Código griego para echar a un nazi sin patadas
Aunque haya pasado tiempo, la historia de Potàmias, un pueblo pequeño de la isla griega de Thassos debería contarse mucho, sobre todo ahora que de historias luminosas andamos flojos y, sobre todo, hambrientos. Si existiera un inventario de lecciones de la gente anónima, esa misma que se escribe con mayúscula, los hombres y mujeres de este pequeño rincón del Egeo deberían figurar. Son la muestra de que los matones no son nada si no hay miedo, que los superhéroes verdaderos son muchos más de lo que creemos, aunque quizá nunca conozcamos sus nombres, ni veamos sus caras en un reel.
Ocurrió a finales de un frío marzo, hace más de trece años. Estaban preparando su gran evento, la Feria del Pueblo, aunque había poco que celebrar. Los griegos estaban sufriendo el segundo rescate bancario. La clase media había perdido sus ahorros y tuvo que recurrir al comedor social. Se hacían pagos con tarjetas de plástico, las legumbres costaban más que la langosta. Una generación entera de jóvenes tuvo que emigrar al norte de Europa. Petros Márkaris cuenta todo esto, con humor tierno y estoico, en su saga policíaca del inspector Kosta Jaritos, que es novela negra, pero también social.
Ese día desembarcó en el puerto de Skala, a solo tres kilómetros de Potàmias un grupo numeroso de hombres rapados, vestidos con estética militar. Algunos llevaban tatuado el 88, un código de la parafernalia hitleriana. Llevaban comida, bebida, productos de limpieza, todo lo básico e incluso algo de vino Retsina, que es una bebida ancestral. Cargaron varios camiones, entre cánticos de ¡Sangre, honor, Amanecer Dorado!» (Aima, timi, Chrysi Avgi) que no se les quita de la boca ni el honor ni la sangre a estos seres de cerebro roto. Después subieron en ruda y alegre camaradería machota hasta el pueblo, donde pensaban hacer su labor benéfica.
Este grupo, que primero fue asociación y luego partido político, repartía comida entre la población vulnerable, pero solo a los griegos auténticos, para lo que tenían que acreditar su pureza de sangre helena con el carnet de identidad. En el pueblo habían organizado un recibimiento digno el Centro de Cultura, un grupo de vecinos y el equipo de fútbol local. Les esperaron tranquilos, con pequeñas pancartas donde habían escrito ‘El fascismo no pasará’. Reconocían rápido a la gentuza. A los nazis les habían combatido con cariño partisano cuando ocuparon las islas en la Segunda Guerra Mundial. Les dijeron que no necesitaban caridad racista, que el fascismo no era bienvenido. Dejaron para el final las tres palabras mágicas: Éxo, apó, edó. Que en griego quiere decir fuera de aquí.
Los muchachos no llegaron a descargar sus camiones y se fueron con sus banderas mustias, su merchandising tóxico y sus idioteces honorables y sangrientas. De esta manera, un pequeño pueblo griego ingresó en la mitología de los héroes. Meses después, Amanecer Dorado asesinó en un barrio de Atenas al rapero Pavlos Fyssas, lo que supuso su final. La justicia griega ha confirmado en firme este año penas de diez años de cárcel para la cúpula.
Hace dos meses, los ceutíes advertían a los nazis patrios que acudieron a envenenar sus calles que ellos no son Torre Pacheco, donde hace unos días se presentó un partido ultra en el que hay dos condenados por delitos de odio. La idea es abrir una sede en Cartagena, imagino que después de un conveniente estudio de mercado, ya que en otros municipios no les han recibido tan bien. Sabemos que un local neonazi supone un tremendo foco de inseguridad. Violencia verbal y física, subida en los índices de criminalidad, disturbios, caos a mansalva. Todo esto, basado naturalmente en evidencias, lo saben los analistas del Centro Nacional de Inteligencia, las administraciones, por supuesto las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Pero todos los gráficos y estudios del mundo no sirven mucho si los ciudadanos no reconocemos el peligro en nuestras calles y barrios. Por eso vuelvo al pacífico código griego para echar a un nazi de tu vida en plan suave, sin palabras feas ni patadas. Hay un truco infalible, hacerlo en comunidad. Ay, los griegos. Se nos olvida siempre que inventaron el pensamiento.
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