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De las ruinas al bullicio: el Madrid arrasado en la Guerra Civil que se convirtió en epicentro de la España moderna

Guillermo Hormigo

Madrid —
7 de julio de 2026 22:07 h

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“Disfruta fijándose en las ciudades distintas que viven dentro de la misma ciudad. Muñecas rusas: más que barrio, ciudad dentro de la ciudad, casas y calles dentro de un vientre de ballena. María piensa en su barrio, en los edificios más antiguos, y piensa también en los bloques nuevos de tres o cuatro plantas, de fachadas iguales con ladrillo rojo, toldos estampados, creciendo hasta el cielo”. Esta cita de Las maravillas (2020), primera novela de la escritora Elena Medel, es una de las muchas que completan y contextualizan una exposición que ilustra la evolución de Madrid durante más de cuatro décadas a través de fotografías de sus cimientos.

Con el título Madrid en construcción. 1940-1985, la muestra en el complejo cultural El Águila parte de la desolación causada en la ciudad durante la Guerra Civil desatada por el golpe de Estado de 1936. La destrucción de los bombardeos franquistas y las batallas que arrasaron la urbe. Pero conforme avanzan las fotos, las citas y los textos explicativos, Madrid va recuperando a trompicones su pulso y su vida. A la Gran Vía vuelve su luz y el asfalto sustituye a las barricadas o los búnkeres. Madrid no vuelve a ser Madrid, es ya otra cosa marcada por el yugo del franquismo, pero la vida (y el urbanismo) se abren camino.

El trabajo comisarial de Carolina Aguado Serrano y Guillermo Enríquez de Salamanca González capta a la perfección esta evolución desde el atraso. Bajo la organización de la Subdirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid, bucean en diversos archivos históricos para trenzar una breve historia de la arquitectura madrileña: la fototeca del Instituto del Patrimonio Cultural de España, el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid, el Archivo General de la Administración, el Museo de Historia de Madrid o la agencia EFE.

Los fotógrafos más presentes en la colección son Juan Miguel Pando Barrero, Otto Wunderlich y Martín Santos Yubero. Sus objetivos y los del resto de autores atestiguan “el momento exacto en que algo está a punto de convertirse en otra cosa”, como recoge la descripción oficial de la muestra: la ruina en edificio, el barro en hormigón visto o la periferia en ciudad.

Así, las imágenes hilvanan el campo y el asfalto conforme el paisaje se moderniza. Los descampados dejan paso al paisaje vertical e industrial. La ciudad arrasada se transforma en otra bulliciosa, por los excesos de los poderosos en las zonas privilegiadas y por el hacinamiento de las familias más desfavorecidas en otras menos agraciadas. Áreas en expansión, como Batán y Puerta del Ángel al oeste o Carabanchel y Vallecas al sur, marcadas por los flujos migratorios desde Andalucía o Extremadura.

“La exposición nos presenta una narrativa visual con paisajes por hacer, que son historia de un territorio y reflejo de un Madrid que aprendió a construirse sobre la grieta abierta, la utopía de la arquitectura y la cruda supervivencia”, exponen los responsables de la muestra. Dicha narrativa comienza en 1940, cuando el millón de personas que por entonces residía en Madrid se movían por una ciudad golpeada casi en la totalidad de su entramado urbano.

Hay una serie de fotografías impresionantes de Pando Barrero que dan cuenta de los intentos por reconstruir la ciudad a toda prisa entre 1939 y 1940. En las imágenes superiores vemos la calle Ferraz o Altamirano con barricadas, la calle Quiñones en obras o la calle Princesa con un imponente búnker instalado en mitad de la vía. Las inferiores las muestran asfaltadas, tratando de dar una impresión de recomposición que todavía estaba muy lejos de llegar al país. Ojo también con la foto de la rehabilitación del viaducto de Segovia, de nuevo tomada en 1940.

