontecimientos. La Sala 1 puede retirar las butacas de la platea y dejar más de 400 metros cuadrados diáfanos. En 2024 el edificio culminó la mayor remodelación de su historia, con la renovación de las butacas, la restauración de la fachada, mejoras acústicas y la incorporación de un sistema de vídeo mapping que permite proyectar imágenes más allá de la pantalla convencional. El objetivo ya no es únicamente mejorar la experiencia de ver una película: es ampliar las posibilidades de explotación del edificio.
De esta forma, los dueños del cine pasaron de temer a las plataformas a poder considerarlas, en cierta medida, unas nuevas aliadas. “Hemos hecho muchas presentaciones con Netflix y con Disney llevamos ya cuatro en lo que va de año. Hace poco hubo una muy bonita sobre Bruce Springsteen”, añade el consejero delegado, refiriéndose al estreno europeo de Springsteen: Deliver Me from Nowhere, el biopic del músico estadounidense que el pasado 7 de octubre se proyectó en exclusiva en Cines Callao, contando con la presencia del actor Jeremy Allen White (que interpreta a Springsteen) para un breve coloquio con el director del filme, Scott Cooper.
El método Times Square para mantener a flote los cines
Este giro de volante tiene una consecuencia empresarial evidente: Callao empezó a ganar dinero también con quienes no entraban al cine. Sus pantallas exteriores permiten campañas publicitarias digitales, contenidos audiovisuales y acciones especiales que convierten la plaza en parte del espectáculo. La actividad se ha extendido incluso a otros edificios de la Gran Vía: las pantallas de los teatros Lope de Vega, Coliseum y Rialto forman junto a las de Callao el denominado Circuito Gran Vía, comercializado por Callao City Lights. Sin ir más lejos, una campaña reciente por San Isidro utilizó simultáneamente esas pantallas y recurrió a imágenes generadas por ordenador para crear la ilusión de que un ramo de claveles salía de las pantallas hacia la plaza.
La diversificación ha saltado incluso fuera del propio cine. En 2023, la familia Reyzábal anunció la transformación de un inmueble colindante, también de su propiedad, en un hotel boutique con 15 habitaciones, una suite y una arrocería en los bajos. Ese proyecto tiene también una lectura inmobiliaria y, por ende, urbana. La explotación corre a cargo de Bypillow, una cadena de hoteles boutique que pertenece a Jaime Oliu, hijo del presidente del Banco Sabadell.
Hace tiempo que la familia ya no explota solamente las butacas: las fachadas, la terraza, los espacios interiores, el edificio colindante y, mediante la red de pantallas del Circuito Gran Vía, también los monitores de otros teatros. El centenario de Cines Callao está sirviendo, precisamente, para escenificar y publicitar una transformación que espera consolidarse “en el próximo centenario” –desea Josué Reyzábal–, pero promete no abandonar su lugar de origen: el cine.
El planteamiento de Josué Reyzábal para el antiguo cine (que hoy es, además de eso, un espacio polivalente) no solo busca que sus dos salas sigan proyectando películas. El pasado mes de mayo, durante la celebración del centenario, reunió a un gran elenco de figuras vinculadas al mundo del espectáculo para corroborar que su negocio ya era “más que un cine”, definiéndolo como un amplio entorno cultural desde el que aprovechar la enorme concentración de público entre Callao y la Gran Vía.
Actividades y homenajes para celebrar su centenario
La propia empresa explica que la intención es que el aniversario no sea solamente una mirada nostálgica al pasado, sino una demostración de todo lo que puede suceder actualmente alrededor del edificio. En julio, por ejemplo, Callao convirtió durante una noche la propia plaza en un cine de verano gratuito con Regreso al futuro, recuperando simbólicamente un uso que había formado parte de la historia del edificio. También ha organizado una celebración en forma de cabaré y ha utilizado sus salas, fachadas y plaza como un único escenario.
Las plataformas, la caída de espectadores y la desaparición de muchas salas de Gran Vía empujan a buscar ingresos alternativos. Si en 1926 los Cines Callao nacieron como un edificio concebido para experimentar con el futuro del espectáculo, cien años después sus propietarios siguen intentándolo a sabiendas de que el espectáculo ya no se limita únicamente a la gran pantalla: ahora hay muchas otras. La paradoja que parece hacerse notar durante el centenario es que, para que Callao pueda seguir siendo un cine, debe dejar de funcionar económicamente como tal.