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El niño del gueto llora (y marca) en el Mundial

25 de junio de 2026 21:18 h

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Fue fruto de una casualidad. Me hice un lío con las opciones que ofrece la plataforma digital que retransmite el Mundial por si te has perdido algún partido en directo: yo quería ver un resumen (el corto) y acabé eligiendo la repetición de todo el partido. No había nada del República Checa contra Sudáfrica que me motivase a ver ni siquiera el resumen largo. Sabía que habían empatado a un gol y que el de Sudáfrica había sido de penalti cuando ya se acercaba el final; dedicarle once minutos de mi tiempo antes de meterme en cama me parecía excesivo. Antes de que pudiese enmendar el error, con horas de retraso respecto al momento en el que sucedió, la pantalla me mostró algo que nunca había visto en un Mundial y un buen rato después, con la luz ya apagada, esa imagen seguía en mi cabeza. No dejaba de darle vueltas al hecho de que un jugador de Sudáfrica se pusiese a llorar mientras sonaba el himno de su país.

Teboho Mokoena tiene 29 años, juega de centrocampista y es un fijo de su selección desde que se estrenó como internacional en 2018. Antes de debutar con la selección absoluta de Sudáfrica ya había participado en el Mundial sub 20 de Corea. Hoy es uno de los jugadores más conocidos de su país: veterano en la selección y titular en el Mamelodi Sundows uno de los clubes más potentes de Sudáfrica con el que esta temporada ha ganado la liga de su país y la Liga de Campeones de África. No es de extrañar que Mokoena sea imagen para Sudáfrica de varias marcas internacionales, protagonice anuncios en televisión y se le vea en vallas publicitarias.

Evidentemente yo esto no lo sabía cuando lo vi llorar. Ahora que lo sé lo respeto todavía más. Se puede decir que Mokoena está de vuelta de todo y, sin embargo, cuando sonó el himno de los Bafana Bafana antes de enfrentarse a la República Checa, se emocionó como un chiquillo. Cuando la cámara pasó por delante de él, Teboho Mokoena miraba al cielo y cantaba la letra de su himno. Justo en el instante que diseñaría un director de cine, con el jugador ocupando en primer plano la pantalla, de su ojo derecho brotó una lágrima con líquido suficiente como para deslizarse mejilla abajo hasta desprenderse de la cara. El lloro no alcanzó la categoría de “a moco tendido” pero estaba claro que Teboho Mokoena no quiso o no pudo reprimirse. Se puso a llorar el mismo tipo del que dependen el orden y el ritmo del juego de Sudáfrica.

Unos segundos más tarde, finalizado el himno, Mokoena se pasó las manos por la cara y grito algo que supongo se podría traducir por “¡vamooos!”. Si lo llego a ver en directo creo que gritaría con él y me quedaría a ver el partido deseando que a ese hombre las cosas le fuesen bien.

A pesar de su fructífera y larga carrera, el encuentro contra la República Checa era tan solo el segundo partido de un Mundial en el que jugaba Mokoena. Unos días antes, en el partido inaugural del campeonato, había debutado en ese escenario con el que sueña cualquier jugador desde que empieza a dar patadas a un balón. Ese día, por lo que fuese, Teboho no lloró. Algo lógico y esperado pero que ahora, viendo lo que pasó en la siguiente jornada, me genera casi tanta curiosidad como la imagen que me hizo preguntarme quién era ese tipo tan entrañable. Primero pensé en cómo estaría de nervioso Teboho en su debut para no dar rienda suelta a unas emociones que sí le embargaron días después; lo siguiente fue teorizar sobre qué le pudo pasar después de ese primer partido para que las lágrimas brotasen mientras cantaba su himno por segunda vez en un Mundial.

