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El lento y constante 'urbicidio' de la ciudad de las casas bajas diluye la memoria de Madrid

Luis de la Cruz

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En el número 21 de la calle de Ana María, en Tetuán, subsiste de momento una pequeña casita baja de estilo neomudéjar popular. Hasta hace poco, junto a ella había otra gemela –aunque esta estaba enfoscada, como sucede con muchas de las de su género–, pero hace unos meses fue derribada para urbanizar el solar y construir una nueva vivienda.

La casa fue incluida en el listado razonado que pasaron al Ayuntamiento de casas de estilo neomudéjar popular para su inclusión en el Catálogo de edificios protegidos pero, al contrario que con muchas otras, esta no tuvo suerte. Cada vez que pasan por allí, los miembros del Grupo por la Protección del Patrimonio de Tetuán temen encontrarla reducida a escombros porque han visto demasiado a menudo la secuencia. Primero, desaparece una de las casas bajas que subsisten en la calle. Luego, convertida en un islote urbano y rodeada de vallas de obra, la superviviente se convierte en un elemento señalado. La siguiente en la lista.

Las casas bajas son un anacronismo en nuestras ciudades, guiadas por el valor de cambio y diseñadas bajo los parámetros de la iniciativa privada. De un lado, los metros cuadrados a edificar son muchos más que los que pueden albergar en su actual encarnación (no solo en altura, en ocasiones los patios permiten edificar bloques estrechos incluso sin sumar solares). Por otro, son mucho más vulnerables que sus hermanas altas porque es más sencillo negociar con uno o dos vecinos que con toda una comunidad. Para colmo, no suelen contar con protección urbanística alguna salvo las que están catalogadas colectivamente como colonias.

El valor paisajístico que tienen cuando se aparecen en cogollo es sistemáticamente minado con el derribo de las primeras casas del conjunto que, quedando mellado y con medianeras trufadas de heridas de guerra y concreciones, ven socavado el valor del conjunto y acelerada la sensación de ruina. Este es precisamente el temor fundado que albergan ahora los miembros del grupo.

Una preocupación que nace, pues, de la constatación durante años del urbicidio de la ciudad de las casas bajas, culpable de que hace solo tres décadas el distrito de Tetuán aún fuera un lugar asociado a sus casitas y hoy apenas queden ya un puñado en pie. Este periódico se ha hecho eco en los últimos tiempos de más de un derribo doloroso. El pasado mes de enero fue derribado uno de los neomudéjares más antiguos en la calle Sauco y el pasado mes de abril caía otra casa baja del estilo en la cercana calle de Aranjuez. Para estas últimas también se había pedido sin éxito protección en la campaña puesta en marcha por los vecinos, como para otras casas de una planta.

Pero la situación de desamparo de las casas bajas no es exclusiva de Tetuán. En otros distritos, como Puente de Vallecas o Barajas el panorama es idéntico. A finales del año pasado fue derribado en el vecino distrito de Chamberí una pequeña vivienda en el número 5 de la calle Sagunto. Con sus muros, la piqueta se llevaba por delante los últimos vestigios del arrabal de Chamberí, que preexistió al distrito que hoy conocemos, nacido del Ensanche norte en el siglo XIX. Nos lo recordó en redes sociales la arquitecta chamberilera Berta Gámez y lo recogimos en Somos Chamberí. La demolición se autorizó con el visto bueno de la Comisión de Patrimonio, lo que nos lleva a preguntarnos hasta qué punto décadas de ampliar académicamente el calado del término –por ejemplo, con el concepto de patrimonio inmaterial– han conseguido permear en la realidad administrativa de nuestras sociedades.

También el pasado mes de abril asomaba el fantasma de la piqueta en el casco histórico de Barajas. El experto en Patrimonio, vecino y miembro de Más Madrid Dani Sánchez García lamentaba la pérdida de una casa en la calle Poderosa. Dos años antes, él mismo había dedicado un hilo en Twitter al inmueble, “la única vivienda histórica de la antigua Villa de Barajas que ha llegado a nuestros días con la placa Asegurada de Incendios”, decía entonces.

Abundando en el problema de la sistemática desprotección de las casas bajas, Sánchez García explicaba también que, en la reciente revisión del Catálogo de Edificios Protegidos, desde su grupo municipal solicitaron la inclusión de tres ejemplares de neomudéjar popular,  de los que fue aceptado uno. La casa baja de la calle Poderosa fue de las que recibió calabazas.

