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¿Bipartiqué?

Seamos sinceros: ¡el bipartidismo molaba porque era fácil!

Eso es así aquí y en Pekín: que las opciones políticas fuesen reducidas era un lujo que, evidentemente, no nos iba a durar para siempre.

Recuerdo mis primeras elecciones: marzo de 2008 y yo, tan pipiolo, pequeñín e inocentón, dudaba entre votar al PSOE o IU. ¡Y esas eran las opciones más rompedoras! Hoy en día, imaginarse a Gaspar Llamazares como una opción “rompedora” suena a chiste (y a chiste malo).

Pero era 2008 y aún faltaban años para que Ciudadanos llegase a la política nacional, Podemos (y sus sucedáneos) existiesen y VOX dejase de ser un diccionario para convertirse en una astilla en mi huesudo culo.

Realmente, las ideologías siempre habían estado pero los partidos no tenían repercusión. Todo el juego político se reducía a, en elecciones generales, determinar cual era el menos malo de dos males malísimos: PSOE o PP.

Me río ahora cuando pienso en lo complicado que me parecía aquel circo. Los pactos apenas tenían repercusión mediática y todo era definido en dos palabras: izquierda o derecha.

Pero aquel bipartidismo que tan bien había funcionado durante las últimas dos décadas ya no existe. Y eso ha puesto a la política en jaque. Los votantes siguen eligiendo el voto por sus ideas aunque, a día de hoy, la ideología no vale nada.

Muy lejos queda ya la época en la que Ciudadanos se definía como un partido de centro izquierda. Hoy por hoy, tenemos a sus líderes posando junto a reconocidos conservadores como Casado y Abascal. Pedro Sánchez no dudó en aproximarse a Ciudadanos en busca de apoyo para esta legislatura pero, tras la negativa de estos, ha recurrido una vez más a Unidas Podemos.

Los pactos van y vienen y como en esos buffets de comida china: fríos, sin sabor y comiendo hasta que el arroz te salga por las narices. El joven y amanerado Antonio estaría muy perdido hoy día a la hora de votar (o quizás no tanto pero no vamos a restar drama al momento).

Hagamos un repaso rápido a los extraños acuerdos y apoyos que nos están dejando estas elecciones:

PP, Ciudadanos y VOX, que no dudaron en presentarse como un bloque ante la sociedad, mantienen pactos y acuerdos en sitios como Madrid pero dan la campanada en pequeños ayuntamientos. En nuestra querida Santomera, por ejemplo, la socialista Inma Sánchez se convierte en alcaldesa con el apoyo de Ciudadanos y VOX. Algo igual de confuso ha ocurrido en Cartagena, donde Ana Belén Castejón se convierte en alcaldesa tras pactar en secreto con PP y Ciudadanos. Esto, además de cogernos a todos por sorpresa, va en contra del veto al PSOE que firmó Ciudadanos en una maravillosa escenificación dramática que ríete tú del encuentro entre Trump y Kim Jong-un el pasado verano. Si viajamos hasta Burgos, la situación roza ya el absurdo: los concejales de VOX se han votado a sí mismos facilitando que el PSOE acceda a la alcaldía y rompiendo el pacto que había firmado el partido con el PP y Ciudadanos.

Por otro lado, está Barcelona. En nuestra querida Ciudad Condal, Ada Colau mantiene la alcaldía con el apoyo de Manuel Valls (Ciudadanos). Esto ha llevado al partido a romper relaciones con el ex primer ministro francés.

Valls, abiertamente contrario a VOX y a los posibles pactos con la formación abascaleña, ha tardado bastante en saber lo que el resto sabíamos porque Rivera lo proclamaba a los cuatro vientos: que tienen más cosas en común con Abascal que diferencias. Y cuando digo “a los cuatro vientos” me refiero a la ya clásica tertulia de Intereconomía donde coincidieron ambos políticos.

Y, por favor, hablemos de los nacionalismos varios: en Canarias, por ejemplo, Coalición Canaria ofreció al PP presidir un gobierno conjunto.  Si repasamos las políticas de Barcelona los últimos años, CiU y PP han tenido alguna que otra aproximación ideológica hasta el punto de sacar proyectos adelante apoyándose los unos a los otros.

Lo que durante las elecciones se nos vendía como algo sencillo no ha resultado tal: la política actual es un batido de ideologías bien removido donde los ingredientes dan lugar a sabores que hasta ayer no nos hubiésemos creído.

¿Quieres un batido de Naranja Riverinha con Fresas Socialistas y unas hojicas de perejOX? ¡Vete a Santomera! ¿O un combinado Granadina de la Casa Sánchez con Blue TroPPic y MandaRivera? Lo tienes en Cartagena ¿Y has probado el Mojito Puramente Canario con Ginebra Casado en lugar de ron? ¡Pillas un ciego maravilloso!

La realidad es que la política nacional ha cambiado bastante en las dos últimas legislaturas y no hay indicios de que la situación vaya a simplificarse próximamente. Lo único que pido es que este caos, este combinado de imposibles no nos deje una resaca de caballo. De las que te torturan durante días.  De esas que hacen más daño que bien.

Porque ya no estamos en 2008 y las cosas, para bien o para mal, ya no son tan sencillas.

Ahora el menú es mucho más amplio.

Seamos sinceros: ¡el bipartidismo molaba porque era fácil!

Eso es así aquí y en Pekín: que las opciones políticas fuesen reducidas era un lujo que, evidentemente, no nos iba a durar para siempre.