La portada de mañana
Acceder
Feijóo, en la rueda de ratón de la moción de censura
La esperanza de encontrar supervivientes en Venezuela se desvanece
Opinión - Cuando baje un poco el calor, por Enric González

Las gradas intentan resistir a la gentrificación del viejo fútbol

Arturo Lezcano

27 de junio de 2026 22:28 h

0

Una tropa de escoceses caminan al son de las gaitas por las calles de Boston. Al llegar al estadio cantan el Flower of Scotland, alzando los brazos y las latas de cerveza. También lo hacen en las estaciones de tren, en un barco y hasta en un estadio de béisbol, para incredulidad y regocijo de aficionados y medios estadounidenses, poco o nada acostumbrados a las escenas que compone el fútbol. Por los cuatro puntos del país se repiten postales inusitadas: los argentinos y brasileños tomando Miami Beach. Los noruegos, remando en un drakkar imaginario en Times Square. Los ingleses, invadiendo los centros comerciales de Dallas y cantando en los rodeos. Los holandeses botando en Kansas City. Y los australianos repartiendo política cantada con ironía en cada estadio que visitan. Pero como los escoceses, nadie. Lo reconoció The Boston Globe al dedicarle una página de agradecimiento a la llamada Tartan Army. “Nunca olvidaremos la alegría que trajisteis a nuestra ciudad”. Pero detrás de la simpatía que genera en Estados Unidos la invasión pintoresca de las hinchadas internacionales también se aloja un mecanismo de resistencia frente a un modelo impuesto por la FIFA para cambiar el deporte más global —y menos norteamericano—. El fútbol conforma uno de los pocos fenómenos de masas reactivas a una colonización cultural omnipresente en los últimos cien años, con un muro de contención, representado por los aficionados, que tratan de resistir al margen de los marcos importados por las autoridades del deporte.

Todo es contraintuitivo en este combate: lo tradicional, el fútbol de antes, representa, en los códigos de las hinchadas, ciertos valores progresistas frente al hipercapitalismo del fútbol moderno. En la subcultura futbolística la nostalgia es un valor, porque se interpreta que el viejo fútbol representa algo popular —o menos enfocado al negocio— y supone un pie a tierra, un arraigo identitario y colectivo.

El acelerón actual de la FIFA y los clubes, la mayoría empresas agrupadas en patronales, se inició con la paulatina adopción del modelo de negocio deportivo norteamericano. Este proceso abarca desde el traspaso de la propiedad de los grandes equipos a manos de dueños de franquicias —cuatro de los gigantes de la Premier League ya son propiedad estadounidense— hasta las dinámicas de marketing y monetización, como el naming de los estadios, a la espera de la cacareada Superliga europea, modelo de competición cerrada a la americana. En la tribuna este Mundial está sirviendo para rubricar lo que ya se ha ido anticipando en otros grandes eventos: los aficionados ya son consumidores; más que ir a un partido, pagan por una experiencia. Con ello se consuma la gentrificación del fútbol, un camino labrado paso a paso hasta la victoria final. Al menos en apariencia.

Las gradas han sido siempre un mosaico social. Se dice en Brasil, potencia futbolera por antonomasia, que el estadio era el único lugar democrático del país aparte de la playa. Y su mejor representación era Maracaná. Allí entraron en la final de 1950 200.000 espectadores, apretujados y mezclados en condición y clase. Eran tantos miles los que poblaban el anillo inferior de aquel platillo volante que se ganaron hasta un nombre para las siguientes décadas: Geraldinos (por Geral, la grada general). Un documental los llegó a retratar porque representaban la imagen más definida del Brasil popular. Aquel crisol se lo cargó, precisamente, la FIFA, en 2014, al tirar el viejo Maracaná para el Mundial. Le quedó solo el nombre como elemento de marketing. Pero de aquella paleta colorida, convertida en una coreografía popular, se pasó a una ópera selectiva de blancuras.

Llegados a este Mundial, convengamos que se necesita algo más que pertenencia, pasión y sentido de tribu. Para ver cualquier partido se requieren las dos variables —tiempo libre y dinero— que dividen a la humanidad y, por tanto, la vuelven desigual en la geografía de clases. Vuelve lo paradójico: aquellos que llegan a pagar la factura de varios ceros para ver el torneo in situ son lo que plantan esa bandera, incluidos los propios futboleros estadounidenses, que abrazan los códigos del resto del globo.

Resulta una tarea compleja en un país donde todavía coloca rótulos en televisión antes de un partido de Argentina advirtiendo por qué Messi no juega en la selección de Estados Unidos. Pero aún resulta más chocante ver a la hinchada oficial de Estados Unidos autodenominarse “Barra Brava”. Llevan las mismas pancartas y cantan las mismas canciones que los argentinos (eso pasa en todo el mundo), con el detalle de que aquí lo hacen en español directamente, incluso con problemas de métrica solventadas por la pasión: “Vamos Estados Unidos, que esta noche tenemos que ganar”.

De algún modo, el fútbol resulta un elemento de integración para los latinoamericanos en una suerte de colonización inversa, con las segundas generaciones reinando con sus códigos “en el tablón”, como le llaman a la grada, aunque en Estados Unidos sean cómodos asientos abatibles con reposavasos y bandeja para un hot dog XXL bajo un penetrante olor a palomitas.

