Don Malas Noticias
Ya hay selecciones eliminadas, en la calle, selecciones muertas, por decirlo con un poco de entusiasmo. El mundial es una competición carente de piedad, que a los pocos días de empezar se va llenando de decepciones, ilusiones rotas, que dejan a algunas naciones sumidas en el vacío, barriendo los trozos, y a millones de ciudadanos empujados a poner la mirada en un nuevo lugar, uno vivo, en el que encontrar algo de sentido a lo que queda de torneo, o de vida. En un minuto tienes aún opciones matemáticas –las matemáticas, en deporte, representan por lo general a Don Malas Noticias– y en el siguiente estás sentado en un avión de vuelta a Turquía o Haití, incómodo, colocándote cada poco la ropa interior, porque se mete en el culo, y preguntándote qué vas a hacer hasta que empiece la nueva temporada.
Hay siempre un momento delicadísimo en que la crónica deportiva deviene en necrológica. Tiene menos de especial de lo que parece. La muerte, con su espantoso poder metafórico, alcanza todas las representaciones humanas. Es difícil explicar su capacidad para llegar a cualquier rincón inaccesible. Yo la imagino como aquella taza de Nescafé que se me cayó en la cocina cuando vivía en Santiago. Acababa de sacarla del microondas. Me sorprendió el asa ardiendo, y la solté. Estaba tan llena, y chocó con tanta alegría contra el suelo, que las manchas del café salpicaron el techo. Increíble. Fue como empatar con Cabo Verde.
Los segundos encuentros de la fase de grupos, y sus dos o tres selecciones ya sin vida, me hacen pensar en esos componentes de la sección de obituarios de los grandes periódicos, que se presentan por la mañana en la redacción y literalmente preguntan “¿Quién se ha muerto hoy?” y alguien pone una carpeta sobre su escritorio. Esa va a ser la tónica desde ahora: cada día alguna selección se va para casa antes de lo que soñaba.
Algunas jornadas la crónica es obituario antes de tiempo, aun sin cadáver. Solo tiene que mediar un debut desolador, para que ya se vea a alguien buscando una pala por ahí. En el género necrológico es algo que tiene sentido, de hecho. Una buena historia de un gran personaje no se escribe en unas horas. Es normal ir adelantando trabajo. Fue célebre el caso de la larga necrológica del físico James Van Allen, publicada inmediatamente después de su muerte, el 9 de agosto de 2006. El texto aparecía firmado por Salter Seager Sullivan Jr., fallecido el 19 de marzo de 1996, que trabajó tan previsoramente en ella que no vivió para poner la fecha en que murió Van Allen y la causa.
Las selecciones ya eliminadas, que aun así deben de jugar un tercer partido, remiten al protagonista de un célebre relato de Quim Monzó que moría a la hora de comer, pero su hermano y sus padres actuaban con absoluta normalidad. Fingían que Toni no había muerto y contribuían a que actuase como todos los días. Le daban de comer, lo vestían, lo duchaban, lo afeitaban, lo llevaban al instituto, lo ponían a estudiar, incluso le organizaban citas con chicas.
Es tristísimo morir sin acabar la primera fase. Debe de ser parecido a que te atropelle en Puerto Banús un conductor en un Fiat Multipla, seguramente el coche más feo del mundo. Visto así, prefieres que tu selección quede apeada en una eliminatoria, después de una prórroga que te dejó incluso rozar la victoria. Algo parecido a aquello que contaba Jules Renard de un reo que tenía la cabeza en la guillotina, y antes de que se precipitase la cuchilla, un guardia salía de entre la multitud agitando un papel en el aire y girando “¡Es el indulto, el indulto!”, y al condenado se le ponía una enorme sonrisa, pero con tan mala suerte que el verdugo, que no oía bien, y a lo mejor estaba pensando en qué iba a cenar esa noche, soltaba la cuerdecita y caía la cuchilla, y el condenado moría con gran felicidad.
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