Hablan los comisarios de la exposición de una “rápida reconstrucción durante la dictadura, que negaba la misma esencia de la destrucción”. Como si, más que avanzar, el régimen quisiera olvidar. Hacer desmemoria. Para ello, surgieron nuevos entornos como la Montaña del Príncipe Pío o la transformación del entorno de Moncloa. En el centro, la imagen de esplendor se intentó ofrecer a partir de 1950 con construcciones como la sede del Banco de Santander en la calle Alcalá.

Las instantáneas dan cuenta de los avances urbanos en Plaza de Castilla a lo largo de los cincuenta. Emergen hitos arquitectónicos como el estadio Santiago Bernabéu junto a la plaza de Lima (con una estampa con menor densidad de edificios colindantes que ahora debe añorar Florentino Pérez), la embajada de Estados Unidos en la calle Serrano o el pabellón de Canarias en la Feria del Campo de la Casa de Campo. Conexiones como la carretera de Alcobendas, con una foto que casi traslada al vértigo del momento. Pero también símbolos de la construcción del relato franquista. Una potente imagen muestra el andamiaje colocado junto al Arco de Moncloa durante la colocación del caballo que lo corona.

Los cincuenta y los sesenta son décadas en las que grandes estructuras de cara a la galería, con las que el franquismo trataba de dar una imagen de modernidad impostada, chocan con el urbanismo descontrolado o directamente improvisado. El Madrid de las obras de expansión de Barajas o de las brutalistas Torres Blancas de Avenida de América quiere dejar atrás, pero no puede, al de las casas cueva de La Bomba. El de los trenes habitados Legazpi. El de los asentamientos entre Delicias y La Chopera.

La arquitectura de los setenta presenta a un país que se actualiza antes en algunas infraestructuras antes que en su sistema democrático. El Centro Nacional de Promoción Profesional, la Universidad Autónoma de El Goloso o el Parque de Atracciones preconfiguran la España moderna.

El paso definitivo a ella llega con las últimas fotos, donde el color aparece para aportar una sensación de país renovado. El paseo de una mujer y dos niños por una carretera asfaltada de San Sebastián de los Reyes en 1980 da una idea de las nuevas periferias, donde el carácter obrero convive con ciertas comodidades progresivas. Igual de ilustrativa es la foto de La Vaguada, tomada en 1983, año de su apertura. Un centro comercial, a priori epítome del capitalismo, convertido a su vez en epicentro social, cultural y vecinal del Barrio del Pilar. El mejor ejemplo de un Madrid que intenta avanzar sin perder su esencia comunitaria

“El nuevo paisaje madrileño, siempre en construcción, estuvo marcado por una ordenación urbana apoyada en la idea de ciudad-capital y una nueva geografía humana, de la que se hizo eco la literatura y el cine”, recoge la descripción de la muestra en su web. Es la guinda perfecta a la exposición, porque puede que una imagen valga más que 1.000 palabras, pero las palabras aquí presentes están muy bien escogidas.

Algunos pasajes son costumbristas, como un diálogo de la obra Bajarse al moro (José Luis Alonso de Santos, 1985) en el que la extensión del Metro acorta la distancia física y emocional en una relación después de una mudanza a Móstoles. Otras son descripciones certeras, como la de los inicios de la americanización en algunos entornos que Rafael Sánchez Ferlosio retrata en El Jarama (1955), con una ilustrativa mención a “un Buick reluciente”.

Aunque quizá es la de Camilo José Cela en San Camilo, 1936 (1969) la cita que mejor engloba los cambios en un Madrid al que no detiene ni el horror: “La ciudad es como los perros, da muchas vueltas sobre sí misma antes de dormirse, y también como las liebres, que se duerme con el ojo alerta por si hay que salir huyendo. Tú a veces piensas que las ciudades pueden salir huyendo y borrarse. ¿Dónde está la ciudad? ¡Cualquiera lo sabe!”.