Un partido imaginario en la grada

La mejor manera de ilustrar el fenómeno de este Mundial es transportarse a un partido, o a una mezcla de varios para hacerlo más representativo, en el que se repiten secuencias semejantes. Para empezar, en las previas, en las que no hay calles libres de coches invadidos por aficionados, sino parkings fuera de escala, diez veces más grandes que el propio campo. Los estadios son de fútbol americano, majestuosos y con comodidades como pocos del fútbol de siempre, con escaleras mecánicas y pantallas del tamaño de una cancha de tenis. Cuando ya se ubica el aficionado toca escuchar los himnos. No ha cambiado mucho esa parafernalia, aunque Argentina ya ha vivido algún imprevisto este mes que aún colea. En un amistoso previo al torneo le colocaron, en vez de su símbolo nacional, el Bombón Asesino de Los Palmeras, una cumbia que curiosamente es un himno futbolero, pues su actuación en la final de la Copa Sudamericana de 2019 sigue siendo sensación en las redes, reivindicada como un verdadero número popular, por su cercanía a los hinchas y su distancia frente a las superproducciones de la FIFA.

Va a comenzar el partido Congo-Colombia, pero la pantalla del estadio de Guadalajara, México, se fija en algo imprevisto. Un hincha congolés acaba de trepar a un pedestal en la primera fila del estadio de Guadalajara y se acaba de colocar, hierático, como una estatua viviente. Va caracterizado con un traje con los colores de la bandera y el brazo en alto como Patrice Lumumba, el primer líder postcolonial de Congo, ejecutado y cuyo cuerpo fue descuartizado y disuelto en ácido a manos de militares respaldados por Bélgica. El aficionado replicó durante 90 minutos la efigie que el político homónimo tiene en Kinshasa como una misión patriótica, y en cualquier caso anticolonial. Había intentado hacer lo mismo en el debut contra Portugal, pero se jugaba en Houston y no le permitieron la entrada a Estados Unidos: más simbólico, imposible. Sí lo hizo en México y dejó claro que ni siquiera hay que gritar para reivindicar un mensaje desde las gradas.

Inglaterra-Ghana. Minuto 22. Aunque estamos a 19 grados y el cielo amenaza lluvia, el árbitro manda parar. Es el último hallazgo destinado a facturar más aunque se muera el fútbol tal como lo entendíamos, en el intento: las pausas de hidratación, rebautizadas en este diario como pausas de recaudación, y que amenazan con convertir el fútbol en otro deporte. Los ingleses lo reprueban con silbidos y abucheos, que luego serán refrendados por el seleccionador alemán de los Three Lions, como ya lo hizo también Marcelo Bielsa, seleccionador argentino de Uruguay, con palabras parecidas pero más poéticas: “Cuando dividieron el partido en cuatro tiempos no se pensó en el efecto que puede tener sobre lo que hizo que el fútbol sea un deporte que enamora”. Hablarle de amor a la FIFA no parece muy eficaz, pero ahí queda el mensaje compartido desde los banquillos.

Llega el descanso y la gente va a comer a los ambigús. Aparte de los precios, materia aparte, se da otro choque cultural respecto a las propinas. Los restaurantes están sorprendidos (para mal) de que a pesar de las aglomeraciones de hinchas extranjeros hay menos propinas de las esperadas, por parte de gente poco acostumbrada a la cultura que deja en manos del consumidor un buen porcentaje de los ingresos del camarero de turno. Durante el Mundial muchos negocios han contraatacado añadiendo al precio un 20% extra en concepto de servicio. La respuesta de los aficionados no ha tardado. Los australianos, de hecho, han compuesto una canción convertida en repentino reclamo laboral: “Pay your staff, we won't be tipping for beers at the half” (“Paga a tus empleados, no vamos a dejar propina en las cervezas del descanso”). Son los mismos que entraron a voz en grito a su partido contra Estados Unidos cantándole directamente al inquilino de la Casa Blanca: “Los australianos están de juerga, Donald Trump es un agresor sexual”.

Con cervezas (otra rareza que se repite en cada evento FIFA, gracias al jugoso patrocinio de una multinacional de bebidas alcohólicas) pero sin propinas, vuelven a su asiento y empieza la segunda parte. Muchos asientos vacíos de los que aún están comiendo, o subiendo stories a sus redes. Señal de los tiempos, con tanta gente con el móvil en la mano, el ambiente de grandes citas se difumina. Lo decía un hincha argentino veterano al salir del campo en el partido contra Austria: “Que dejen de venir tiktokers, porque no canta nadie. No me perdí un partido de Argentina en los últimos cuatro mundiales y es definitivamente otro fútbol”. Termina el partido y ahora toca ver los cruces en eliminatorias con el sueño de la final. La FIFA también se prepara: ya ha anunciado que el tiempo de descanso de ese partido durará cerca de media hora para ofrecer un show al estilo Superbowl. Van a calzón quitado. Las gradas aún no se han rebelado, quizás porque nadie sabe si va a llegar hasta allá, pero sí hay alguien que ya ha anunciado que planea no retransmitir el show. Es la televisión pública del país que inventó el fútbol, la BBC. No será la toma de la Bastilla, pero tal como está el panorama parece que bajo los adoquines de las gradas se puede intuir la playa.