Como hemos visto, algunas de las casas bajas borradas sistemáticamente de nuestro viario eran depositarias de la historia del arrabal sobre el que se edificó el ensanche decimonónico, en el caso de Chamberí. Unidad principal de convivencia de las periferias surgidas al margen de la urbanización oficial desde el último tercio del siglo XIX –en Cuatro Caminos, Ventas, Puente de Vallecas, Guindalera, o Prosperidad–. Es decir, hábitat principal de una realidad social, la vecindad del extrarradio, que algunos historiadores como Carlos Hernández Quero están estudiando como una categoría urbana con entidad histórica propia, distinta de la ciudad interior y de la sociedad rural, de donde provenían muchos de sus vecinos y de los que importaron algunas de las características de sus hogares, como los cobertizos. Por último, la demolición de Barajas borra el rastro de la anexión de antiguos pueblos al Gran Madrid conformado a mediados del siglo XX.

En este mismo sentido, reconforta encontrar conciencia patrimonial entre los vecinos distrito de Hortaleza, otro antiguo municipio que conserva casas bajas desprotegidas. El pasado mes de marzo el centro cultural Museo de Hortaleza organizó una visita guiada para conocer, a través de las casitas que quedan aquí y allá, cómo era la vida de los habitantes de los municipios de Hortaleza y Canillas antes de la anexión a Madrid, que se produjo en 1950, tal y como explica  el Periódico de Hortaleza.

Hacer crecer la conciencia de conservación de las casas bajas

Desde el Grupo por la Protección del Patrimonio de Tetuán nos explican que desde hace tiempo vienen debatiendo internamente la posibilidad de poner en marcha un censo y una campaña como la que realizaron con ayuda de decenas de vecinos sobre el neomudéjar popular.

“Aquella campaña fue exitosa, para nuestra sorpresa la administración acabó aceptando la mayoría de peticiones de protección que planteamos en nuestro distrito y se extendieron a otros lugares las inclusiones de edificios neomudéjar en el Catálogo. Creemos que esto fue posible gracias a que se publicitó mucho el estilo, se publicaron artículos, se hicieron rutas, etc. Sin embargo, las casas bajas del estilo no fueron incluidas –hicimos incluso un anexo sobre grupos de casas que se conservan juntas– y nosotros pensamos que no hay ninguna razón de índole técnico o patrimonial para esta distinción. Queremos empezar a trabajar con las casas bajas, las que son neomudéjar y, también, las que no lo son”, explican.

Son conscientes de que la realidad de las casas bajas es diversa y compleja. Llevan a gala no ser insensibles con los problemas asociados a la conservación por parte de los propietarios. “En nuestros documentos hemos incluido siempre que la administración no debe desentenderse de ello para que no se conviertan en inmuebles de los que los dueños quieran desembarazarse”, advierten.

 Por otro lado, la realidad de las casas también es muy diversa y estas proceden de épocas distintas. Algunas son anteriores a los años treinta, como aquellas de las que hemos hablado mayoritariamente en este artículo, y otras fueron construidas en la posguerra y hasta en los años cincuenta. Unas y otras, a veces, están levantadas con materiales pobres. Sin embargo, sus diferentes calidades y tamaños no han resultado hasta la fecha diferenciales en su proceso de declive: todas han caído o están en peligro de extinción. Con frecuencia, son metidas en el saco de la infravivienda, sin distinción, algo que choca con el hecho de que, si los mismos inmuebles estuvieran situados en un pueblo, no les alcanzaría la misma consideración.

Hasta los años ochenta, las corralas del centro de Madrid caían como churros. El discurso entorno a esta tipología –la casa de corredor– no era muy diferente al que recae sobre el resto de vivienda histórica popular. También sus estancias eran pequeñas, su estado de conservación a menudo obligaba a que pasaran por el hospital y los materiales constructivos eran propios de la vivienda barata. Sin embargo, hoy la corrala está ligada al patrimonio inmaterial de Madrid –aunque esto no ha salvado a muchas– y algunas instituciones culturales han querido habitarlas, como el corralón de la calle Arniches (donde está el Museo de Artes y Tradiciones Populares de la UAM) o el Centro Cultural Seco, que deja constancia del antiguo barrio de Las Californias.

Las viviendas obreras de la calle Peironcely, en Entrevías, son la excepción y, a la vez, un ejemplo sintomático de la desvalorización cultural de las casas bajas. Tras mucha presión por parte de la sociedad civil, se convertirán en centro de memoria del horror de la Guerra Civil, pero, en un principio fue denegada la vía para acceder a la categoría de Bien de Interés Cultural “por ser infraviviendas”. Sus valores vienen, pues, de aparecer retratadas en una fotografía mítica de Robert Cappa. Son externos a su propia existencia, como también lo es la posibilidad, que ahora será posible, de su rehabilitación.