Por suerte uno de los periodistas acreditados en el partido aprovechó que Mokoena tuvo que pasar por la zona mixta y le preguntó por el motivo de sus lágrimas. Esta vez el mediocentro sudafricano sí se esforzó en contener la emoción para poder explicarse (es lo que tiene querer llorar: da igual que te dejes llevar o que embrides tus sentimientos, desde fuera se nota igual). Su respuesta activa el lacrimal de cualquiera. En ese momento, mientras miraba al cielo y cantaba el himno, Teboho Mokoena pensó en su difunto abuelo porque sabía que donde quiera que esté, estará orgulloso de él. Con la mirada perdida, aseguró que sintió su presencia y recordó que su abuelo creyó en él cuando nadie más creía. Ya lanzado, habló también de su madre y de su hijo; otros que creen en él y, que a diferencia del antepasado fallecido, están disfrutando de verle jugar en estadios llenos de gente. Y para terminar, el futbolista exitoso campeón de todo en su país y en su continente, regreso a su origen y aseguró que estaba viviendo su sueño de niño de Belén, la pequeña ciudad sudafricana en la que hasta pocos años antes de su nacimiento, como su abuelo le debió contar, los de su raza eran tratados como escoria por el gobierno y la mayoría de sus vecinos blancos. “Sé que todos [los de Belén] me llamarán”, dijo para terminar su respuesta.

Durante el Apartheid sudafricano el fútbol fue considerado un deporte de negros. La institucionalización de la sociedad segregada supuso que la liga nacional (NFL) se dividiera en tres campeonatos: el de los blancos, el de los negros y el del resto (indios y mulatos). Más por una cuestión política y colonial que ética, la FIFA presidida por el inglés Stanley Rous suspendió a Sudáfrica tras pretender jugar el Mundial del 62 solo con jugadores blancos y la acabó expulsando en 1976 tras la masacre de Soweto. En Sudáfrica ni blancos ni negros vieron un partido de su selección durante tres largas décadas.

El abuelo de Mokoena vivió ese sistema criminal durante la mayor parte de su vida. Nada escapaba a la maquinaria racista afrikaneer: vivió en un barrio segregado, careció de libertad y no tuvo derechos políticos ni civiles. El fútbol es de lo poco que no les quitaron. En los townships a los que fueron relegados a vivir surgieron cientos de equipos que entretenían y representaban a sus vecinos lejos de la mirada del poder. Aquellos clubes iban más allá del fútbol; en cada escudo se representaba la identidad y la resistencia de una comunidad pisoteada. Ser uno de los titulares de aquellos equipos era el sueño de cualquier niño negro sudafricano. No se les permitía imaginar más. No existía más. El abuelo Mokoena debió contarle a Toboho mil historias de aquellos equipos y de los partidos que jugaban entre ellos: le hablaría de las estrellas de su tiempo, de cómo eran los campos y las aficiones, de las aventuras al acompañar al equipo de su gueto de Belén cuando le tocaba viajar a otros barrios segregados cuidándose de no pasar por las zonas y carreteras que era de uso exclusivo de los blancos.

Tras verlo llorar, no me cuesta suponer que la historias del abuelo despertarían en Mokoana la reflexión de haber nacido en una época afortunada para cualquier persona negra sudafricana por mucho que sus vidas sigan suponiendo una lucha diaria. Cómo se iba a rendir Teboho cuando le vinieron mal dadas en los inicios de su carrera si el abuelo que había sobrevivido al infierno del Apartheid creía en él. Cómo no iba a llorar si a punto de empezar a jugar un partido de un Mundial se le vino el abuelo a la cabeza. Lo raro es que siguiese cantando el himno en lugar de ponerse a gritar “¡gracias abuelo, esto va por ti!”.

He querido dejar para el final un dato del República Checa - Sudáfrica: Teboho Mokoena empezó el partido llorando y lo acabó marcando el gol que evitó a su equipo caer eliminado en el Mundial con el que soñaba siendo un niño de Belén. Sudáfrica está ya clasificada para la siguiente fase, por primera vez en su historia.