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Prácticamente un inútil

Una loncha más, por si acaso

26 de junio de 2026 22:01 h

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Me voy a comer el mundo, me obligo a decirme para animarme, con entusiasmo, como si acabase de sonar el himno de Francia. Están de testigos mi perra y un bonsái muerto. Aunque lo digo y tardo todavía diez minutos en retirar los pies de la mesa donde escribo –y a veces como– y ponerme en marcha. Supongo que el mundo también se puede conquistar despacio, un poco con los brazos cruzados, sin matarse. Después de todo, es jueves y el primer partido del día para mí, un Ecuador-Alemania del que no sé qué pensar, no comienza hasta las diez de la noche. Y no son ni las diez de la mañana. Hay margen de sobra, creo yo, para adueñarse de todo.

Primero, vestirse. Se pueden hacer muchísimas cosas en doce horas. Pero en este punto emerge una verdad que difícilmente se discute: si tienes tiempo, lo pierdes. De hecho, me pongo a leer el enésimo artículo sobre el gol de Maradona regateando a media selección inglesa en el 86. Solo ahí ya se me van tres minutos. Pero qué minutos, señores y señoras. Pasan los años, las décadas, los cambios de siglo, y no se erradican ni la guerra, ni el hambre, ni los artículos sobre ese gol. Qué drama.

Dios aprieta, pero aún no me ahoga –sigo animándome–, y después del artículo mi existencia se compensa con un reel, también de Maradona, en el que se ve al mito argentino, ya retirado, posando ante una pancarta solidaria en la valla de un estadio. Durante el acto, emerge cada poco un molesto brazo por debajo de la lona, que estropea el momento, descolocándola. A la tercera vez, a Maradona se le agota la paciencia y le

suelta una patada al brazo delante de las cámaras. Para estas alturas, me parece que la agresión, o toque, no tiene demasiado que envidiar al dichoso gol en México. Finísima su zurda en cualquier circunstancia.

A la vuelta de pasar la revisión al coche, y abonar seiscientos pavos, cambian las tornas, y solo tengo ganas de que el mundo me coma a mí.

Qué más me da ya. No será peor eso que cruzarme con otro artículo sobre el golazo a Inglaterra. Contra todo pronóstico, la mañana reflota en el supermercado, a donde acudo buscando respuesta a la segunda pregunta más difícil del día: “¿Qué se come?”. La primera, obviamente, es “¿Qué se cena?”.

Sucede en la charcutería algo extraordinario, que me ayuda a entender lo que va a pasar en las próximas horas durante el mundial. Resumo mucho: el cliente que me precede en la cola pide seiscientos gramos de jamón de cebo ibérico, haciendo ese gesto tan característico con la mano, como si desenroscase una bombilla, que significa “gramo arriba gramo abajo”.

Cuando la charcutera pesa el fiambre –casi clava los seiscientos gramos– pregunta: “¿Así está bien?”. El cliente se toma su tiempo, se muerde los labios, pensativo, mueve la cabeza adelante y atrás, estudia la montañita de jamón, hasta que al fin dice: “Una loncha más”.

¡Una loncha más! Pero por qué, cuál es el sentido de otra loncha, amigo, qué aporta solo una, después de seiscientos gramos de fenomenales

lonchas. No entiendo nada. Hasta que empiezo a entender. Una loncha no es nada, pero a lo mejor sí. Mudo de opinión en unos segundos –yo soy así– y de pronto descubro en esa loncha la gran complejidad de la vida, el secreto de que las cosas cambien, la sutileza y al mismo tiempo fuerza bruta del azar. Esa loncha, o algo, digamos, tan grácil, fino, delicado, inefable como ella, es lo que irá apeando o encumbrando a equipos en el torneo. Algunos morirán en la primera fase por nada, por un casi, no por haber a lo mejor perdido un partido, sino por haberlo ganado con un gol menos de diferencia de la que convenía, y que no llegó a consumarse a su vez por cinco casis que no pasaron de eso. A saber si una loncha decide el mundial. ¿Conclusión futbolística? Hombre, no soy un experto, pero, ¿salir a comprar mucho jamón de cebo ibérico?