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Prácticamente un inútil

Hola, machete; adiós, dedo

7 de julio de 2026 22:07 h

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Me dirigía a una fiesta de carnaval, hace ya bastantes años, con el pelo recién teñido de amarillo –en realidad se había quedado solo en naranja–, cuando mi madre telefoneó a casa de un amigo para transmitirle un mensaje espantoso, demoledor, que mi colega me hizo llegar textualmente en cuanto aparecí por la fiesta: “Murió la bisabuela. Vente para casa”. Casi pude oír la voz de mi propia madre. Me quedé tan espantado con la segunda frase del recado que me salió una de las preguntas más francas, naturales y quizás vergonzosas que se me han escuchado salir de la boca: “¿Qué bisabuela?”. Ya iba a añadir “Pero si a mí no me quedan bisabuelos”, como cuando el Madrid eleva una protesta airada por robo (jajaja), pero justo me acordé de que sí, ostras, era verdad, me quedaba una bisabuela. Me cubrió de pies a cabeza la sensación de tener malísima suerte. Con el tiempo, me pareció que había vivido en cierta medida el comienzo de El extranjero, de Albert Camus: “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: 'Falleció madre.

Entierro mañana. Sentidas condolencias'. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer“.

Naturalmente, me quedé mirando a mi amigo, y al final añadí una nueva pregunta, entre un mar de dudas: “¿Qué hago? ¿Tengo que irme? ¿Le puede eso devolver la vida?” Había visualizado la fiesta durante las horas previas, igual que un futbolista al parecer es capaz de imaginarse las jugadas que va a ejecutar en cuanto empiece el partido. En resumen: tuve que irme a casa. De hecho, mi madre llamó una segunda vez. Al día siguiente acudí al entierro con la cabeza de color naranja. Aunque hubo más: me dio un ataque de risa en la iglesia, pero esa es otra historia. El tema es ese irse a casa sin ganas, prematura, incluso injustamente, con el regusto en la boca de estar gafado. Le pasó a Brasil, y un puñado de horas después a Portugal. Estados Unidos bastante lejos llegó. El problema no estriba en que se acabe el mundial de golpe. Por supuesto que ese es el problema, pero si tienes que hacerlo en octavos, sin haberte aclimatado apenas a la fiesta, esto le da una vuelta de tuerca al problema inicial. En ese momento, con tal de no hacer las maletas, te conformarías con ser el empleado que limpia los destrozos de la fiesta, aun sin haber pisado la fiesta, en la línea un poco nostálgica y patética en que Manuel Vázquez Montalbán, coherente con sus ideales hasta el final, le decía a los que le reprochaban su extemporánea fidelidad al comunismo: “Déjame ser el que apague la luz”.

Marcharse de donde sea que estés, y donde no te puedes encontrar más a gusto, constituye un acto de crueldad suprema. ¡Pero si acababas de llegar! Nos las vemos, me temo, con una de esas brutalidades en las que incurre el tiempo tan frecuentemente, y sin mirar a quién. Estabas dentrísimo del Mundial, y en un suspiro estás hecho mierda, y fuera. ¡Habías visualizado la final!

Hay una escena de Quentin Tarantino, en Four Rooms (1995), que refleja muy bien esa prisa violentísima con la que el tiempo te expulsa, y deja que el campeonato sea ya solo cosa de franceses, argentinos, quién sabe si ingleses o españoles. Four Rooms transcurre en un hotel de Los Ángeles durante una Nochevieja. En la última de sus cuatro historias, la de Tarantino, un famoso actor de Hollywood llamado Chester apuesta su Cadillac a que su amigo Norman no es capaz de encender un zippo diez veces consecutivas sin que falle. Si lo consigue, Norman se quedará con el coche de Chester. Pero si no, el botones del hotel, que empuña un afilado y brillante machete, le amputará un meñique. En ese instante, cuando todos aceptan el desafío, la mente del espectador se prepara para soportar la máxima emoción e imagina que el mechero se encenderá nueve veces antes de que al final, y solo al final, no lo haga. Pero Tarantino desordena la expectativa del relato, y el zippo falla a la primera, con gran sorpresa, y antes de que Norman sea consciente de que ha perdido, el botones baja el machete. Adiós, ciao, arrivederci, dedo querido.