Palacio de Hielo y del Automóvil: el nuevo edificio del Thyssen en que las élites patinaban y que tuvo una librería de Fisac
Situarse en el esquinazo de la calle del Duque de Medinaceli, en el centro de Madrid, y girar sobre uno mismo te hace sentirte rodeado de entradas en el índice de una guía turística de la ciudad. En el capítulo dedicado al Madrid más noble. Dejar a la espalda los leones del Congreso, vislumbrar calle abajo las torres de Los Jerónimos sobre la silueta de Neptuno y sentirte un intruso frente a la entrada del hotel Palace, en el chaflán de la calle.
Justo enfrente del gran establecimiento hotelero, encontramos el gran inmueble del Palacio de Hielo y del Automóvil. La fachada fue objeto de renovación hace pocos años, pero grandes planchas metálicas –garabateadas– tapan las entradas del edificio y delatan su estado de abandono.
El edificio lleva vacío desde 2007, cuando el CSIC salió por la puerta, y ha vivido tiempos mejores, aunque estos días hemos sabido que pronto comenzará una nueva vida ligada a la cultura. Los Ministerios de Cultura y Hacienda cederán sus 10.000 metros cuadrados al Museo Thyssen-Bornemisza a cambio de la donación de 180 obras y el préstamo de otras tantas por parte de Francesca Thyssen, la hija del barón. La nueva sede tiene previsto abrir sus puertas en 2032.
El edificio, poco conocido por los madrileños, nació como lujoso espacio de ocio para las clases adineradas y ha sufrido diferentes reformas a lo largo de los años, relacionadas con los distintos usos, educativos y administrativos que ha acogido posteriormente.
En 1920 se convocó un concurso público para levantar el edificio, aunque ya existía un anteproyecto del arquitecto belga Edmon de Lune, de la misma nacionalidad que la sociedad promotora del ambicioso proyecto. El impulsor más directo fue Georges Marquet, involucrado también con el vecino hotel Palace y con el Ritz. El Palacio de Hielo hay que entenderlo, pues, como un exponente del Madrid de las élites en los felices años veinte.
El palacio surge utilizando algunos elementos característicos del ocio burgués –unos más habituales que otros en aquella España–, como el baile, el patinaje o el automóvil. La prensa del momento, de hecho, lo celebró como una muestra del ingreso de la capital de España en la nómina de grandes ciudades europeas. La idea era que Madrid tuviera el equivalente al Cristal Palace (Berlín) o el Palais de Glace (París).
“Desde que comenzaron las obras del Palacio de Hielo, el público madrileño de elegantes, a quienes los negocios o los lazos familiares impiden invertir en Suiza, aguardaba con impaciencia la inauguración del soberbio establecimiento, que hoy es lugar preferido de nuestra alta sociedad”, decía la revista ilustrada Nuevo Mundo el 10 de noviembre de 1922, haciéndose eco de la inauguración del establecimiento, a la que asistieron los reyes.
Los elegidos para dirigir la obra fueron Gabriel Abreu de Barreda y Fernando García Mercadal. Este último fue el impulsor del GATEPAC (Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea) y uno de los pioneros del racionalismo en nuestro país.
En la construcción del nuevo edificio se utilizó intensivamente el hormigón armado, que no era tan habitual por estos lares, y se compaginó con el uso más clásico de sillería en los zócalos del inmueble o un estilo ecléctico cuyos aires renacentistas recuerdan a los que estaban de moda en París. En su decoración, destacaban las marquesinas de cristal y hierro.
El elemento más espectacular en la época fue la pista de hielo de la planta baja, cuyas dimensiones eran de 55 por 27 metros. En torno a ella, se instaló una galería para subrayar su importancia y permitir que los visitantes contemplaran a los patinadores.
En la planta superior se exhibía el otro elemento de distinción social que ocupa sitio el nombre del lugar: los automóviles. Para subirlos se instaló un montacargas, al que se accedía desde la calle San Agustín. Contaba, además, con el inevitable salón de baile, salita de fumadores o restaurante de lujo.
En el Palacio de Hielo y del Automóvil se jugó el primer partido de la historia de la Liga española de hockey sobre hielo, se celebró el primer Salón de la Moda (en 1923, patrocinado por la reina Victoria Eugenia) y distintos eventos comerciales.
El negocio debió declinar y cerró sus puertas en 1927. Cambió de manos y de uso en 1928, cuando fue adquirido por el Estado para convertirlo en Centro de Estudios Históricos, el Patronato Nacional de Turismo y la Unión Iberoamericana, lo que requirió una intensa reforma de los interiores que estuvo a cargo del prestigioso facultativo Pedro Muguruza, que unos años después sería el arquitecto del régimen franquista. A partir de 1940 pasó a ser sede del CSIC. Estos cambios de uso llevaron a que los espacios de ocio se convirtieron en despachos, las marquesinas de hierro desaparecieron y el edificio creciera en una cuarta planta.
El siguiente gran arquitecto que puso las manos sobre el edificio fue Miguel Fisac, que se encargó de la nueva librería del CSIC en 1950. Un incendio destruyó en 1978 buena parte del patrimonio documental de la institución, aunque la librería de Fisac, de querencias nórdicas, se salvó milagrosamente de las llamas. El suceso ocasionó que el personal investigador y los trabajadores del edificio denunciaran enojados la falta de seguridad y el abandono del inmueble.
Fisac agrandó los vanos en la fachada de la librería y construyó grandes ventanales de vidrio de una sola pieza, aunque lo realmente interesante era su interior de madera de pino. La librería fue trasladada a la sede de la institución en la calle Serrano, donde se conservan sus muebles originales y el escaparate.
El Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid aprobó en 2011 una modificación puntual del Plan General de Ordenación Urbana de Madrid (PGOUM) para cambiar la catalogación del edificio, rebajando su protección y permitiendo así que se pudieran acometer obras de reestructuración general del edificio. Solo la fachada está protegida por lo que cabe preguntarse qué sucederá con la librería de Fisac, que permanece tapiada desde hace años.
El Thyssen queda a solo tres minutos andando de la que en pocos años será su nueva sede, en la que se podrá ver la obra del siglo XXI. Arte de este siglo que podrá contemplarse detrás de los muros donde la gente bien de hace cien años patinaba, fumaba y hablaba de coches.