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El Mundial de Gonzo: Del error al cielo

18 de junio de 2026 19:52 h

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La semana pasada compartí una inquietud a modo de advertencia: en este Mundial hay más selecciones que nunca pero ya veremos cuánta chicha, sobre todo en estas primeras semanas. Veía el calendario y apenas encontraba partidos de los que enfrentan a dos grandes equipos repletos de jugadores que hacen vibrar al más contenido de los aficionados. De hecho, de todos los partidos de la primera fase, esa que tanto gusta a Tallón y que supone el 70% del Mundial, solo hay un enfrentamiento entre dos selecciones que están entre los diez primeros del ranking FIFA. En resumen: durante las dos primeras semanas de Mundial solo hay un partidazo. En uno de los encuentros que he seguido por la tele, uno de los comentaristas, ex futbolista para más señas, confirmó mis temores: se quejó del nivel que se había visto hasta el momento en el Mundial debido a la manga ancha que supone pasar de 32 a 48 selecciones. En la primera jornada, en tan solo dos

partidos, se comprobó que hay equipos que no están a la altura. Hubo varios momentos durante la retransmisión en los que me echaba las manos a la cabeza viendo lo que hacían algunos jugadores en un partido de Copa del Mundo: los fallos que cometían llamaban la atención por inesperados en una competición del máximo nivel.

Para sorpresa de nadie esos dos primeros partidos se decidieron por errores individuales. Fueron clamorosos pero a estas alturas de campeonato no son definitivos para su equipo ni puntos de inflexión en las vidas de los que los cometieron. En el fútbol un error puede convertir a un jugador cualquiera, a un cromo intercambiable en un personaje histórico. Dependiendo del momento en que se cometa, el protagonista puede acabar, con el paso de un tiempo razonable, convertido en leyenda. Julio Cardeñosa, Eloy Olaya o Julio Salinas son tres jugadores españoles que alcanzaron la celebridad por pifiarla en momentos decisivos de un Mundial; sucedió en 1978, 1986 y 1994. Los tres fallaron como tantas otras veces en sus carreras: Eloy marró un penalti en la tanda decisiva, Cardeñosa y Salinas desaprovecharon oportunidades a puerta casi vacía cuando en los salones y bares de España la gente ya estaba de pie para cantar el gol.

De haber cumplido con lo que se esperaba de ellos, no formarían parte de la tradición mundialista de España que brota cada cuatro años en conversaciones, podcasts y columnas. El propio Cardeñosa reconocía en una entrevista cuarenta años después que si no hubiese enviado la pelota al cuerpo del único rival que protegía la portería hoy nadie se acordaría de él. La trascendencia se la deben los tres a que no hubo posibilidad de enmendar el error. Al fallar condenaron a su equipo a enfilar el camino de vuelta a casa, finiquitada la ilusión del país. No se habló de otra cosa. Por suerte para ellos, antes de 2008 España depositaba la dosis justa de ilusión en su Selección. Más trágico fue lo del Mundial 94 donde otro error en el juego le costó la vida a un defensa de Colombia.

Andrés Escobar fue asesinado días después de marcar un gol en propia puerta en un partido contra Estados Unidos. El gol ni siquiera fue definitivo; sucedió al principio del segundo encuentro de los tres en los que se tenían que ganar el derecho a avanzar a la siguiente ronda.

Colombia no fue capaz de remontar el autogol de Escobar y a pesar de conseguir la victoria en el siguiente enfrentamiento quedaron eliminados en la primera fase. Fueron los primeros de aquella edición en hacer las maletas. Más que una derrota fue una frustración.

Cuatro años antes, Colombia había sido una de las sorpresas del Mundial de Italia y se había clasificado para el de Estados Unidos invicta y haciendo historia al derrotar a Argentina en Buenos Aires por 0-5. Pelé llegó a decir que Colombia era una de las favoritas para ganar el Mundial del 94 y el país se lo creyó. Tal y como estaban las cosas en aquel país durante los años 90, cualquier buen augurio era un clavo ardiendo al que aferrarse. Para apaciguar los ánimos tras el desastre, Escobar escribió un artículo en el diario más leído de Colombia y lo terminó con este párrafo: “Por favor, que el respeto se mantenga... Un abrazo fuerte para todos y decirles que fue una oportunidad y una experiencia fenomenal, rara, que jamás había sentido en mi vida. Hasta pronto, porque la vida no termina aquí”.

Se equivocó. A Escobar lo mataron en un bar de Medellín unos narcotraficantes que le recriminaron su error en el terreno de juego y su desfachatez en la prensa. Su muerte no fue una más en aquella Colombia que se desangraba en guerras internas: se convirtió en un símbolo contra la violencia y hoy a Andrés Escobar se le recuerda con el apodo de El Inmortal.

Aquí en casa, como celtista nunca olvidaré el penalti fallado por Alejo Indias en la final de la Copa del Rey de 1994 cuando estábamos a punto de ganar algo por primera vez. Nada más comprobar que el portero se hacía con la pelota, el pobre Alejo se llevó las manos a la cabeza y en las nuestras se instaló ese momento para siempre. No es una exageración. El destino de aquel defensa catalán era ser uno más de los cientos de jugadores que pasan por tu equipo cuyo recuerdo lo acaba difuminando el tiempo: “¡ah sí, Alejo! Me había olvidado de él”.

Desde aquel fatídico día es alguien a quien no olvidaremos mientras vivamos y, como el tiempo casi todo lo cura, en el celtismo se le estima. Como le dijo a Alejo un compañero de aquel equipo muchos años después: “Nos jodiste el título y eso va a quedar para la historia pero desde aquel día la gente te quiso el doble”. Ahí es nada: querer a alguien en lugar de tan solo perdonarle por haber cometido un error que te impidió vivir uno de esos sueños de infancia que nunca caducan.